Los mariachis

Pablo Remón continúa su andadura dramatúrgica con esta representación sobre la decadencia política en plena meseta castellana

El buen sabor de boca que me había dejado El tratamiento, la obra que hace tan solo unas semanas estrenó Pablo Remón, tenía necesariamente que marcar un fuerte prejuicio a la hora de asimilar su nuevo trabajo. Y hay que reconocer, ya de primeras, que el tono humorístico baja y que la estructura dramática se desvanece en una de las subtramas. Todo ello apreciado dentro de un mundo, un estilo peculiar que convence a un público que va reconociendo las virtudes de este «nuevo» dramaturgo. Los mariachis contiene una virtud extraordinaria plasmada con verdadera sutileza artística, y es haber creado una especie de paralelismo rancio y rural de la supuesta elegancia de los advenedizos urbanos enfangados en las veleidades políticas. Una réplica deshidratada y polvorienta de eso que Sergio del Molino ha bautizado tan exitosamente como «La España vacía». Y el fondo, por lo tanto, va como sigue. Por una parte, conocemos a tres hermanos envueltos en su idiolecto y en la concentración absurda de su microcosmos abultado por ciertas incapacidades para el raciocinio que comparten genéticamente. Luis Bermejo interpreta a Santos, un tipo infantil y algo cazurro, que está empeñado en pasear a los cabezudos en las fiestas, aunque ya ningún niño recorra las calles. En gran medida, arrastra algunos de los gestos chocantes y sorpresivos que evidenció en aquel El minuto del payaso. Esa visión de la realidad entre falsa ingenuidad y astucia quebrada. Luego tenemos a la pareja fetiche de Remón, unos individuos que se complementan artísticamente a la perfección y que habría que concederles una segunda parte de La abducción de Luis Guzmán. Emilio Tomé se queda con ese desdichado dueño de la granja de avestruces, un negocio ruinoso que debe sacar adelante como sea. Parece vapuleado por la vida, ahora que lo ha dejado su mujer. Por otro lado, Francisco Reyes vuelve a impregnar la escena con esa cadencia en la voz entre chuleta y narcotizante. Es en sí mismo pura extreñeza y le están regalando unos textos que le permiten lucirse en cada frase. Aquí encarna al DJ, un «experto» en tecno que pulula por allí pretendiendo solucionar cualquier problema vital con insensatos consejos. El autor ha implementado un engranaje de flashbacks de aire cinematográfico y ritmo atractivo, que utiliza para reconstruir un periodo muy concreto en la vida del protagonista, un político en horas bajas. Otro corrupto más salpicado por un asunto con unas SICAV, una sociedad de inversión que suele tener a unos testaferros —muchas veces familiares que solamente ponen su firma—, y que se llaman mariachis. Israel Elejalde se mete en la piel deste «desahuciado» y logra nuevamente encontrar ese punto interpretativo equilibrado que permite a sus primos —todos ellos componentes de la peña «Los mariachis»—, dar la cobertura esperpéntica. Un pequeño vía crucis desde su defenestración hasta arribar al pueblo de su infancia para cargar a hombros al patrón, san Pascual Bailón (otra estrafalaria muestra de folclore a la Berlanga). Desde luego lo interesante es hacer el seguimiento a este «desgraciado» con su traje polvoriento y su gorra de Goofy, y su reunión real y simbólica con los avestruces, con los que podrá esconder sus vergüenzas; pero uno se queda esperando que los otros tres personajes abran el argumento y no sean únicamente ese reflejo distorsionado, y hasta podríamos sostener que onírico, del «calvario» de su primo. Debemos aceptar que son un trasunto inverso y ya está; pero, insisto, desarrollar tanto esos fantásticos personajes para después no darles más recorrido, me parece un desperdicio. En el pueblo también corre la coca a raudales, también hay divorciados, y lo mismo se puede afirmar de los chanchullos familiares en las empresas. Remón ha reducido el uso de la narración (seña de identidad en su teatro) y, además, el humor (sofisticado, inteligente y dispuesto para pillar por sorpresa al espectador) que suele imperar en sus obras, aquí se resiente un ápice porque lo dramático se imbrica con mayor insistencia; aunque no faltan los momentos cómicos, desde luego. Lo que resulta innegable es que su escritura mantiene el vigor y, sobre todo, el detallismo. La curiosidad, la característica llamativa, los puntos de atracción se evidencian en cada fragmento y, gracias a la talentosa Monica Boromello, todas esas peculiaridades se materializan en diferentes microespacios: la casa de la madre adonde regresa el protagonista (armarios castellanos y cantidad de cachivaches), un huevo de avestruz abandonado en la arena, el esbozo de un coche a las afueras o la mesa del VIPS. En conjunto, el resultado es satisfactorio; no obstante, Pablo Remón ha sido lanzado al estrellato de la dramaturgia española y eso implica, lógicamente, aplicar un baremo de gran exigencia.

Los mariachis

Texto y dirección: Pablo Remón

Intérpretes: Luis Bermejo, Israel Elejalde, Francisco Reyes y Emilio Tomé

Escenografía: Monica Boromello

Ayudante de escenografía: Marta Martín-Sanz

Construcción escenografía: LEAG

Iluminación: David Picazo

Diseño de sonido: Sandra Vicente_Studio 340

Vestuario: Ana López

Ayudante de vestuario: Christiana Ioannidou

Ambientación: María Calderón

Producción: Silvia Herreros de Tejada y Francisco Reyes

Dirección técnica: Kike Calvo

Técnico: Gustavo Segovia

Ayudante de dirección: Raquel Alarcón

Fotografía: Flora González Villanueva

Diseño gráfico: Dani Sanchís

Comunicación: La_Abducción

Una producción de La_Abducción y Teatros del Canal con el apoyo de la Comunidad de Madrid

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 27 de mayo de 2018

Calificación:  ♦♦♦

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