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Claudio Tolcachir establece una dramaturgia basada en las nuevas formas de comunicación informática para hablar de la soledad

Que las nuevas formas de comunicación (o incomunicación, según se mire) se insertaran como procedimiento en la dramaturgia contemporánea era algo esperable. Así ha venido ocurriendo en algunos casos en los últimos años (véase, por ejemplo, Ternura negra, de Denise Despeyroux); pero Claudio Tolcachir lo ha llevado de manera radical. Es decir, todos los diálogos que escuchamos son una conversación que se va retomando con frecuencia en los días a través de alguna aplicación de videollamada. En el cine ha sido más habitual encontrar propuestas con técnicas similares, por ejemplo, Searching (2018), de Aneesh Chaganty. Aunque el público español puede descubrir un gran parecido con la película Selfie (2017), de Víctor García León, la cual lleva en su argumento una trama sobre el hijo de un político corrupto. El dramaturgo argentino no ha caído en la tentación de tecnologizar el espectáculo con pantallas y efectos que nos aproximen inmersivamente en lo que conlleva esta forma de comunicarse y con la que cada vez estamos más acostumbrados (cortes en imagen y voz por falta de cobertura o mala calidad de lo que vemos o el hecho de contactar con gente desconocida o con cálidos bots de lenguaje verosímil). Esto implica un mayor reforzamiento de los usos dramáticos y un movimiento dominado por la elipsis. En este último sentido, como vamos a ver, en algún instante los acontecimientos se agolpan sin transición temporal patente y se puede tener la impresión de que el desenlace se abalanza con premura. Porque la función avanza con cierta lentitud, caldeando una incipiente amistad que se resiste al homoerotismo y zanja con hábiles requiebros las posibles incursiones sentimentales. Por eso, da la sensación de frialdad a pesar de la confianza (una fe ciega y desesperante) tan intensa que se logra. Y es que toda la historia que nos muestran los dos protagonistas está llena de paradojas y eso es lo que nos cautiva principalmente. Puesto que resulta, cuando menos, extraño que, en el inicio, dos tipos animosos, que conversan con afabilidad se vayan a refugiar el uno en el otro porque no tienen a ningún amigo más (más próximo). Santi Marín interpreta a Elián con vivacidad a un actor madrileño de telenovelas de esas sobre médicos que buscan el efectismo emocional. Parece muy satisfecho con su vida; aunque pronto deducimos ―con esas frases que se van quedando en el aire y que nos ponen sobre aviso acerca de la jaula en la que se siente encerrado―, que su padre es un tipo conservador, poderoso y que se mueve en las altas esferas; además de ser un político emponzoñado. Por su parte, Lautaro Perotti, hace de Pablo, y enseguida adopta un tono algo más quejoso, taciturno. Él es un argentino que ha ido a buscarse las habichuelas en Australia. El número de trabajos que tiene que desempeñar hasta que se siente desesperado en esa incapacidad para encontrar estabilidad y superar la presión social es inmenso. La verdad es que el relato comienza algo moroso, con retazos de cotidianidad que nos dicen poco, para luego en el final precipitarse con un ritmo que acumula situaciones algo faltas de desarrollo. Sus historias particulares de decadencia y agonía avanzan hasta el punto en el que ambos se convierten en la red salvadora que evite la desesperación definitiva. Qué increíble que unas vidas tan distintas; pero, así mismo, tan desdichadas, puedan atisbar una pizca de felicidad. Lo más interesante es verlos deambular juntos por el espacio compartido mientras se hospedan en hogares situados en las antípodas uno del otro. Ahí los actores encuentran un punto de extrañeza que nos intriga. Es digna de mención la manera que tiene Tolcachir de colocarlos y de engarzar los momentos en los que conectan sus móviles o sus ordenadores con charlas que esconden una sutileza que abre posibles derivas argumentales para dejarlas inconclusas y, a la vez, remitirnos a una valiente decisión. Si es amorosa, amistosa o las dos cosas al mismo tiempo, quizás carece de importancia. La lengua española y una compatibilidad de carácter los ha puesto azarosamente en relación, y nos dejan observar cómo el planeta se hiperconecta para que aún haya una oportunidad en algún recóndito lugar para escapar de la soledad. Sorprende la escenografía de Sofía Vicini, esencialmente porque al fondo ha recreado con mucho realismo una carretera con sus guardarraíles y sus enormes farolas, que no se llega a aprovechar del todo; puesto que los actores deambulan por entre los pocos muebles de esas habitaciones inventadas y comunes. Próximo nos descubre el transcurrir de un tiempo que salta impetuoso y acuciante, ya que los interlocutores se han afanado definitivamente para que el fracaso no los haga sucumbir. Ellos están y no están, se hablan en el gran desconocimiento, en las tremendas diferencias de clase; pero con la sensibilidad creciente que surge cuando el diálogo fluye con facilidad. Es difícil hallar a alguien así, pero cuando se logra, poco importan las distancias.

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Texto y dirección: Claudio Tolcachir

Reparto: Lautaro Perotti y Santi Marín

Ayudante de dirección: Cinthia Guerra

Producción: Jonathan Zak y Maxime Seugé

Diseño escenográfico: Sofía Vicini

Diseño de iluminación: Ricardo Sica

Distribución en España: Producciones Teatrales Contemporáneas

Producción: Complejo Teatral De Buenos Aires, Maxime Seugé, Jonathan Zak

Coordinación artística: Teatro Timbre 4

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 22 de diciembre de 2018

Calificación: ♦♦♦

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