Man Up

Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez dirigen este desenfadado espectáculo sobre las nuevas definiciones de masculinidad

Foto de marcosGpunto

De un tiempo a esta parte, en consonancia con la última ola del feminismo y el propio devenir de los tiempos de paz y de consumo en Occidente, se habla de las nuevas masculinidades. Pensamiento este, dirigido a una suerte de hombres (¿todos? ¿o solo aquellos que pertenecen a esa seudoclase media de profesiones liberales o poco rudas?) que deben aflorar sus emociones escondidas, su empatía subyacente y sus sentimientos amorfos en esta feria de las vanidades low cost. Cuando uno se dedica al trato cercano con adolescentes comprende que esas teorías van por su lado (aunque permean en la práctica); pero que, en realidad, todo estaba en marcha con un proceso de ingeniería social mucho más efectivo: el infantilismo o, si tiramos para adelante, la explosión del adultescente. Tanto los chicos como las chicas, después de una época de acercamiento sin igual en la historia a los progenitores, con formas de comunicación próximas al compadreo, con incursiones en la intimidad mutua y con toda una serie de encuentros y de experiencias familiares desconocidas hasta el momento; se ha emprendido un camino de refugio, de avestrucismo, que resulta muy «seguro»; aunque, de vez en cuando, haya que recurrir a las benzodiacepinas si la ansiedad asoma la patita. Al varón que se quiere ver es al emasculado, al aliado (del feminismo), al insignificante; porque forma parte de esa lógica del confort emocional. También existe el hombre burro de carga; pero ese está para lo que está. Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez nos presentaron la temporada anterior Generación Why, espectáculo este que venía lanzado por su éxito con Interrupted. Y parece que lo suyo va a ir de montajes abiertos, espontáneos, graciosos, salerosos y desenfadados. Aun así, el horno no está para bollos y ellas pretenden que el tema estrella del feminismo pueda ser tratado pasando de puntillas y sin hacer daño. Y claro que se puede desarrollar una obra así (el teatro comercial lo hace constantemente; pero ellas no quieren caer en ese saco, ellas se presentan en el CDN); no obstante, solo servirá para echarse unas risas y sucumbir a la intrascendencia. Man Up quiere percutir todavía más en la deconstrucción del hombre contemporáneo (en un tipo, insisto); aunque con los enfoques estereotipados y ridiculizantes de las «revistas de mujeres». La función tiene un preludio fulgurante, repleto de fuerza humorística, una especie de presentación televisiva de los especímenes más machotes de nuestra cultura pop: Batman, McEnroe, Humphrey Bogart, John Wayne, un astronauta y un oso, con la propia Andrea Jiménez embutida en un galáctico mono plastificado rosa como maestra de ceremonias bien cachonda (una algarabía en esa decoración propia de un plató cargada de trampantojos, que perspicazmente ha diseñado Mireia Vila Soriano).  Ironía, sagacidad, rapidez y confusión para invitarnos a una sesión de desmembramiento sentimental. A partir de ahí, la pieza pierde fuelle en cada gag; porque se ha decidido convocar a una especie de jurado popular (del que escuchamos malamente sus deseos). La jugada es una crítica moderada a ciertas proclamas del feminismo; no obstante, su ejecución resulta algo tosca y con un desarrollo poco maduro. Así contemplamos a los protagonistas pedir perdón en nombre de los desafueros que han cometido históricamente los varones o verse sometidos a un acto sacrificial, que solo desde el humor hacia los hombres (jamás ya hacia las mujeres) puede ejecutarse hoy en día. A Juan Paños le toca quedarse en paños (menores) y hasta despelotarse para sufrir el escarnio público con diversas acciones. La cosa se pone lenta, le falta finura, ensamblaje. Bailoteo rosita de cheerleaders. Ese es el cariz; pero el asunto se agota. Es en la tercera parte, en un cambio radical del tono; cuando la función quiere dirigirse al verdadero objetivo que sus dramaturgas parecen buscar, que es aniquilar de una vez (qué viejo es ya esto, me recuerda a Miguel Bosé) el «los chicos no lloran»; justo ahora que berrean demasiado y precisamente en el instante en que las chicas han tomado una ruta de retraimiento íntimo hacia sus cuarteles de invierno digitales protegidos del caudillaje paterno. Y es que el grave problema de este proyecto es el planteamiento de base, que consiste en coger a un grupo de individuos casi idénticos que no se da opción a concretar o a criticar nada persuasivo. Porque si encima no eres capaz o te niegas a crear unos personajes diversos y conflictivos (la autoficción impera como único recorrido dramático moderno en nuestro presente); pues entonces tienes a unos actores contándote, otra vez más, su vida. Y encima con unas edades comprendidas únicamente entre los casi treinta y los cuarenta, de una clase social similar, buenos tíos, etcétera. Y encima, más, dos (de cinco) declarados homosexuales —lo que evita ahondar en los enfrentamientos, por ejemplo, de pareja, con las féminas—. Y a ello, le sumamos que las responsables del asunto son lesbianas y novias (como nos lo hacen saber, de la misma forma que lo hicieron en su anterior propuesta recogiendo para sí un protagonismo que sobra). Lo conflictivo se reduce mucho, la verdad, y al final simplemente se busca el cariñito, el arrumaco, la bondadosa amistad y la armonía entre los sexos. Evidenciar el machismo en estos ositos de peluche cuesta bastante; aunque supongo que con los micromachismos es suficiente para deducir todo lo demás. Parecía que iba a ser; pero no. Quedémonos con todos los chispazos geniales (algunos muy bien lanzados) que motean el espectáculo de principio a fin. Fernando Delgado-Hierro vuelve a demostrar que domina excelentemente el pulso entre la ficción y la realidad, aquí se le hincha la vena como si fuera Jim Carrey para escarbar en su relación (recordemos que ha tenido entre manos hace bien poco un montaje llamado Los Remedios donde relata su infancia) con su hermana. Su participación es muy destacable en cada uno de los papeles y momentos que lleva a cabo. Por su parte, Pablo Gallego Boutou adopta una postura de muchacho más candoroso que funciona perfectamente en ese aire entrañable que se intenta establecer. De forma similar se expresa Baldo Ruiz, quien aprovecha para demostrarnos sus aptitudes dancísticas. De la misma manera que Alberto Jo Lee lo hace con el taekwondo, como ya lo hizo en la película Tapas. Por otro lado, Noemi Rodríguez insiste en esa retranca que despliega a cada segundo para arrastrar la comedia hacia la ternura inapelable. En definitiva, Man Up desemboca en la proposición amable que sirve más para entretener al personal que para suscitar un debate fértil sobre la consabida cuestión de las toxicidades cisheteroblancopatriarcamachirulantes.

Man Up

Dramaturgia y dirección: Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez

Reparto: Fernando Delgado-Hierro, Pablo Gallego Boutou, Andrea Jiménez, Alberto Jo Lee, Juan Paños, Noemi Rodríguez, Baldo Ruiz

Escenografía: Mireia Vila Soriano

Iluminación: Miguel Ruz Velasco

Vestuario: Yaiza Pinillos

Diseño de sonido: Nacho Bilbao

Coreografía y movimiento escénico: Amaya Galeote

Ayudante de dirección: Juanma Romero Gárriz

Ayudante de vestuario: Beatriz Suárez

Fotografía: marcosGpunto

Diseño de cartel: Javier Jaén

Producción: Centro Dramático Nacional

Teatro en Vilo

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 12 de enero de 2020

Calificación: ♦♦

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