Barbados, etcétera

Pablo Remón presenta en el Teatro Kamikaze un tríptico pop sobre la relación de una pareja en fase de demolición

Foto de Vanessa Rábade

Seguramente la clave ya la expresa el propio dramaturgo cuando afirma: «una especie de “Cara B” de 40 años de paz». Porque según cuenta, esta Barbados, etcétera sería la consecuencia de los ensayos e improvisaciones que pretendían dilucidar si el personaje creaba su lenguaje o si era este el que creaba aquel. Por eso lo que nos encontramos en escena, en el ambigú de El Pavón, es un ejercicio de estilo, lo suficientemente vacuo en el contenido como para que la forma nos ocupe hasta donde lleguen nuestras ansias estéticas. Remón narra, le gusta narrar, se deleita en el narrar; pero resulta que es guionista y director y que sus palabras deben plasmarse en imágenes, encuadres, voces de protagonistas; y el tipo no se resiste a mostrarnos la virtud primordial de estos profesionales: el detallismo. Se nos entregan tres historias separadas y con unos puntos en común que dependen de nuestra buena voluntad, digamos que se hace referencia a Barbados y tampoco de una manera excesivamente simbólica. La primera es una anécdota sobre un tapicero, ya saben, el tapicero que recorre las calles con su megáfono a todo trapo ofreciendo sus servicios. La segunda es una fantasía infantil, una ensoñación, un atisbo de búsqueda en la nebulosa; mientras una niña de once años (a punto de cumplir doce) se imagina manteniendo una relación estrafalaria con Joey Tempest, el cantante de Europe. Es un divertimento, un tirar hacia delante sin freno, como si fuera un cómic de serie b, con sus naves espaciales y sus episodios inverosímiles. Un artefacto camp o un videoclip ochentero. Y la tercera pretende ser la más seria, aquella donde se plasma la historia de una pareja en plena descomposición. En las tres, aunque en esta última mucho más, el estilo indirecto, se refuerza con redundancias y con una recursividad que va arrastrando el discurso como la resaca de una ola, es una masa narrativa, verborreica, impetuosa, ahogada en ocasiones, reflexiva, con unos personajes que parecen sorprendidos de sus propios hallazgos lingüísticos, de su propio imaginar, de sus proyecciones futuras y de la recuperación constante de remembranzas que parecían imborrables y precisas hasta que se han verbalizado. Este es el gran mérito del marchamo Pablo Remón, este magma puntillista en el que te obliga a adentrarte y que funcionó estupendamente en su primera obra La abducción de Luis Guzmán —la mejor hasta la fecha— y que después, probablemente, con mayor desborde elocutivo, en la susodicha 40 años de paz; con la que, de alguna manera, podría haber dialogado esta que nos compete, para que los que esperábamos una vuelta de tuerca, no nos topáramos con una función low cost, respecto de las anteriores. Por lo tanto, puede resultar algo decepcionante (les puede saber a poco; puesto que además dura una sola hora) a aquellos que conozcan el historial del dramaturgo y de la compañía; pero igualmente puede ser un extraordinario inicio para aquellos que no conocieran sus señas de identidad. Entre los puntos a favor vuelve a estar la interpretación de estos magníficos actores. Fernanda Orazi recoge en su gestualidad toda la ironía que trufa el texto; su emoción se mantiene en ese estado intermedio de la extrañeza. Su compañero, Emilio Tomé, aumenta la rareza con esa naturalidad que le imprime al emitir las ocurrencias más alucinantes; parece que en su idiosincrasia habita el choque, la paradoja y la confusión; pero que la asume con normalidad. Ambos son capaces de disponer el entramado humorístico con sutileza y prueba de ello es que no faltan las carcajadas en el público; porque, efectivamente, la obra posee elementos de extraordinaria originalidad, basados en esa exhaustividad de la caracterización de personajes, espacios y recuerdos a la que antes me refería. Aunque también es cierto que el estatismo los somete como unos maniquíes esperando a ser vestidos o como espíritus fluctuando en el devenir de aquellos dos actores que finalmente escapan de los papeles que ellos mismos estaban creando. Esta postura es coherente y debe ser aceptada como tal, aunque produce redundancia en sus procedimientos.

Valga, por lo tanto, Barbados, etcétera como un anexo útil para observar la dramaturgia de Pablo Remón desde un lateral, desde la deconstrucción de su propio proyecto. Nos mantendremos, mientras tanto, a la espera de que ese etcétera sea ocupado por un montaje de mayor envergadura.

Barbados, etcétera

Texto y dirección: Pablo Remón

Intérpretes: Fernanda Orazi y Emilio Tomé

Ayudante de dirección: Raquel Alarcón

Iluminación y sonido: David Benito y Óscar G. Villegas

Producción: Silvia Herreros de Tejada y Pablo Ramos Escola

Escenografía y vestuario: La_Abducción

Fotografía: Vanessa Rábade

Diseño del cartel: Dani Sanchis

Diseño gráfico: Dani Sanchis y Patricia Portela

Producción: La_Abducción y El Pavón Teatro Kamikaze

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 29 de junio de 2017

Calificación: ***

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One thought on “Barbados, etcétera

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