El tratamiento

Pablo Remón firma esta espléndida comedia sobre el mundo del cine a través de un proceso de autoficción

Foto de Vanessa Rabade

Lo normal era llegar a un montaje como este, donde se lograran aunar certeramente cada uno de los elementos que han ido definiendo el estilo de Pablo Remón. A saber, una propensión, desde mi punto de vista, desmedida por la narración, una incisiva ironía que se alimenta de nuestra historia cercana y de aspectos de la cultura popular próximos a su generación (nos acordaremos de la serie V o de los Héroes del silencio o del Titanic), una fabulación que deja correr la imaginación hasta chocar con lo absurdo y un despliegue de técnicas propias de un guionista profesional (como es él). Quizá El tratamiento, por su temática, llega demasiado pronto para un dramaturgo que apenas ha estrenado cuatro obras. Es en sí una paradoja, mientras que la función rezuma impás, crisis, devaneo existencial y remembranza desde la madurez (cuarenta añitos de nada); la realidad es que no para de cosechar éxitos (véase la reciente película No sé decir adiós o sus anteriores trabajos teatrales). Es importantísimo valorar sus perspectivas de aproximación al mundo que anhela cotejar, que no deja de ser el suyo (no sabemos hasta dónde llega la autoficción), el de los guionistas. Juega con los apartes, con las redundancias, con los diferentes puntos de vista, con contrapuntos, con el metacine y con el uso de narradores micrófono en mano (como ya empleó en 40 años de paz). Porque sí, le gusta narrar, recrearse en los detalles, con humor, en unas descripciones que rozan los estrafalario. Bien sabe que el lenguaje en las narraciones se puede amasar literariamente con más brillantez que en los diálogos. Afortunadamente no cae en aquello de la narraturgia que tanto abunda. Da el pistoletazo de salida Barbara Lennie, poniéndonos en situación. A lo largo de los personajes que interpreta, la actriz nos descubre registros que casi no ha explotado en su carrera (generalmente tendentes al drama); aquí se muestra más fresca, natural y alegre. Cuando se mete en la piel de una poderosa productora, despliega su vis cínica con auténtica gracia (con puyitas incluidas a célebres filmes españoles de los últimos tiempos). Por su parte, Francesco Carril se alza como máximo protagonista. En su acción es una mezcla del entusiasmo de aquel Balzacman en Furiosa Escandinavia y el romanticismo swing de Olmo en La reconquista, de Jonás Trueba. Su trabajo posee sutileza y dominio exquisito de los tonos, y demuestra que tiene las dotes idóneas para los personajes poliédricos. Él es un profesor de guion en un taller con alumnos peculiares y su paranoia por conseguir que su tratamiento (algo así como el resumen secuenciado de un posible film) motive a los que manejan la pasta. Todas las dificultades caen sobre este afán y nosotros, como espectadores, seguiremos su camino y sus afecciones. Seguramente en el repaso biográfico moteado por hitos, el montaje decaiga levemente. Hablamos de la parte final, antes del epílogo. Martín acude a un balneario como si fuera Fellini en Ocho y medio; pero sin haber comenzado su filmografía. Allí se encuentra con Chloé —secretamente enferma, como si nos adentráramos en La espuma de los días—, su antigua novia. Su feelling renace y el recuerdo se revive con en una atmósfera melancólica que adensa un tanto la función. Apenas son unos instantes de bajada porque el elenco resurge con fuerza en un desenlace repleto de coherencia. Porque El tratamiento pretende deconstruir todas las acepciones posibles del concepto y para ello, además, se inmiscuye en el cinismo de la industria cinematográfica. El guionista es el último mono, es el tipo al que vapulear y al que se debe exprimir intelectualmente para que produzca jugos magníficos que el resto se apropiará. En esta ocasión, el director elegido para dirigir la película es el paradigma del éxito comercial en Estados Unidos. Nuevamente, Francisco Reyes impone su falso tono de desdén, su chulería y su planta. Viene de darlo todo en La autora de Las meninas y, ahora, revela el desfase en sus ideas inverosímiles sobre combinar la Guerra Civil con extraterrestres (y Franco lo sabía). Se lleva las frases más ingeniosas y se lleva el alborozo del respetable. Su compadre, Emilio Tomé, retoma ese aire alucinatorio de La abducción de Luis Guzmán (obra autorreferenciada en el desarrollo) con un alumno de guion que es la viva imagen de la ambición ignorante de quien no maneja los códigos. Implementa su papel con gran espontaneidad y con una aparente sencillez encantadora. Finalmente, Ana Alonso cierra el grupo. Está perfecta en cada uno de los pequeños roles (sobre todo de psicóloga); pero inevitablemente queda algo tapada entre tanto «desatino» argumental. Otro acierto es la escenografía de la ubicua Monica Borromello, una pared llena de objetos que se va desmontando como una gran metáfora del baúl que requiere una limpieza. Dejar el pasado atrás y mirar al frente sin ese peso a la espalda. Su anterior obra, Barbados, etcétera, me dejó un buen sabor de boca. Pablo Remón se supera con creces para dar el aldabonazo definitivo dentro de la dramaturgia española y convertirse en un nombre a tener totalmente en cuenta.

El tratamiento

Texto y dirección: Pablo Remón

Intérpretes: Ana Alonso, Francesco Carril, Bárbara Lennie, Francisco Reyes y Emilio Tomé

Iluminación: David Benito

Diseño de sonido: Sandra Vicente_Studio 340

Escenografía: Monica Boromello

Ayudante de escenografía: Paola de Diego

Vestuario: Ana López

Ayudante de vestuario: Christiana Ioannidou

Producción para La_Abducción: Silvia Herreros de Tejada

Producción para Buxman: Jordi Buxó y Aitor Tejada

Producción ejecutiva: Pablo Ramos Escola

Ayudante de dirección: Raquel Alarcón

Fotografía: Vanessa Rábade

Diseño gráfico: Dani Sanchis

Comunicación: Pablo Giraldo

Una producción de La_Abducción y Buxman Producciones con el apoyo de la Comunidad de Madrid

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 8 de abril de 2018

Calificación: ♦♦♦♦

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3 respuestas a “El tratamiento

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