La dramaturga Lucy Kirkwood nos habla de la responsabilidad de unos físicos nucleares con las generaciones venideras
Foto de Elena C. Graiño
Lo que vivimos durante estos últimos años con el ecologismo, más allá de por qué ahora se ha tomado la decisión de abrir la espita a lo bestia o de por qué ha logrado que todos observemos nuestro planeta como un lugar finito y próximamente inhóspito, ha dejado claro que tiene mucho que ver con la batalla dialéctica entre las generaciones. El concepto de herencia que se dirimía dentro de cada familia, con todos los posibles reclamos y rencillas de los vástagos sobre los progenitores; ha saltado a la relación común de todos nosotros, el primer mundo, los grandes contaminadores que ahora nos preguntamos por la contingencia. ¿Se podrían haber hecho las cosas de otra forma? ¿Quién ha decidido que la sociedad de consumo sea como es? La respuesta no puede ser el mercado, porque este siempre ha estado intervenido. Alguien ha tomado decisiones empresariales, políticas y, en definitiva, morales que afectan de manera apocalíptica a la humanidad. El debate sobre la energía nuclear ha tenido altibajos. La catástrofe de Fukushima ―en la que se inspirada la dramaturga de esta obra― nos devolvió a la realidad; aunque parece que la serie Chernobil, concita más la atención sobre los desatinos del factor humano. Los hijos sitúa su marco de acción en la proximidades de una central nuclear averiada y que ha sufrido un escape radiactivo. Susi Sánchez encarna a Hazel, una científica jubilada que vive con su marido en una cabaña muy cerca de la zona de exclusión, un lugar «casi» seguro donde los cortes de luz son constantes y su modo de vida está totalmente determinado por el terrible acontecimiento. Sigue leyendo →
Julián Fuentes Reta vuelve a acertar con este drama sobre la descomposición de una familia escrita por el australiano Andrew Bovell
Cuando deje de llover fue uno de los grandes montajes de 2014. Aún se recuerda esa fluctuación de personajes sobre la añorada sala principal del Matadero. Julián Fuentes Reta pegó un aldabonazo que vuelve a resonar ahora con una dirección excelente y cuidada. Porque Las cosas que sé que son verdad, del dramaturgo australiano Andrew Bovell, es otra historia más de conflictos familiares; pero está trabada con la perspicacia sutil y coherente de quien sabe conectarnos con el devenir inconsecuente de nuestra contemporaneidad. Observar individuos inmersos en las turbulencias de la clase social a la que han ascendido; mientras sus padres cimentan su frágil suelo emocional. Vaya por delante que es una obra extensa a la que le sobra texto y esa pertinacia por aclarar algunos acontecimientos y detalles a través de la narración. Por eso, quizás, en algunos instantes se cuenta demasiado y se nos informa de porvenires que alargan las acciones más de lo debido. No obstante, somos arrastrados por una cadencia envolvente, con esa disposición del escenario en el centro (los espectadores quedamos un tanto distanciados en la Sala Verde de los Teatros del Canal) y los intérpretes surgiendo de alguna de las esquinas. El jardín con sus rosas (ideado por el propio director y por Coro Bonsón) es la metáfora que nos traslada al lento cultivo de la madurez, al reducto hogareño de la seguridad, a la tierra firme que sostiene la esencia de unos valores que se pueden resquebrajar cuando se vive en un mundo para el que no te han preparado. Sigue leyendo →
El polémico dramaturgo suizo Milo Rau intenta llamar nuestra atención con una Orestíada prefabricada en vídeo
Foto de Fred Debrock
Me gustaría contar con más obras de Milo Rau para desarrollar una comprensión de su fundamento y entender si en serio su propósito artístico es noble o es otro de esos creadores que quiere epatarnos con el aparataje predispuesto alrededor de un proyecto. Únicamente me puedo referir a Five Easy Pieces, un montaje que reunía muchos de los elementos dramatúrgicos que baraja este artista suizo. Hablamos de deconstrucción, de insertar el proceso de elaboración en la propia obra, de usar temas auténticamente conflictivos y de llevarlos a cabo en confluencia con los audiovisuales. Se puede etiquetar dentro de lo que se conoce como postdrama, para percutir sobre la recursividad del teatro en sí mismo. En Orestes in Mosul se continúa en la misma línea; pero es sorprendente cómo un acontecimiento que viene avalado por toda una serie de procesos de producción genuinamente dificultosos, termine por generar una función bastante modesta. ¿De qué vale que te vayas a un país en guerra para grabar en una ciudad bombardeada con lo que eso supone si las imágenes que vas a obtener no logran empastar con el discurso dramático que quieres emprender? Sigue leyendo →
El veterano Peter Brook se pregunta por el propio teatro para elaborar un montaje de poco fuste epistemológico
Foto de Simon Annand
¿No es sumamente contradictorio este espectáculo? ¿No es una traición a todo aquello que se quiere reivindicar? ¿Qué ocurre cuando una vanguardia se agota y se integra cotidianamente en el quehacer teatral? Battlefield ―su anterior trabajo― ya sonaba a testamento al revisitar el Mahabharata; pero esta vez Peter Brook y Marie-Hélène Estienne parece que han pergeñado un epílogo que más parece una conferencia dramatizada para aquellos que deseen preguntarse de la manera más naíf para qué sirve el teatro, que una propuesta radical (stricto sensu). Ya contábamos con la estética de su «espacio vacío»; con esa búsqueda de lo mínimo, del gesto preciso y de provocar la atención del público con los elementos básicos. No obstante, es una función carente de profundidad y de ideas que unos espectadores maduros puedan considerar evocadores (ya sé que muchos traían la ovación guardada en el bolsillo, porque a todo un Peter Brook se le perdona cualquier cosa). Resulta increíble que una de las tesis que estipulan esta obra sea: «El teatro es un arma muy peligrosa». Hace mucho que no lo es. Se ha claudicado, se ha sido servicial, el sistema, con sus gestores puestos a propósito (qué importa el dedo) es un Gargantúa que lo traga todo y lo que no deglute le corta el paso (casi siempre antes de que nos enteremos, antes de que lo tildemos de censura). Las preguntas que se lanzan son serias. Las posibles respuestas e, incluso, las nuevas cuestiones que se suceden dialécticamente: no. Si la primera parte es superficial en demasía, la segunda es antiestética y aburrida en exceso. Únicamente una terna de actores magnífica sostiene un montaje inconsecuente y que supone una mácula en el currículum honroso y pertinente de este dramaturgo memorable. Al principio, en la configuración de un cuentecillo gracioso, se parte del teatro como una creación divina. Luego se parece más a una especie revelación de la experiencia dramática desde los aspectos más fundamentales, recurriendo a las escuelas actorales que desde hace mucho se han mantenido en liza. El naturalismo de Stanislavski, con esa forma de buscar la emoción y todo aquello que se lleva dentro para emplearlo en la construcción del personaje; o la biomecánica de Meyerhold (su discípulo), donde el empleo del cuerpo a través del gesto y del movimiento buscan una acción más inmediata. En esta parte de la clase magistral es donde la función gana adeptos y donde los intérpretes se permiten una gran espontaneidad que logra los momentos más cómicos; principalmente porque hacen intervenir a un par de espectadores. El resto continúa con el discurso sobre los directores, las perspectivas, las significancias del hecho teatral, que no dejan de ser aspectos que cualquier que haya reflexionado mínimamente sobre este evento tan genuino, tan efímero y tan fascinante ha sostenido. El tema es ir más allá, ir hacia la particularidad del teatro hoy; es decir, como arte viva en una sociedad, en lucha con el compostaje político y con unos códigos audiovisuales y enredantes que han marginado a esta disciplina artística. ¿Para qué sirve la obra de teatro de Peter Brook si es de lo más complaciente? ¿Por qué dedica toda la segunda parte a narrar estáticamente las desgracias sufridas por Vsévolod Emílievich Meyerhold? Si el autor nos quiere avisar de algo, no estaría mal que aprovechara su altavoz para denunciar alguna tropelía parecía a la que soportó el ruso para que nos hiciéramos cargo. ¿Cuál es la relación de ideas? El escritor ruso quiso abrir los teatros a la gente, que el acontecimiento dramático permeara por todas las capas, que fuera algo vitalista, transformador. En España, el propio Lorca en sus conferencias o en El público, hablaba de asuntos parecidos. Moralmente, ¿no debe un flamante Premio Princesa de Asturias de las Artes poner sobre la mesa el verdadero estado del teatro en el mundo? El cine influye, el teatro no. Hayley Carmichael, Kathryn Hunter y Marcello Magni ―esencialmente este último―, toman las riendas de un espectáculo que decae mucho en el segundo acto. Ellos animan el cotarro con su dicción exquisita, con su don de gentes y con su enorme capacidad para aportar comicidad desde el guiño y el gag más esencial. Pero, ¿qué conclusión sacar de lo visto?
Texto y dirección: Peter Brook y Marie-Hélène Estienne
Reparto: Hayley Carmichael, Kathryn Hunter, Marcello Magni y Laurie Blundell (pianista)
Iluminación: Philippe Vialatte
Vídeo: Lucas Kane
Imágenes: Gabrielle Lubtchansky
Diseño cartel: Javier Jaén
Fotografía: Simon Annand
Producción: C.I.C.T. – Théâtre des Bouffes du Nord
En coproducción con Theatre For A New Audience (New York), Grotowski Institute (Breslavia), National Performing Arts Center (Taiwan) R.O.C. – National Taichung Theater, Teatro Dimitri (Verscio) y Théâtre Firmin Gémier / La Piscine y Centro Dramático Nacional
Antonia Paso encarna a una mujer de éxito en esta obra deslavazada e inconexa del dramaturgo Dennis Kelly
Últimamente nos topamos con un bombardeo de monólogos que, en fondo y en forma, poseen enormes similitudes y que se sostienen por un subjetivismo inconsecuente en su lógica interna. Quiero decir que se juega con la aquiescencia de un público que es insistentemente interpelado desde una ficción que se adentra en lo real. Las protagonistas son como juglares conquistando al respetable con diversos guiños y llamamientos para ir soltando proclamas cargadas de política demagógica. Tintes estos hallados, por ejemplo, en las últimas obras que hemos podido ver en el ambigú de El Pavón Teatro Kamikaze como son Freak o La mujer más fea del mundo. Quizás nos estamos olvidando que no solo vale con el noble arte de la denuncia de nuestras grandes ignominias sociales; sino que esperamos arte, teatral. Y es que Chicas y chicos se apoya en un texto malo, corriente y falto de coherencia de Dennis Kelly. Y lo que se puede hacer con una obra así es bien poco. Lucía Miranda lo dirige poniendo en el asador todos sus recursos y aprovechando la escenografía de Anna Tusell: un lienzo «manchado» de pintura y un montecito de arena, que cumplen con su cometido en los instantes más evocadores y sufrientes. La iluminación de Pedro Yagüe es primordial. Antonia Paso encarna a una mujer que pasa de la crisis existencial al triunfo laboral, pasando por un feliz matrimonio y la crianza de dos hijos. La actriz, quien siempre ha demostrado su versatilidad, aquí vuelve a entregarse en cuerpo y alma; aunque es justo reconocer que el día del estreno se evidenció que aún faltaba algo de rodaje. Nos conduce por un itinerario emocional absolutamente extremo. Sigue leyendo →
El dramaturgo argentino Sergio Boris nos adentra en la esfera macilenta de un psiquiátrico desmantelado
Asumamos que el teatro de Sergio Boris es un acontecimiento, una situación, una deriva hacia la nada o hacia donde nosotros queramos extenderla una vez se apagan las luces; pero no esperemos un relato. Es un corte surreal (pero muy real) en la coordenada espacio-tiempo. Que sea suficiente teatralmente hablando ―ahí incluimos el concepto y la forma―, ya depende de las significancias con la realidad ajena y aledaña que se puedan establecer, con las metáforas que podamos perfilar. Pudimos descubrir al dramaturgo argentino en Madrid hace tres temporadas, cuando presentó su exitoso Viejo, solo y puto. Ahora con Artaud ―toma como lejana inspiración las cartas del actor y escritor francés―, encontramos que el estilo sigue incólume. A pesar de que el terreno sobre el que se materializa la acción posee elementos identificables, ya sea una cama, un retrete, una mesa o un frigorífico; lo cierto es que termina por ser un no-lugar convertido en el reducto de uno tipos marginales. Para cualquier espectador español la referencia de La Zaranda es inevitable; aunque también sobrevuela por ahí Spiro Scimone (véase, por ejemplo, El patio). Y, por qué no, al propio Buero Vallejo con La Fundación. Porque hemos de suponer que aquello es un psiquiátrico en proceso de aniquilación y que unos cuantos pacientes se han apostado a la entrada hasta que la policía se los ha llevado a comisaría, incluido al doctor. Dentro lo esperan unos estrafalarios individuos que representan papeles inconsecuentes, difusos e incomprensibles. Sigue leyendo →
El dramaturgo y coreógrafo noruego Jo Strømgren crea un espectáculo confuso y deslavazado sobre las fronteras del mundo
A estas alturas, ya no es desconcierto, es, directamente, sincerarse con uno mismo y aceptar que no ha entendido nada y que, por mucho que se ha esforzado, tampoco ha percibido nada especial ―tampoco me vale el arte por el arte a modo de fuegos artificiales y de artificio―. Si no fuera por las especificaciones del autor, quedaríamos en un limbo de hora y cuarto. Y es a ellas a las que debemos acudir como si fuera, no solo un manifiesto, una proposición; sino un contrato con el respetable. Porque en el arte resulta «muy fácil» para el artista pronunciarse sobre lo que quiere hacer ―cuando le ha llegado la inspiración―; lo complicado es llevarlo verdaderamente a cabo. Dice Strømgren: «Como seres humanos, siempre estamos confinados a espacios dados. A nuestra casa, a nuestra escuela, a nuestro lugar de trabajo, a nuestro país, al tipo de restaurantes que podemos permitirnos, a la persona que amamos o fingimos amar. Es maravilloso pertenecer a algún lugar, especialmente si nuestro vecino no puede pagarse un restaurante en absoluto. Tales cosas nos hacen sonreír. Pero cuando un día el vecino llega a casa con una canoa en el techo de su coche, inmediatamente nos sentimos deprimidos. Y cuando detectamos esa sonrisa en particular, definitivamente queremos una canoa. Incluso si odiamos la naturaleza». Tal cual. O sea, que la obra debe ir ―generalizando mucho―, sobre la vida misma. ¿Se escenifican situaciones donde la envidia es el pecado primordial? Quizás; aunque sin el más mínimo desarrollo. Sigue leyendo →
Una propuesta sobre la pérdida de la cordura que mezcla cine y teatro para hacer reverberar la conocida cinta de John Cassavetes
Foto de Magda Hueckel
Los espectadores enseguida caemos bajo la influencia del despliegue técnico y de un montaje que tras el telón esconde un apartamento construido al detalle. Y que nos dispone a una experiencia que conjuga casi a mitades el cine (pantalla total en la parte superior) y el teatro. Una simultaneidad de tensiones y de acciones que entremezclan la emisión en directo y duplicada de lo que vemos sobre las tablas; y las grabaciones que nos retrotraen y nos anticipan escenas que debemos aunar en nuestra composición particular de la trama. Como si fuera un remake artesanal del célebre filme que escribió y dirigió John Cassavetes en 1974, donde su mujer, Gena Rowlans, alcanzó uno de sus cénit interpretativos. Si por algo resultan fascinantes estas obras, donde se refleja el estado mental subyugado de un individuo, es porque se establece un conflicto en nosotros como espectadores que nos lleva a cuestionarnos la esencia de la cordura. Debate eterno entre la siquiatría y ciertas corrientes de la sicología dirimir la enfermedad mental como hecho consustancial al daño cerebral, o el trastorno mental como una «desconexión» de la realidad «objetiva» con la que todos estamos más o menos de acuerdo debida a la influencia perniciosa del exterior: la sociedad, la familia, la pareja, los hijos, el trabajo, la soledad, el tiempo y todos los etcéteras que uno quiera añadir a la dolencia. ¿Qué le ocurre a Mable? Diríamos que no estamos en disposición de saberlo; pero los acontecimientos que sobrevuelan la acción general nos inducen a pensar que en algún momento perdió la compostura. Sandra Korzeniak compone su papel con minuciosidad ―la pantalla permite apreciar el gesto, el guiño, la extrañeza de su rostro ido― y nos arrastra sin compasión a un mundo ignoto repleto de oscuridad. Sigue leyendo →
Marco Layera configura un montaje enérgico con nueve adolescentes chilenas que ponen voz a sus problemáticas más acuciantes
Foto de Jorge Sánchez
Los acontecimientos turbulentos que acaecen en Chile, en una demostración palpable del hartazgo de una gran parte de la sociedad que no soporta los desiguales repartos de la riqueza, dan más la razón a esta obra que se representa en el Teatro de La Abadía y que fue estrenada en 2018. Recopilar testimonios de ciento cuarenta adolescentes con edades comprendidas entre los 13 y los 17 años, centrados, fundamentalmente, en el tema de la violencia. Marco Layera se pone al frente de este proyecto con el Teatro La Re-Sentida (recordemos su participación en la anterior convocatoria del Festival de Otoño con Tratando de hacer una obra que cambie el mundo). Para los que estamos acostumbrados a trabajar con jóvenes, es necesario tener una serie de salvedades con ellos para conjugar su capacidad de expresión más o menos libre con algunas de esas ínfulas que a veces gastan y con las que suelen manifestar sus gigantescas carencias intelectuales. Un adolescente, más allá de estereotipos, es un testimonio inédito, un hallazgo, una materialización presente del estado de nuestra cultura, del espíritu del pueblo vivificado en ellos. Dignos siempre de estudio y atención. ¿Qué ha hecho Chile para que estas chicas que tenemos delante piensen y actúen así? ¿Qué tipo de educación han recibido? ¿Qué influencias las han moldeado? ¿Qué clase de experiencias han tenido en esta sociedad que les ha tocado vivir? Es un poco difícil ponerse en situación, porque para ello habría que colocarse correctamente en la idiosincrasia de la juventud chilena. Sigue leyendo →