Ana, también a nosotros nos llevará el olvido

Una obra fallida que se sitúa en los años sesenta para exponer cómo el adulterio y la homosexualidad estaban considerados delito

La intención de Irma Correa parecía clara y se suponía honorable sobre el papel. En teoría, parece, anhelaba adaptar la Tristana de Galdós a los años sesenta de nuestro pasado siglo, añadiéndole las ansias y el portazo célebre de la Casa de muñecas (merece recordar aquí aquella La vuelta de Nora, para señalar las derivas dramatúrgicas que ofrecen algunos personajes). La lástima ha sido que su texto hace aguas por todos los lados y que resulta tan maniqueo, estereotipado e inconsistente que decididamente uno se siente algo estúpido frente a frases tan sentenciosas y explicativas como las que tenemos que escuchar. Ahora, empecemos por valorar lo único que verdaderamente parece sugerente: la escenografía. Mario Vega, con clara inspiración en las estructuras de Robert Lepage (véase Needles and opium, espectáculo que pudimos disfrutar hace cinco años en los Teatros del Canal) que, salvando todas las distancias técnicas y presupuestarias, logra una satisfactoria impresión. Hablamos de un gran muro que asciende y baja desvelando huecos, peldaños o estancias; que surgen entre animaciones (un buen trabajo de Juan Carlos Cruz) que se proyectan y que nos dejan ver a otros personajes provocando coordinaciones bien interesantes. El mundo de variables que todo este aparataje habilita no se termina de potenciar debido al texto que nos toca soportar. Viene la historia encuadrada por una innecesaria y cursi descripción declamada por Ruth Sánchez (enseguida intuimos que es la hija de la protagonista) que irá apareciendo entre algunas escenas. La historia nos remite a Ana (de Tristana, pero sin la tristeza, ya sabemos de las intenciones simbólicas de Galdós a la hora poner nombres), una mujer de la escueta clase media o, al menos, aspirante a ella, de aquellos años de cierto «aperturismo» del régimen franquista. Marta Viera realiza una interpretación correcta; aunque frenada por una trama que se abalanza de tal manera que su personaje queda desfigurado. Ella debe cumplir con ese papel tan clasista y machista de «señora de». El tedium vitae que tantas heroínas de la literatura decimonónica nos trasladaron (Ana Ozores o Emma Bovary), esa abulia, ese desasosiego existencial difuso que busca imperiosamente oxígeno, aparece aquí. No obstante, sin las circunstancias burguesas que todavía nos permitirían especular sobre una mujer más consciente de sus posibilidades socioeconómicas fuera del hogar. Aquí Ana, en un pis pas, pasa de hacer «sus» labores hogareñas de buena esposa a angustiarse, conocer a una amante (¿descubriendo? su homosexualidad) y a soltar que quiere leer no sé cuántos libros, ver exposiciones, viajar, etcétera; como si cultivarse fuera algo así como una ósmosis. Uno piensa, ¿por qué no se pone a leer?, ¿por qué no acude a ninguna exposición? Hemos de aceptar que en algún ínterin que no apreciamos, su cicerone, su mentora, su Pigmalión, la ha influido o instruido como ocurre en la obra galdosiana con el pintor Horacio. Nos falta mucho contexto, conocimiento de Ana; porque la situación que se vive es enormemente abrupta y tendenciosa (todo ello desde la visión dramatúrgica, evidentemente). No hay más que observar a Lope, el marido, quien, a diferencia del Lope galdosiano, no es un señor mayor. Rubén Darío alcanza la caricatura en su proceso de descomposición sicológica. Pasa de ser un gentil abogado que acaba de entrar en el Ministerio y que desea cumplir con los mandamientos y las exigencias sociales, a convertirse en un violador, un hombre cruel y abusador, y, lo que es peor, en alguien que amenaza con asesinar a su cónyuge porque la ley (se insiste mucho en la existencia de la ley) se lo permite. Es difícil no pensar en una telenovela venezolana. Se percibe demasiado que se anhela dirigir un mensaje rotundo al público. Todo ello provoca que el argumento no respire, que los intérpretes, además de verse algo atrapados por el espacio escénico (actuar sobre una rampa no es sencillo), carezcan de líneas compongan algo más sutil en esos setenta minutos de montaje. Por otra parte, nos encontramos con los dos papeles que interpreta María de Vigo. Ciertamente, la actriz se ve suelta y con gran disposición. El personaje de Vivian, una joven francesa, dedicada a cuidar a unos niños, sueña con viajar a América ―la tierra de las oportunidades― para desarrollar su faceta como fotógrafa ―sus fotos recuerdan a las de Vivian Maier―; resulta el más interesante, el más pausado y dialogador. Es el ejemplo de lo que no ocurre con el resto de personajes. También encarna a Satur, una peluquera gallega muy echada para adelante, que intenta animar a su amiga en su pesadumbre. El respetable juzgará el final del espectáculo y valorará si es o no verosímil para aquella década. No lo desvelemos aquí; pero, al menos, digamos que la cuestión económica, el tema de la clase social, no se dirimen como se debieran. Suena chanson francesa, Brel, Aznavour. También «La vida sigue igual» de Julio Iglesias, una gran canción que nos destina a la esperanza. Irma Correa ha querido rizar el rizo para criticar Ley de Vagos y Maleantes de 1954, en la cual se consideraba la homosexualidad como delito. En la propia función se señala que en Tefía (Fuerteventura), en la Colonia Agrícola Penitenciaria se les encerraba. Y que el adulterio también estaba tipificado como delito (las condenas eran superiores para la mujer; eso conllevaba cárcel). Para combinar estas dos tropelías y crear una obra de teatro más consistente se necesita otro enfoque, otra perspectiva más profunda que someta a cuestión el contexto con todas sus vertientes. Pienso, sinceramente, que en esta obra no se plasma adecuadamente la realidad social de aquella época y, desde luego, el fondo es tan serio, como pertinente.

Ana, también a nosotros nos llevará el olvido

Texto: Irma Correa

Dirección: Mario Vega

Elenco: Marta Viera, María de Vigo, Rubén Darío y Ruth Sánchez

Espacio escénico: Mario Vega

Director de animación: Juan Carlos Cruz

Iluminación: Ibán Negrín

Producción: unahoramenos

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 25 de octubre de 2020

Calificación: ♦♦

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Pedro Páramo

Pablo Derqui y Vicky Peña se enmascaran virtuosamente en los múltiples personajes de la magna obra de Rulfo bajo una dirección meticulosa de Mario Gas

Pedro Páramo - Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Un atrevimiento formal es a priori llevar a escena una de las novelas más importantes del siglo XX. Juan Rulfo sufrió para sacar adelante su perspectiva, su estructura y ese conglomerado tan dificultoso que propiciaba un territorio alegórico-dantesco. También sufrió en su vida desde bien pequeño, ya que su padre fue asesinado cuando tan solo tenía seis años. Lo que ha conseguido Mario Gas con la dramaturgia de Pau Miró es, sencillamente, excepcional. El resultado consigue sumergirnos en ese realismo mágico que el escritor mejicano puso en marcha de manera genial. Ni es fácil una primera lectura, ni es factible recoger todos los cabos que se intercalan en escena. No llegan a plasmarse los sesenta y nueve fragmentos; pero se recorre gran parte de la obra y aparecen muchos de sus personajes. Es necesario hacerse cargo de que tan solo dos intérpretes adoptan los más variados papeles y que, además, logran trasladar los puntos de vista, los narradores, las voces, los monólogos y otras técnicas que el novelista ideó (muy influido ciertamente por William Faulkner). «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo». Con esa frase inicial e iniciática comienza un camino, una búsqueda del origen, una respuesta a múltiples interrogantes que ignoramos. Como Telémaco a la busca de Ulises o Edipo en el desvelamiento de su auténtico ser. Nos adentramos en una demarcación tan hostil que simplemente pensamos en un infierno cargado de violencia y de rencor. Sigue leyendo

El chico de la última fila

Andrés Lima coge las riendas del conocido texto de Juan Mayorga para llevarnos a un fantástico juego literario de metaficción

Foto de Luz Soria

Se puede afirmar que esta es la obra de Juan Mayorga que mejor recorrido ha tenido en el escueto imaginario teatral de España en los últimos años. Desde luego, ha contribuido a ello la exitosa versión que realizó de la misma ―con alguna significativa variación al final― el cineasta francés François Ozon, y por la cual obtuvo multitud de premios. Fue publicada en 2006 y ese mismo año fue estrenada bajo la dirección de Helena Pimenta. Ahora la retoma Andrés Lima, quien va verdaderamente lanzado en las últimas temporadas ―véase su aldabonazo con Shock, montaje que regresará a escena el próximo año, más su continuación―, empleando para el elenco a colegas históricos de Animalario. Carta ganadora; porque hablamos de un texto que ha superado la coyuntura terrible de lo temporal, debido a todas las virtudes dramatúrgicas que encierra el engranaje equivocante de metateatro metaliterario. Es el estilo que, quizás, mejor ha plasmado las facetas del dramaturgo, ya sea escritor, docente, matemático o filósofo. Todo ello, de alguna manera, aunque sea circunstancial, está ahí. La recursividad teatral ya la habíamos encontrado en Himmelweg (2004) y, después, con esa profusión en el work in progress en otras obras como El cartógrafo (2010) o Reikiavik (2013); sin olvidarnos que, en El arte de la entrevista (2014), ya indagó sobre la cuestión del punto de vista y la verdad. Fundamentalmente, tenemos el enfrentamiento, el reto, el agón, entre un profesor de literatura y un alumno suyo. Sigue leyendo

En palabras de Jo… Mujercitas

Lola Blasco busca en su texto a Louisa May Alcott a través de su célebre novela en un montaje de tintes metaliterarios

Foto de Esmeralda Martín

Aceptemos que a Mujercitas se le puede dar una vuelta y que se puede apreciar más allá de esa consideración costumbrista, conservadora y tan valorada por los estadounidenses de bien. Que en las entrañas de esa novela se cuela una nueva moral que funciona como un suave feminismo revolucionario que fragua a través de la escritura. Todo ello le ha dado a Lola Blasco para observar desde una perspectiva reflexiva y hasta filosófica a esas mujeres desgajadas de cualquier intromisión masculina directa. En escena no entran los hombres; así tampoco podremos aseverar que algunas de las proclamas que se escuchan durante la función realmente lleguen a ser efectivas frente a la mirada del varón. Pepa Gamboa ha marcado un compás fulgurante desde el principio, el lógico brío juvenil que nos entrega a unas muchachas con un desparpajo increíble. El montaje, salvo el decaimiento final, en el que resulta un tanto reiterativo su epílogo metaliterario; nos empuja por una pendiente en las ganas de atrapar una vida con caminos muy marcados y definidos, que su máxima protagonista anhela torcer. Desde luego, el primer tramo de la obra es un borbotón de energía que nos alegra. En plena Navidad, las March, llenas de entusiasmo, nos hacen creer de verdad que aquella existencia eminentemente hogareña y provinciana es la quintaesencia de la felicidad. Sigue leyendo

Matar cansa

Jaime Lorente nos arrastra con su fanatismo a la esencia cruenta de un asesino, a través del texto detallista de Santiago Loza

La hibristofilia es aquel trastorno, aquella parafilia, que fundamentalmente se da en ciertas mujeres, que sienten una irreprimible atracción sexual por los presos, muchos de ellos asesinos cruentos e irreductibles. Mutatis mutandis, contamos en Matar cansa, con un tipo que despierta de su letargo existencial en el momento que recibe una carta de un sicópata con decenas de cuerpos desgarrados y yertos a sus espaldas. Y esta perspectiva, adoptada por el dramaturgo Santiago Loza, al que conocemos por su obra He nacido para verte sonreír, nos permite trazar dos perfiles sicológicos concomitantes, a través de un monólogo revelador. Por otra parte, más allá de éxitos televisivos, Jaime Lorente ya venía trufando buenas actuaciones, y demostrando que ahí teníamos a un actor con futuro y con recorrido. Así lo pudimos atestiguar en El público y en Esto no es La casa de Bernarda Alba. Todos estos componentes nos aseguran una función arrastrada por la inmoralidad, por una horadante pasión orgásmica que se fundamenta en la aniquilación del otro, del ser humano que fallece súbitamente para convertirse en un amasijo de nada despersonalizada. El tipo que se atemoriza con la polilla («trato de aplastarlas sin puntería») y que parasita en el mundo, timorato, sucumbiendo a la epistaxis que aparece en la duda. El intérprete va a manejar el tempo de manera magnífica, con pausas apropiadas, con esos equívocos que contiene el texto y que le hacen retomar su relato más atrás o, incluso, a repetir lo dicho. Sigue leyendo

Ambiente familiar (mínimo 2 noches)

Una dramedia sobre la turistificación de nuestras capitales a través de un fresco amable de nuestras costumbres

Foto de Esmeralda Martín

Hace unos años pocos años Aitana Galán y Jesús Gómez Gutiérrez adaptaron Navidad en casa de los Cupiello. Aquella obra de De Filippo era, a la postre, una derivación realista de aquella prosa barroca tan abigarrada que se dedicaba a expurgar y a enjuiciar los vicios sociales, y la eterna hipocresía con la que se procedía en el decadente siglo XVII. Experto en ello fue Quevedo y, también, por supuesto, Gracián. Ahora, en Ambiente familiar (mínimo 2 noches) el cuadro de costumbres se salpimenta con incursiones poco eficaces e inconsecuentes de diversos episodios trágicos de nuestra reciente historia. Véase, por ejemplo, el caso del aceite de colza o el desamparo de los saharauis una vez nos desentendimos de aquel territorio. Es una dramedia en la que cada uno de los elementos que componen el fresco queda a medias. Reitero, todo queda a medias o, ni siquiera esbozado. Y, cómo voy a intentar desentrañar en las próximas líneas, no resulta claro cuál es el objetivo de este estilo hoy en día. Si recurrimos a las referencias clásicas antes señaladas, desde luego, el sarcasmo y el insolente dilogismo están ausentes. La mordacidad ni se aproxima, y la crítica no es furibunda; sino timorata y suave. Sigue leyendo

Las criadas

Una asepsia sicótica sirve para envolver esta adaptación del ya clásico de Genet, con unas soberbias actuaciones de sus intérpretes

Las criadas - Foto de Jesús Ugalde
Foto de Jesús Ugalde

La obra de Jean Genet, no nos paremos a recordar su vida carcelaria, o la versión de Splendid´s que pudimos ver hace un lustro, continúa estremeciendo y debe ser un aldabonazo para aquellos abnegados que se arrodillan ante sus estupendos jefes. Paco Bezerra se ha inmiscuido en el texto del francés para lograr que la fuerza oratoria cobre nuevo vigor. A su vez, Luis Luque ha dirigido este montaje con sádica exquisitez en la gama de los contrastes. Ambos ya ocuparon esa sala del Matadero para descubrirnos El señor Ye ama los dragones. A priori, el argumento no entraña gran complejidad, dos criadas en un hogar burgués (imaginamos) juegan a envestirse de su señora, y a maltratarse igualmente. La dialéctica del amo y del esclavo hegeliana hace aparición; pues ellas se constituyen a través del deseo de su señora, es decir, esta requiere del deseo de sus siervas para determinarse como dueña; mientras que ellas, en inferioridad, necesitan sentir su utilidad. Está claro que esas dos criadas alcanzan la categoría de lo alegórico. En ellas no está su vida particular, sino su condición de siervas y proveedoras de un sistema, de una estructura desesperantemente sisífica. Solo a través del mal, de la rebelión, puede uno liberarse de esas cadenas tan opresoras. Será aceptable moralmente si el objetivo es la libertad, será deleznable; si la búsqueda es ocupar el puesto fustigador de los señores. Lo interesante es comprobar que no han sucumbido totalmente a la alienación; aunque, por ejemplo, Claire demuestre su acatamiento y su debilidad cuando está frente a la señora con la tisana deletérea. Sigue leyendo

Transformación

Paloma Pedrero ha escrito una obra sobre tres auténticos transexuales que saltan a escena para interpretar sus relatos

marcosGpunto

Recientemente en España ha irrumpido una filosofía, una teoría, que ya cuenta con más de cuarenta años de historia. Me refiero, claro, a la queer, que, hasta entonces, se había mantenido en el estricto terreno de la marginalidad. Una vez que se ha academizado y que el movimiento ha tomado fuerza en Estados Unidos, ha venido para transgredir y reconfigurar la cuestión del sexo, del género, de la biología y de la identidad, entre otras, intromisiones. Si nos aproximamos al asunto de la transexualidad, la susodicha teoría, al poner en solfa el concepto sexo («el sexo no existe»), todo se dirime desde el constructo social, llegando a planear la idea de la tabula rasa. La estupefacción a la que llegará la sociedad va a ser proverbial; pero ya estamos en ello, y los hitos anonadantes se irán sucediendo. La autodeterminación de género se convierte en derecho, sin aclarar esencialmente de qué estamos hablando realmente. Lo paradójico es que la teoría queer, que afirma que desea abolir el género, termina por favorecer toda una ristra de constructos alternativos a los que algunos individuos se «adaptan»; porque el vacío animista parece que te aproxima a la mística, a la unión con Dios. Ese es el caos que ha implosionado, con tal significancia, que ya se está legislando sobre ello. Todo este meollo debe ser dirimido fuera de estas líneas, pues aquí lo que nos compete es una obra de teatro. Sigue leyendo

Sueño de una noche de verano

La nueva adaptación de esta curiosa comedia de Shakespeare entretiene mucho con su aire juvenil

Foto de Sergio Parra

Los aficionados al teatro pueden recordar las últimas adaptaciones que se han podido ver por estos lares: aquella coreana de corte animista y la que dirigió Darío Facal en el Matadero. Quien le mete ahora mano, y mucha, es Carolina África; y hemos de reconocer que ha logrado dejarla no solo en lo esencial, sino con una frescura en el lenguaje que, si bien la aproxima al entorno juvenil; también propicia el dinamismo. Está, además, trufada de ironías, de guiños al presente y al respetable. Resulta bastante desenfadada, incluso entrañablemente dickensiana (sobre todo, al principio, con la entonación del «All I Have to Do is Dream», de The Everly Brothers). A todo ello le pone un ritmo idóneo y atractivo la dirección de Bárbara Lluch. Así que, desde el inicio, nos adentramos en la ensoñación, sabiendo que esta obra de Shakespeare es, como poco, sui géneris. Es más, ¿es una pieza unitaria o es un entreverado de cuentos sin un desarrollo enteramente consistente? Porque ninguna de las tramas profundiza en demasía, y valen más como ejemplos del amor que se imbuye de la magia y de sus contradicciones. Por eso identificamos las influencias de la materia de Bretaña o de Apuleyo o de Ovidio o de la mitología celta. Y si queremos quedarnos con alguna pareja de enamorados, ¿con cuál nos quedamos? Pues con ninguna, porque los dos personajes más atractivos son Puck y Bottom. Ellos son los que mueven el cotarro, los que divierten con sus travesuras o con sus ingenuidades. Y el contraste entre ellos es excepcional. Sigue leyendo