El chico de la última fila

Andrés Lima coge las riendas del conocido texto de Juan Mayorga para llevarnos a un fantástico juego literario de metaficción

Foto de Luz Soria

Se puede afirmar que esta es la obra de Juan Mayorga que mejor recorrido ha tenido en el escueto imaginario teatral de España en los últimos años. Desde luego, ha contribuido a ello la exitosa versión que realizó de la misma ―con alguna significativa variación al final― el cineasta francés François Ozon, y por la cual obtuvo multitud de premios. Fue publicada en 2006 y ese mismo año fue estrenada bajo la dirección de Helena Pimenta. Ahora la retoma Andrés Lima, quien va verdaderamente lanzado en las últimas temporadas ―véase su aldabonazo con Shock, montaje que regresará a escena el próximo año, más su continuación―, empleando para el elenco a colegas históricos de Animalario. Carta ganadora; porque hablamos de un texto que ha superado la coyuntura terrible de lo temporal, debido a todas las virtudes dramatúrgicas que encierra el engranaje equivocante de metateatro metaliterario. Es el estilo que, quizás, mejor ha plasmado las facetas del dramaturgo, ya sea escritor, docente, matemático o filósofo. Todo ello, de alguna manera, aunque sea circunstancial, está ahí. La recursividad teatral ya la habíamos encontrado en Himmelweg (2004) y, después, con esa profusión en el work in progress en otras obras como El cartógrafo (2010) o Reikiavik (2013); sin olvidarnos que, en El arte de la entrevista (2014), ya indagó sobre la cuestión del punto de vista y la verdad. Fundamentalmente, tenemos el enfrentamiento, el reto, el agón, entre un profesor de literatura y un alumno suyo. Entre la abusiva mediocridad de sus bachilleres, destaca uno por su atrevimiento y por su ingenio. La redacción sobre lo acontecido durante el fin de semana que les ha encomendado, le vale a Germán para reafirmarse en su apocalipsis particular y, simultáneamente, para atisbar un rayo de esperanza en un chaval que pasa de no inmutarse en clase a emprender una aventura voyerista. Germán se deja poseer por Pigmalión, por su clasismo, por su acerbo examen de la modernidad y por su escondido fracaso. Alberto San Juan dota al personaje de la seguridad, el atractivo y la altivez necesaria para que nos arrastre en su peculiar obsesión; aunque también deseamos su caída, por la repelencia autoritaria que desprende a veces. Su energía marca el pulso y está a la altura. Junto a él, su mujer, Juana, es su confidente. Ella dirige una galería de arte que está a punto de perder, porque no encuentra a los artistas adecuados para el público potencial. La retahíla de candidatos nos ayuda a desvelar las fobias de su marido: «Los chinos de China te hacen esto cien veces más barato. Te lo quitarían de las manos. ¡Vanguardia para todos los bolsillos». En el nerviosismo que destilan los diálogos, me parece que Natalie Pinot grita demasiado en algunos momentos de forma innecesaria. En el inevitable tono adolescente, que suele alejarnos un poco por aquello de caer en los estereotipos, Guillem Barbosa, salvo algunos instantes de duda, discurre por el escenario como el auténtico Demiurgo, puesto que… aquí viene el primer interrogante, la concatenación de autores: ¿quién nos cuenta realmente esta historia? Capítulos y capítulos corregidos por el profesor, cuestionados, evaluados, pero… ¿es él un personaje más? ¿Es, sencillamente, nuestro protagonista el álter ego de Mayorga? O, por otra parte, ¿debemos aceptar que lo que ocurre es una paradoja, donde la lección se la lleva finalmente el maestro? En el juego de las interpretaciones que podamos percutir están las claves de la verosimilitud que anhela cuestionar. Este dilema es el verdadero fulcro, el motor primigenio de una estructura que se centrifuga. Un detalle muy persuasivo es ver «deslizarse» al actor mientras baila popping, como en un acto de liberación que lo expulse de una introversión que debemos deducir de un tipo que no habla, apostado en la última fila. Su sagacidad es una fuerza que se va desarrollando a lo largo de la función con vaivenes que permiten reconstruir escenas en ese ir haciendo, escribiendo. Las «víctimas» de la intromisión son una familia de clase media con pretensiones de escalar socialmente. La crítica cultural que de ellos se hace, también nos sirve de espejo para que el tándem de fabuladores refleje sus miedos, sus envidias y sus miserias morales. Mientras que Claudio se ha colado en la casa con ansias por descubrir qué es una familia normal, si en ella se hospeda el amor y la armonía; Germán destila sus lecturas que reparte a su discípulo para dictar sentencia: «¿Tolstói o Dostoievski? Esa es la gran pregunta, la que resume todas las demás». En el interior de ese hogar vive Rafa hijo, un Arnau Comas, plenamente adolescente, en ese punto de transición muy bien perfilado. Torpe en matemáticas; pero sagaz en la teoría filosófica. Luego, los padres cumplen inicialmente con el estereotipo que dibuja su «autor»; para después mejorarlos en las sucesivas revisiones y en su exposición a retos ficcionalmente motivantes. Por eso la madre es la típica señora estupenda, dedicada a sí, sin destino, ni grandes preocupaciones, que gasta su tiempo en imaginar una reforma de la casa que la vaya situando estéticamente en el escalafón que van a ir consolidando. Pilar Castro desarrolla su papel desde la contención; para aproximarse peligrosamente al erotismo propuesto. En otro orden marcha Willy Toledo, un amasijo de pánfilo, de padrazo flipado por el baloncesto y de ambicioso sobreestimado en sus cualidades negociadoras; carne de estafa. Una interpretación a la altura. Una familia de monigotes que se moldean a gusto de un chaval que vive en un entorno y en unas circunstancias bien distintas. La función se despliega a un ritmo coherente; pero lleva tan al extremo su desenvolvimiento retorcido que se alarga un poco en esa brega. Beatriz San Juan ha diseñado una escenografía sencilla, fundamentada en una cortina que vela y desvela el interior de la casa con un fluctuar elegante que, en ocasiones, choca con los intérpretes, dejándolos sin espacio. La potencia de la iluminación que Marc Salicrú imprime a la escena nos hace despertar de la ensoñación literaria para hacernos dudar de una realidad escurridiza. En definitiva, estamos ante una de esas obras que se insertan en lo que ya es una tradición dramatúrgica, la metaficción (en sentido amplio); un juego de inteligencia y de crítica de nuestros entramados sociales de la engañosa verdad.

El chico de la última fila

Autor: Juan Mayorga

Dirección: Andrés Lima

Reparto: Guillem Barbosa, Pilar Castro, Arnau Comas, Natalie Pinot, Alberto San Juan y Guillermo Toledo

Escenografía: Beatriz San Juan

Iluminación: Marc Salicrú

Vestuario: Míriam Compte

Espacio sonoro: Jaume Manresa

Ayudante de dirección: Anna Serrano

Fotos: Luz Soria

Diseño cartel: Javier Jaén / SOPA

Producción: Sala Beckett

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 8 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦♦♦

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