En palabras de Jo… Mujercitas

Lola Blasco busca en su texto a Louisa May Alcott a través de su célebre novela en un montaje de tintes metaliterarios

Foto de Esmeralda Martín

Aceptemos que a Mujercitas se le puede dar una vuelta y que se puede apreciar más allá de esa consideración costumbrista, conservadora y tan valorada por los estadounidenses de bien. Que en las entrañas de esa novela se cuela una nueva moral que funciona como un suave feminismo revolucionario que fragua a través de la escritura. Todo ello le ha dado a Lola Blasco para observar desde una perspectiva reflexiva y hasta filosófica a esas mujeres desgajadas de cualquier intromisión masculina directa. En escena no entran los hombres; así tampoco podremos aseverar que algunas de las proclamas que se escuchan durante la función realmente lleguen a ser efectivas frente a la mirada del varón. Pepa Gamboa ha marcado un compás fulgurante desde el principio, el lógico brío juvenil que nos entrega a unas muchachas con un desparpajo increíble. El montaje, salvo el decaimiento final, en el que resulta un tanto reiterativo su epílogo metaliterario; nos empuja por una pendiente en las ganas de atrapar una vida con caminos muy marcados y definidos, que su máxima protagonista anhela torcer. Desde luego, el primer tramo de la obra es un borbotón de energía que nos alegra. En plena Navidad, las March, llenas de entusiasmo, nos hacen creer de verdad que aquella existencia eminentemente hogareña y provinciana es la quintaesencia de la felicidad. Ya lo revela permanentemente Beth, la tercera de las hijas; aunque bien pasaría por ser la menor de todas. Qué felices somos, qué felicidad, como un mantra que aparte de sus mentes cualquier mal augurio y, sobre todo, que les haga olvidar que no andan muy boyantes en materia económica; al menos, para la clase social que representan. Carolina Rubio hace las delicias del respetable con su vocecita y con su encanto; luego, cuando la enfermedad la invada, su abatimiento transformará su carácter. Por su parte, Meg, la mayor de todas, la más responsable, es interpretada por Andrea Trepat con gran disposición, mientras su relato va tomando consistencia; pues es ella quien encarna a la mujer que entiende que buscar marido es la opción primordial en la adultez. Por otro lado, Paula Muñoz acoge el papel de Amy, la pequeña, con gracia y algo de ñoñería, sabedora de que es la más bella de todas y que eso supone un gran atractivo. Pero es Jo March el auténtico aldabonazo en aquel hogar, la única que tiene un pensamiento que rompe con lo establecido, con una ironía que roza el humor vitriólico, lanza sus sentencias repletas de inteligencia sobre la condición femenina que resuenan por todo el teatro, para dialogar sensatamente con el feminismo del presente. María Pizarro, con su pelo corto, y con ese modo de moverse, como un chicazo mal encarado que no se dejará domesticar por un esposo, recoge para sí el poderío y las riendas de la función. Verdaderamente todo el reparto está estupendo; pues Clara Sanchis como Marmée, la madre, no les va a la zaga. De igual manera, Maite Sandoval, en el rol de tía, sabe marcar muy bien su clasismo y esa forma que tiene de establecer distancias. Después, cuando el argumento se requiebre para situarnos a la mismísima autora de la novela, Louisa May Alcott, la actriz adoptará la generosa compostura de la mujer segura y hecha a sí misma. Lo que se observa según transcurren los minutos es que el espacio asfixia un tanto las vivencias de las chicas que, a diferencia de la obra original, la falta de los jóvenes pretendientes (como Laurie) o de otros personajes, convierte la propuesta en una concatenación de reflexiones, de comentarios y de sueños que, en ocasiones, suenan reiterativos. En este sentido, la duración parece algo extensa; no obstante, en general, divierte y entretiene, porque el lenguaje alcanza algunas cotas de ingenio realmente apreciable. El empeño de Lola Blasco por entresacar la personalidad de Louisa May Alcott provoca una especie de disonancia entre la obra de ficción y la biografía intelectual de la escritora. Esa destilación consigue el cénit en el epílogo en un encuentro fantástico, que cierra el círculo y que justifica el concepto de manera coherente; aunque recargue bastante de lo afirmado en las escenas anteriores. Por otra parte, el envoltorio no es desdeñable, pues la escenografía de Antonio Marín da oxígeno al elenco. Un naturalismo señalado con elementos básicos como el piano, el ventanal, el sillón o el escritorio; más luego, la evocación de la primavera o la negrura de un tiempo futuro. Precisamente, la iluminación del último tramo está excelentemente logrado por Juanjo Llorens. Guadalupe Valero acierta plenamente con el vestuario victoriano, con unos colores que juegan su papel simbólico. Además, con Jo, se acentúan las diferencias con ropas más masculinas. Por otra parte, la música original de Luis Miguel Cobo profundiza en los buenos momentos de alegría y nos arrastra al disfrute. Es este un buen espectáculo, un montaje compacto en cuanto a la representación; aunque el texto se encierra un tanto sobre sí.

En palabras de Jo… Mujercitas

Autora: Lola Blasco (a partir de Mujercitas de Louisa May Alcott)

Directora: Pepa Gamboa 

Reparto: Paula Muñoz, María Pizarro, Carolina Rubio, Clara Sanchis, Maite Sandoval y Andrea Trepat

Diseño de espacio escénico: Antonio Marín

Diseño de iluminación: Juanjo Llorens (A.A.I.)

Diseño de vestuario: Guadalupe Valero

Composición música original: Luis Miguel Cobo

Ayudante dirección y movimiento escénico: María Cabeza de Vaca

Asistente de dirección: Julen G.

Una producción del Teatro Español

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 8 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦♦

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