He nacido para verte sonreír

Pablo Messiez sube a escena una dolorosa despedida maternofilial escrita por Santiago Loza

Foto de Sergio Parra

¿Qué le ocurre a ese muchacho de mirada perdida que parece disfrutar del bolero que suena en la radio? No sabemos dónde está su pensamiento, pero desde luego no convive con su cuerpo, algo espástico, dubitativo, lento y antojadizo. Nacho Sánchez se recuesta en un mutismo expresivo que marca distancia. El actor, después de su memorable interpretación en La piedra oscura, se cuela en este personaje para otorgarle una gestualidad compasiva a través de un rostro casi congelado en un mundo lejano. Nos seduce desde el principio y nos conmueve hasta el final. Desconocemos qué pudo ocurrirle durante su adolescencia para que ahora un trastorno mental lo incapacite para la comunicación normal. Se deja caer que era capaz de sumirse horas y más horas en lecturas interminables de libros voluminosos y profundos («Eran libros ásperos. Aburridos. No sé cómo llegaste a leer ese tipo de cosas. No toda lectura es saludable. Yo tendría que haberte quitado los libros a tiempo. Leías de más. No salías»). Pero, conociendo a su madre, esa visión romántica de locura intelectual queda en un segundo plano. Ella, Miriam, es una mujer de clase media, una de esas señoras que ha logrado adaptarse al papel que le ha marcado la sociedad de su época; pongámonos en los años 60. Por unos instantes, cuando se pone estupenda (por ejemplo, al referirse a su sirvienta en el establecimiento de su clase), nos recuerda a la Carmen Sotillo de Cinco horas con Mario, capaz de autojustificarse en su podredumbre vital; aunque se sienta plenamente desencantada con su matrimonio: «La historia de amor de tu padre y mía es muy breve. El encuentro en ese yate, presentados por un amigo en común. Los seis meses de noviazgo. El casamiento. El embarazo. Y el resto es aburrido. Nada que contar. En cambio, la historia de amor con un hijo es más compleja». Es precisamente en este parlamento donde encontramos gran parte del meollo. Su vida es volcarse con el hijo, crearle un nido calentito, agarrarse a su amor como si fuera la única y la última posibilidad para ser feliz. Sometida, quizás, por el síndrome de Wendy. ¿Pero qué se puede hacer con alguien así en casa? ¿Cómo se le puede ayudar? No queda más remedio que internarlo para que los especialistas hagan lo que deban. Siguiendo la lógica de este tipo de mujeres —escondidas bajo la máscara de la hipocresía—, su sufrimiento debe ser indecible; aunque lo finja, tal y como ha aprendido a fingir durante todos estos años para ser alguien en sociedad. Isabel Ordaz se imbuye en esa madre y nos concierta una cita para la despedida con un rostro que se va yendo. Al papel le viene estupendamente ese procedimiento que posee la actriz para expresarse con tal espontaneidad, con ese trastabilleo propio de alguien que está creando un discurso en in situ. Se lanza en un aparente soliloquio para toparnos con un diálogo, sustentado por sus preguntas cariñosas y los nimios gestos de él; por el recuerdo de situaciones clave y la mera descripción de acciones cotidianas. Logra sostener, de forma sin igual, esa línea endeble del ser que está a punto de derrumbarse. Y, lo más importante, la compenetración entre ambos intérpretes está llena de verosimilitud.

Cierto es que ni el espectáculo ni la obra en sí sondean territorios inexplorados, ni escarban en procedimientos dramatúrgicos que abran otras vías de expresión; pero la factura de la función es de una calidad incuestionable. El texto de Santiago Loza trabaja a través de un lirismo a veces sofocante, con tintes de onirismo y un sabio empleo de la elipsis que nos deja con el regusto de la incógnita. Desconozco quién lo ha adaptado para que el argentino se transforme en español; pero no me resisto a echarle en cara el laísmo machacón que nos depara.

Pablo Messiez, en una carrera imparable —esta temporada ya hemos disfrutado de su arte en dos ocasiones (La distancia y Todo el tiempo del mundo)—, vuelve a manejar los hilos de la situación con preciosismo y una atención primorosa por el detalle. Ha sabido, además, rodearse de un equipo artístico que ha configurado un montaje más complejo de lo que puede parecer a simple vista. La escenografía de Elisa Sanz me ha parecido magnífica; ha acertado a equilibrar perfectamente lo hiperreal con lo simbólico: la cocina «auténtica» y el nido que en el que está inserta con su propia lámpara-nido. A esto se une el diseño de luces creado por Paloma Parra; ideal para reflejar y acentuar momentos de silencio angosto. En todo este acontecimiento la música resulta esencial, las reacciones del polluelo cuando suena en la radio ópera o el bolero «Sin ti», nos pueden recordar a David Helfgott, aquel pianista que también perdió el oremus y del que supimos por la película Shine.

He nacido para verte sonreír profundiza en los misterios de nuestro cerebro y en las contradictorias relaciones entre una madre y un hijo; amorosamente asfixiantes, deducimos; aunque seguramente llenas de inevitable necesidad: «Tenemos la misma risa. Nos dan gracia las mismas cosas. Motivos que una no puede explicar».

He nacido para verte sonreír

Autor: Santiago Loza

Dirección: Pablo Messiez

Reparto: Isabel Ordaz y Nacho Sánchez

Escenografía y vestuario: Elisa Sanz

Iluminación: Paloma Parra

Diseño de sonido: Nicolás Rodríguez

Ayudante de dirección: Domingo Milesi y Andrea Delicado

Fotografía: Sergio Parra

Producción: Teatro de La Abadía e Ignacio Fumero Ayo

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 19 de marzo de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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