El cartógrafo

Un cuento en Varsovia que revela las interacciones entre el pasado, el presente y el mapa que los reconstruye

Foto de Ceferino López
Foto de Ceferino López

Cuando uno se acerca al teatro de Juan Mayorga enseguida descubre, como afirma en esta misma obra que: «En el teatro todo responde a una pregunta que alguien se ha hecho». Las preguntas de este dramaturgo tienen que ver con un desvelamiento, con una indagación en el pasado y en una presumible relación con el presente; poseemos múltiples ejemplos, desde La tortuga de Darwin hasta El arte de la entrevista (en esta encontramos bastantes paralelismos acerca de la memoria). Lo interesante es el andamiaje filosófico que construye para montar una historia sobre una cartógrafa (¿por qué no se llama La cartógrafa?) polaca que vivió durante su niñez en el gueto de Varsovia. Para desentrañar, dentro de las posibles interpretaciones y echando mano de ciertos conceptos que cualquier espectador culto puede tener en la cabeza —de más está afirmar que el compromiso intelectual y estético del público con esta propuesta debe ser elevado— el misterio que aquella chiquilla podría esconder. Enseguida se nos viene a la mente aquel microcuento de Borges titulado «Del rigor en la ciencia», que habla sobre lo inútil que es un mapa construido de 1:1, es decir, exactamente igual de grande que el imperio que representa. Este límite nos lleva a la famosa frase de Alfred Korzybski: «El mapa no es el territorio», una evidencia llena de significado. Es evidente que el mapa es un artefacto político, es un concepto, una abstracción que nos «permite» atisbar una realidad que se nos escapa por nuestra propia medida (¿no éramos acaso la medida de todas las cosas?), pero siempre mediada, pura perversión. Un mapa es una ficción que nos puede inducir al engaño, pero que también puede ampliar nuestra propia concepción del espacio y del tiempo. Igual que la literatura. Esto, además, nos llevaría al «simulacro» de Jean Baudrillard, que básicamente es el mundo hacia el que vamos y en el que estamos dando los primeros pasos. Nuestro móvil va remarcando nuestro mapa diario, el mapeo de nuestras vidas haciendo que el territorio se desvanezca en Google maps. En definitiva, vivimos dentro del mapa y, por lo tanto, cabe preguntarse: «¿quién es nuestro cartógrafo?». Todo esto viene al caso porque la obra de Mayorga concita varias reflexiones que poseen como lema: «Definitio est negatio». Definir es limitar. «El vicio del cartógrafo es querer ponerlo todo. Si quieres ponerlo todo, nadie verá nada». El mapa y el cartógrafo, insisto, tienen una intencionalidad, en muchos casos, trascendental; puede servir tanto para la orientación de un bando en una guerra o como para demostrar los asentamientos de un pueblo sobre las pertenencias de otro. Los casos son múltiples.

El argumento no es muy complejo. Partimos del presente, un funcionario de la embajada española en Varsovia y su mujer se asientan en su nuevo destino. Ella decide entretenerse en conocer la ciudad, en pasear, en perderse, hasta que empieza a reflexionar acerca del gueto de Varsovia, de cómo se está reconstruyendo la historia de aquella época a través de fotos y otros documentos, hasta que se entera de la existencia de un cartógrafo que vivía por aquellos años y que debió cartografiar los límites del gueto ahora inapreciables. De ahí el subtítulo de la obra: «Varsovia: 1:400.000» (cuatrocientos mil judíos encerrados en un espacio ridículo). Varios saltos en el tiempo nos llevan a conocer a ese cartógrafo, anciano ya, y a su nieta, una niña pequeña que saldrá a la calle a captar los detalles que se incluirán en el mapa. El objetivo es descubrir si de verdad existió esa niña y ese mapa.

Juan Mayorga se vuelve a poner al frente de su propio texto tomando las riendas de la dirección, igual que hizo con la gran Reikiavik. También regresa con esos procedimientos dramatúrgicos propuestos por Peter Brook y su espacio vacío. El escenario del Matadero raras veces se ve tan desnudo. Los actores aparecen de improviso y delimitan su marco de acción con cinta adhesiva. No contarán más que algunas sillas y varios elementos de atrezo absolutamente mínimos (todo en color rojo). Serán el gesto, la voz, la postura y la coherente actitud los instrumentos que Blanca Portillo y José Luis García-Pérez empleen para recrear a todos los personajes. La primera, como siempre, inapelable tanto como esposa aburrida de los asuntos diplomáticos, como niña ingenua atendiendo a las indicaciones del abuelo y como anciana hoy en día. Nos ofrece su pasión y esas ansias por transmitirnos credibilidad con una intensidad que se desborda por momentos debido a su ímpetu. Su compañero se queda con ese montón de papeles masculinos entre los que destaca fundamentalmente el de anciano cartógrafo, tan doliente, tan afanado por su obsesión, tan involucrado en su último proyecto, también seguramente el más importante, de cartografiar un gueto que su salud quebrada no le permite pisar. Ambos actores configuran toda una coreografía de situaciones con las que expelen viveza.

El cartógrafo es una obra que se alarga más de lo necesario, hasta llegar a las dos horas, posiblemente debido a que tan solo dos intérpretes se encargan de todos los papeles. Aunque la puesta en escena me parece llena de vigor, tan expresiva, forzándonos a imaginar, siento que flaquea en varios aspectos. El primero de ellos es que no parece de recibo que en el medio de la función se enciendan algunas luces de sala porque los actores deben dirigirse al respetable para explicarle cómo se vivía en el gueto, que es algo, según afirman, no pueden representar. Es un hecho contradictorio con el planteamiento general del espectáculo; puesto que al espectador ya se le está exigiendo un esfuerzo imaginativo y unos conocimientos básicos acerca de la invasión nazi. Contamos con buenos documentos para ilustrarnos como, por ejemplo, las declaraciones de Jan Karski en el documental Shoah de Claude Lanzmann. Otro aspecto que no me acaba de convencer es la poco creíble declaración de la anciana Deborah al final, afirmando que ella no es la niña; una especie de resistencia a convertirse en esos cuentos que necesitan redondearse en el desenlace. Son aspectos que no evitan que la función sea ampliamente satisfactoria y que nos aporte una experiencia dramática de primer nivel. Juan Mayorga mantiene el pulso del mejor teatro que se puede contemplar en nuestro país.

El cartógrafo

Texto y dirección: Juan Mayorga

Reparto: Blanca Portillo y José Luis García-Pérez

Ayudante de dirección: Carlos Martínez-Abarca

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar

Música original y espacio sonoro: Mariano García

Fotografías: Ceferino López – MarcosGpunto

Producción ejecutiva: Chusa Martin – Susana Rubio

Producción: Avance Producciones Teatrales, Entrecajas Producciones Teatrales y García-Pérez Producciones

Naves del Español – Matadero (Madrid)

Hasta el 26 de febrero de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

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