Himmelweg

Raimon Molins dirige esta obra de Juan Mayorga ambientada en un campo de concentración nazi

himmelweg-fotoA veces uno tiene la sensación de que últimamente no para de hablar de teatro dentro del teatro. El metateatro invade el teatro en esa incapacidad de volver a la ficción. Es como si el propio teatro fuera consciente de que el espectador vive inmerso en un mundo en el que la fusión realidad-virtualidad va resultando indiferenciable y de que debiera recordarle que todo aquello es mentira para ser verdad. El metateatro puede ser un guiño y, también, como en el caso de Juan Mayorga, un auténtico discurso filosófico sobre la entidad esencial de lo dramático. Por lo tanto, debemos preguntarnos si estos procedimientos poseen coherencia o si son banales. Himmelweg (publicada en 2004) es, ante todo, la historia de los engaños. Partimos del engaño del nazismo en su locura eugenésica basada en el engaño de las razas humanas. Pero enseguida vienen los «engaños» de la delegada de la Cruz Roja que interpreta Elena Rayos con su habitual delicadeza, con su aspecto inconfundible de inocencia que busca trasladarnos permanentemente la emoción que siente con esa mirada fértil, que nos lanza más allá de la cuarta pared. Debe negociar con un comandante, buscar el trueque, ser pragmática, dentro de aquel campo de internamiento en el que transcurre su misión. ¿Y ese comandante que tiene delante, que dice sentirse «europeo», «antes que alemán», cómo consigue autoengañarse ante tal situación? Su afición por el teatro queda señalada en su biblioteca: Calderón, Corneille, Shakespeare,… Rápidamente hace ver que ha viajado y que es alguien instruido. Y entonces la paradoja aumenta y esa consabida relación que constantemente nos repetimos entre la cultura y la sensibilidad (cita a Spinoza: «”El odio que es vencido por el amor, se convierte en amor; y ese amor es más grande que si el odio no lo hubiera precedido”»), entre el conocimiento y la bondad, se descoyuntan (como podemos observar habitualmente en muchos de nuestros mandatarios). Raimon Molins acomete este personaje con soberbio cinismo, con extraordinaria entereza y credibilidad, una composición actoral tan sobresaliente que cubre algunas de las carencias del montaje. Porque en este espectáculo, que el propio Molins dirige, se ha cambiado a casi todos los judíos que aparecen en la obra de Mayorga y que deben interpretar la absoluta normalidad de la vida cotidiana en el campo de internamiento (este es el engaño de la obra), por títeres. Este hecho me ha producido dos visiones antagónicas: por un lado, fuerza nuestra imaginación, nos traslada a aquellas circunstancias, nos envuelve en una atmósfera fabulística, extrañamente infantil; pero, por otra parte, se pierde expresividad y la función se vuelve excesivamente narrativa, la interacción entre los títeres es mínima y no nos queda más que permanecer a la escucha. Bien es cierto que los elementos escenográficos suplen parte de estos déficits. Así, se establece un diálogo inicial entre la delegada y ella misma apareciendo en una gran pantalla (también se difundirán otras imágenes realmente sugerentes sobre los campos de concentración preparadas en vídeo por Joan Rodón), en una especie de juego de espejos, de confesión introspectiva. Por otra parte, la escenografía de Mireia Trias engrandece el proyecto. Ha ideado una plataforma circular y giratoria sobre la que se asienta el despacho del comandante, y que nos reparte varias perspectivas. Finalmente, no podemos olvidar al tercer intérprete. Guillem Gefaell nos regala una sentida actuación del «alcalde» Gottfried, un judío convertido en máximo responsable de ensayar el trampantojo. Su contención resulta una inmejorable réplica al nazi culto y nos concita hacia esa amalgama de antítesis que se plasman sobre las tablas.

Himmelweg —un texto que se enreda en exceso en su propio planteamiento, cuando nos aproximamos al desenlace— coincide en la cartelera madrileña con otra obra de Juan Mayorga, El cartógrafo —un texto más sofisticado que el anterior en cuanto que su despliegue se expande tanto en el tiempo como en el espacio, con una llamada de atención al público superior—; ambas trabajan desde los presupuestos estilísticos del dramaturgo: la memoria, el metateatro y el desvelamiento de la verdad se conjugan para completar imaginariamente una realidad angustiosa.

Himmelweg

Autor: Juan Mayorga

Director: Raimon Molins

Reparto: Elena Rayos, Raimon Molins y Guillem Gefaell

Vestuario: Gloria Viguer

Iluminación: Coré Rodríguez y Raimon Molins a partir de una idea original de David Valero

Espacio sonoro: Raimon Molins

Escenografía: Mireia Trias

Construcción de títeres: Mireia Trias y Montse Gallego

Vídeo: Joan Rodón

Fotografía: Cristina Sánchez

Producción: Atrium Produccions

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 5 de marzo de 2017

Calificación: ♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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