Ambiente familiar (mínimo 2 noches)

Una dramedia sobre la turistificación de nuestras capitales a través de un fresco amable de nuestras costumbres

Foto de Esmeralda Martín

Hace unos años pocos años Aitana Galán y Jesús Gómez Gutiérrez adaptaron Navidad en casa de los Cupiello. Aquella obra de De Filippo era, a la postre, una derivación realista de aquella prosa barroca tan abigarrada que se dedicaba a expurgar y a enjuiciar los vicios sociales, y la eterna hipocresía con la que se procedía en el decadente siglo XVII. Experto en ello fue Quevedo y, también, por supuesto, Gracián. Ahora, en Ambiente familiar (mínimo 2 noches) el cuadro de costumbres se salpimenta con incursiones poco eficaces e inconsecuentes de diversos episodios trágicos de nuestra reciente historia. Véase, por ejemplo, el caso del aceite de colza o el desamparo de los saharauis una vez nos desentendimos de aquel territorio. Es una dramedia en la que cada uno de los elementos que componen el fresco queda a medias. Reitero, todo queda a medias o, ni siquiera esbozado. Y, cómo voy a intentar desentrañar en las próximas líneas, no resulta claro cuál es el objetivo de este estilo hoy en día. Si recurrimos a las referencias clásicas antes señaladas, desde luego, el sarcasmo y el insolente dilogismo están ausentes. La mordacidad ni se aproxima, y la crítica no es furibunda; sino timorata y suave. Pero, antes de nada, situémonos. Nos encontramos en un piso destinado al alquiler turístico. En ella viven, la supuesta dueña, Inés, una Marina Andina positiva y dispuesta a resolver complejidades vitales y a enseñar el arte de las castañuelas; y el sobrino, un Mariano Rochman que adopta el rol de ingenuo y un poco pánfilo, que se embebe en sueños empresariales y que ansía aportar su vis cómica de perdedor impenitente. Es un buen actor; pero el papel es ridiculizante. También se hospeda en una de las habitaciones, una joven saharaui, interpretada por María Filomena Martignetti, que se prostituye con naturalidad; mientras defiende la causa de su pueblo ante el público. En la terraza parasitea uno de los personajes peculiares del montaje, un trasunto del diablo Cojuelo (estableciendo una especie de díptico con la adaptación del célebre texto de Vélez de Guevara que los dramaturgos presentaron este verano), que Críspulo Cabezas desarrolla cual Séptimo Miau ahíto de costo. Impone el lenguaje gongorino de un guía callejero, para ilustrarnos aquí y allá sobre usos locales. Su exceso chirría hasta el punto de no ajustarse a la medida apropiada del guiño, y resultar algo cargante. En la reiteración de los modos, todos los personajes pretenden llevarnos a la carcajada a través de la pesadez. Porque el humor que se destila en esta obra está harto anticuado, le falta pegada y sagacidad, imaginación y hondura crítica; parece que no desea meterse con nadie y que se intenta instituir más allá de una lógica conexión con el presente. El aire farsesco que pretende explotar el typical spanish repartiéndonos las canciones, los dichos y los suvenires que permanentemente obviamos y odiamos (la comida y la bebida es otra cuestión, eso sí), se nos muestra muy distante respecto de la denuncia legítima que se quiere establecer, a saber: la gentrificación de los barrios del centro de Madrid debido, entre otros motivos, al alquiler turístico y al abuso de los fondos buitre que van arramblando edificios con oportunismo y malas artes. Por eso, en la trama, es fundamental el papel de Anita, una alemana dedicada a las finanzas, que ha venido a divertirse a España y, si se tercia, a continuar con sus negocios inmobiliarios. Agnes Kiraly hace de tontorrona germana, como diosa landista que pone a los varones a babosear ridículamente. Muy estereotipada. En la visita turística teatral no faltan todas las explicaciones impertinentes que lleven de la manita al espectador para que no se pierda y comprenda de dónde venimos, adónde vamos y a qué se va a dedicar la rubita, cuando descubra que los supuestos dueños están de alquiler y que la titular pues…, ya lo verán ustedes. Dividido en trancos ―como el Cojuelo―, para concretar tantos saltos y discursos de cara al público para darle la lección, con imágenes que los ilustren, en el pequeño caos que se va montando en ese hogar sencillo que ha diseñado Silvia de Marta. Mientras Pablo Hernández Ramos toca en directo nuestros pasodobles, nuestros chotis y nuestros hits verbeneros. Al final se asienta en tierra de nadie, ni hace suficiente gracia, ni entretiene; porque sus personajes se anquilosan en una vida poco atractiva y, principalmente, si se quería alcanzar la categoría de teatro protesta, sinceramente, se queda en algo tan naíf que los fondos buitre estarían gustosos de producir la obra; pues tampoco parece tan grave el asunto.

Ambiente familiar (mínimo 2 noches)

Autores: Aitana Galán y Jesús Gómez Gutiérrez

Dirección: Aitana Galán

Reparto: Marina Andina, Agnes Kiraly, María Filomena Martignetti, Mariano Rochman y Fernando Romo / Críspulo Cabezas

Músico en escena: Pablo Hernández Ramos  

Diseño iluminación y videoescena: Alfonso Pazos

Diseño de escenografía y vestuario: Silvia de Marta

Movimiento escénico: Marta Sánchez Medel

Música original y espacio sonoro: Pablo Hernández Ramos

Ayudante de dirección: Manuel Báñez

Una producción de Teatro Español y La Radical Teatro

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 1 de noviembre de 2020

Calificación: ♦♦

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