Beautiful Stranger

Ion Iraizoz da una vuelta de tuerca con la autoficción para experimentar sobre sus posibles personalidades dramatúrgicas

Que coincidan ahora mismo dos proyectos teatrales en distintas salas con características e influencias tan parecidas y determinantes, podría ser sospechoso de plagio; pero tal y como discurren algunos subgéneros en la dramaturgia de los últimos tiempos, no parece tan inverosímil que se lleguen a lugares o a pretensiones similares. Es más, no hablamos de algo enteramente innovador, como ya apunté en la crítica de Atraco, paliza y muerte en Agbanäspach, que es la obra con la que existen unas concomitancias casi increíbles. Para empezar, la cuestión metaficcional, con guiones que anticipan los hechos, el teatro dentro del teatro y la presencia directa o alusiva de Marina Abramovich. A todo ello, insisto en la influencia del cineasta Charlie Kaufman. Es más, cuando Ion Iraizoz especifica cómo se pronuncia su nombre y pone de ejemplo a John Malkovich, con intención o sin ella, nos da una pista; porque no puede dejar de recordarnos el filme del susodicho guionista, Cómo ser John Malkovich. Jugar con la idea de una conciencia —una voz en off—, que te dirige como si fueras un titiritero. Pero antes de profundizar en esa idea, es necesario señalar cuál es el marco que plantea este montaje. Y es que el dramaturgo anhela recrear delante de nosotros la celebración que teatralmente realizó sobre su cuarenta cumpleaños. Es decir, el 21 de mayo de 2019 —algunos supondrán inequívocas pulsiones de un géminis— preparó una perfomance en el Teatro del Barrio y ahora nos cuenta, nos medio escenifica y nos ilustra con fotos y vídeos lo ocurrido en aquel evento. ¿Por qué lo hace? ¿Qué tipo de perspectiva desea ejecutar sobre sí mismo? Sigue leyendo

Man Up

Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez dirigen este desenfadado espectáculo sobre las nuevas definiciones de masculinidad

Man Up - Foto de marcosGpuntoDe un tiempo a esta parte, en consonancia con la última ola del feminismo y el propio devenir de los tiempos de paz y de consumo en Occidente, se habla de las nuevas masculinidades. Pensamiento este, dirigido a una suerte de hombres (¿todos? ¿o solo aquellos que pertenecen a esa seudoclase media de profesiones liberales o poco rudas?) que deben aflorar sus emociones escondidas, su empatía subyacente y sus sentimientos amorfos en esta feria de las vanidades low cost. Sigue leyendo

El sueño de la vida

La Comedia sin título es completada de la mano de Alberto Conejero en una propuesta que vislumbra la esencia del arte teatral

Foto de Sergio Parra

Un ejercicio imposible que debe materializarse con el ingenio de otro artista. No creo, en absoluto, que deba tomarse El sueño de la vida como una continuación de la Comedia sin título; debe ser más bien un motivo para embarcarse en un proyecto personal ―aunque auspiciado por el espíritu de Lorca―. El resto de especulaciones, mientras no aparezca ningún vestigio arqueológico que lo desmienta, es una tarea inútil. El propio primer acto, el único conservado del dramaturgo de Fuentevaqueros, es ya una especie de incompletud, una mise en abyme, un caos de proclamas y remisiones al teatro como arte que debe trascender en lo político, que debe provocar reacciones en el público. Una clara defensa del denostado binomio Alta Cultura / baja cultura. Así observamos cómo el Espectador 1º se solivianta desde la platea y no aguanta en su butaca: «No he venido a recibir lecciones de moral ni a oír cosas desagradables», esputa César Sánchez; mientras su esposa, inicialmente, se siente abochornada. Cuando se marchan defendiendo el Teatro de La Latina (como un espacio para la escena de puro entretenimiento, que ya no corresponde con nuestra estricta actualidad) se percibe en el respetable la carcajada del clasismo satisfecho. Antes ha irrumpido de improviso, desde su asiento entre los espectadores, Nacho Sánchez, quien se enmascara en el Autor. Sigue leyendo

Dos nuevos entremeses, nunca representados

Ernesto Arias monta estas dos piezas cervantinas con el ambiente propicio del Barroco más burlesco

Foto de Sergio Parra

No podemos más que celebrar que estas dos nuevas piezas se sumen a los Entremeses que recuperó José Luis Gómez, quien también protagonizó su particular Celestina, auténtico vaso comunicante con el ambiente picaresco y marginal que exponen estas piezas que Ernesto Arias dirige en el Teatro de La Abadía. Avancemos que el montaje está repleto de aciertos que permiten sublimar unos textos que en su trama esencial son bastante sencillos; pero que tanto literaria como sociológicamente poseen un valor incuestionable. Con tal de alargar hasta la hora y veinte minutos unas historias que no darían, desde luego, para tanto, se han tomado una serie de decisiones teatrales —aquí hay que felicitar tanto al director como a Brenda Escobedo, responsable de la dramaturgia—, decisorias y plenamente exitosas (el público queda entusiasmado ante el despliegue artístico). Primeramente somos llevados a la nocturnidad, al frío de la calle en que duermen los grupos marginales de aquel Barroco tan devastador. Se logra un silencio de casi un minuto que configura un amasijo de cuerpos, como una Balsa de Medusa, un escorzo antes de que la acción se ponga en marcha. Se genera un clímax idóneo y pertinente para adentrarnos en un Madrid taciturno. Sigue leyendo