Cluster

La Sala Exlímite se convierte en un acogedor bar, donde discurren las biografías autoficcionadas de ocho magníficos intérpretes

Foto de Luz Soria

Creo que llegados a este momento es necesario hacer una salvedad, pues la autoficción aparece abusivamente en los escenarios de nuestro país en los últimos tiempos. Y es un estilo que se aprovecha, en ocasiones, para el egocentrismo (véase El bramido de Düsseldorf, de Sergio Blanco), para acotar el teatro documento (véase Curva España, de los Chévere), para tratar la muerte (véase Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero, de Rigola). Pero si nos aproximamos más a la cuestión generacional que nos compete, entonces encontramos referencias inequívocas como Catástrofe, de Antonio Rojano, Hoy puede ser mi gran noche, de Teatro en Vilo o Hacer el amor, donde aparece la propia Ángela Boix. O, todavía más, la que debemos tener como gran modelo: Los Remedios, que es producción de la Compañía Exlímite y que se podrá ver (deben verla) el próximo mes de marzo en el Teatro María Guerrero. Es significativo de esta obra, que posea un contexto tan claro, el barrio; pero también una época, una ciudad, un país, unas clases sociales. Todas estas cuestiones resultan esenciales para desarrollar un proyecto crítico y limitante, un enjuiciamiento de culpas y de responsabilidades, un acto de ironía e, incluso, sátira de un tiempo sobrevenido para una juventud que debe zafarse de toda una serie de atribuciones y de exigencias. Bien, pues todo esto es lo que falta —y se echa de menos—, en Cluster. Recordemos que la autoficción juega de manera extrema al hiperrealismo, a cierto objetivismo inequívoco, a documentar con insistencia aspectos vitales genuinos, verdaderos, personales, etcétera. Sigue leyendo

Medea

Ana Belén encarna a la mítica maga en una versión que pretende ser excesivamente fiel al relato conocido

Medea - FotoDebemos reconocer que llevar a las tablas el mito de Medea posee una serie de complejidades que requieren determinadas decisiones en sus versionadores y en aquellos que se atreven a dirigir a personajes tan cargados de apasionamiento. Antes del verano Andrés Lima optó por la desnudez, el salvajismo y hasta la performance. Después, en Mérida, se presentó la Medea de Vicente Molina Foix que ahora podemos contemplar en el Español. El novelista ha combinado los textos de Eurípides y de Séneca, ha decidido qué muertes deben acontecer y qué grado de crueldad se le usurpa al espectador y, también, ha tomado la decisión de incluir un largo cuento revelado a los hijos de Medea por esta misma y por la nodriza; un relato extensísimo en el que sin excesiva dramatización se van desgranando los avatares de Jasón y los argonautas en busca del Vellocino de oro, que Apolonio de Rodas compuso en el canto tercero de Las Argonáuticas, cuando los marineros llegan a la Cólquide y la maga queda prendada del héroe. La propensión de datos y recovecos mitológicos rompe cualquier ritmo teatral y, aun así, José Carlos Plaza lo dirige como puede, para luego intentar que la obra remonte gracias a la interpretación de Ana Belén, con una actuación que mide con diferentes grados la desesperación y, de una forma soberbia, por la nodriza a la que da vida Consuelo Trujillo, en un papel repleto de gestos, astucia y fragilidad impetuosa. Desgraciadamente no ocurre lo mismo con el resto de personajes, ni el Jasón de Adolfo Fernández parece poseer la fuerza que debiera, es como un héroe cansado de sus líos domésticos, sin ambición; ni, tampoco, el Creonte de Poika Matute se confía al tono dramático, se muestra demasiado caricaturesco. Y al resto les falta la grandiosidad que debe imperar en la tragedia a la que se ven abocados y no parecen acompasarse con la solemnidad de la hechicera. Sigue leyendo