Escena – Fin de temporada 2019-20

Un repaso por lo más meritorio y sobresaliente de este reducido periodo teatral que nos ha tocado vivir

Foto de Vanessa Rabade

La temporada ha quedado demediada. Esto ya no tiene remedio. Días aciagos para el teatro que dejan su futuro en suspenso. Los sucedáneos virtuales demuestran que la anosmia no es solo un síntoma clarificador de esta pandemia que nos acogota; sino la evidencia de que el drama requiere de olores, de sudores, de tensiones carnales y, fundamentalmente, de ese compromiso indeleble entre los intérpretes y un público que se entrega al pacto mefistofélico. Por lo tanto, solo queda hacer ya el habitual repaso a lo más destacable de la escena teatral madrileña (española por extensión y por recepción. Internacional, a la postre). En términos generales, continuamos con una tendencia acusada a la complacencia, a lo políticamente correcto, a la falta de riesgo creativo. Llevamos años de decadencia; pero uno sigue encontrando obras que justifican el vigor de este arte tan antiguo como frágil. Quiero empezar señalando los grandes montajes patrios que más satisfactorios me han resultado. Madre Coraje y sus hijos y Jerusalem han sido espectáculos recogidos (y producidos) por el Centro Dramático Nacional. El primero supone una de las mejores direcciones de Ernesto Caballero (desenlace estupendo para dejar el testigo a Alfredo Sanzol al mando de la institución), con una Blanca Portillo grandiosa, tan segura de sí misma sobre las tablas, para dotar de modernidad al personaje brechtiano. En cuanto al segundo montaje nombrado (con el Teatre Romea y el Grec en perfecta conexión), hay que reconocer que la atmósfera creada durante las tres horas nos dejó un gran sabor de boca. Arquillué se marcó uno de los papeles de su vida. Puedo continuar haciendo referencia a otros dos espectáculos de compañías venidas de fuera. Primero, Under the Influence, una obra que mezclaba cine y teatro para recrear la famosa película de John Cassavetes. Las simultaneidades y el buen hacer de su protagonista, Sandra Korzeniak, nos propulsaron hacia la difusa percepción de una mujer perdiendo la cordura o alejándose de la sensatez. Más controvertido puede resultar que destaque el Bajazet, de Frank Castorf; pues demasiados espectadores abandonaron la sala. A mí me pareció tan grandioso y abusivo, como subyugante. Plasmar así a Racine es conseguir un destilado exquisito que exige de ti paciencia; aunque también una sintonía experiencial con un mundo repleto de reverberaciones contemporáneas. De manera muy distinta, Miguel del Arco nos ofreció una versión de La señora y la criada, de Calderón, en el Teatro de la Comedia, repleta de ritmo y divertidísima, y con una interpretación memorable de la joven Alba Recondo.

Foto de José Vicente

Luego, es pertinente seguir por otra dos propuestas muy sugestivas y emocionantes, como fueron Las cosas que sé que son verdad, donde la profundidad de los sentimientos es incuestionable, con un entramado familiar fascinante. Muy potente resultó el proyecto de QY Bazo, Juanma Romero y Javier G. Yagüe en la Sala Cuarta Pared, con su Instrucciones para caminar sobre el alambre. Su temática resulto y resultará más que justificada; pues incide en la potencia centrifugadora del mercado laboral y en las consecuencias que tiene en nuestra integridad personal. Fijémonos también en esas funciones más pequeñas, más cercanas y, a la vez, tan estimulantes. Por eso hay que traer a este revisión de lo mejor a Los Remedios, con Pablo Chaves y Fernando Delgado-Hierro en la dramedia de sus vidas en su barrio sevillano, y con la demostración inequívoca de sus grandes aptitudes. Y aunque estuvo muy poco tiempo en cartel —esperemos que regrese—, me interesó mucho Hacer el amor; porque se podía saborear la entraña y la maceración de los desencuentros entre los amantes Francesco Carril y Ángela Boix. Y antes de finalizar, debo resaltar el trabajo actoral —una vez más— de Israel Elejalde en Ricardo III. El intérprete madrileño ha pergeñado una actuación sublime, apostando por una versión más inhumana y mafiosa del célebre personaje shakesperiano. Vayamos, entonces, a lo más excelso según mi criterio: Doña Rosita, anotada y Curva España. Lo que ha hecho Remón con el texto de Lorca es sencillamente genial; puesto que logra untarla con una pátina más irónica, mordaz y emotiva, para enhebrar una estructura tan consistente como misteriosa. Mientras que los gallegos de Chévere han alcanzado ese punto tan equilibrado entre el interés documental (y sociológico, y político, y moral, y personal) y unos procedimientos artísticos que, si no son ya tan novedosos, ellos los trazan con una inteligencia y una disposición tan genuina que no podemos más que aplaudir su consistencia. Sin soflamas, con mesura y contención, con punzadas elocuentes y el vislumbre de una verdad (aunque sea teatral). En definitiva, el teatro ha seguido vivo, vivaz. Valgan estos ejemplos. ¿Qué pasará la próxima temporada? El teatro es el lugar al que se acude a ver; pero sin olor y sin el magnetismo de los cuerpos abalanzándose sobre ti, las ideas y las historias se diluyen en la asepsia de la complacencia.

Los días felices

Fernanda Orazi se pone en las manos de Pablo Messiez para darnos una clase de interpretación en esta adaptación del Beckett más simbólico

Foto de marcosGpunto

Los días felices de Samuel Beckett puede ser una obra de lo más sencilla; aunque si nos empeñamos en la sobreinterpretación puede resultar tan abstrusa como deseemos. Lo que sí parece evidente es que el texto sigue conteniendo un discurso potente y actual en grado sumo, de hecho, ahora mismo es casi clarividente. Eso sí, hemos de reconocer que su dramaturgo redujo al límite las posibilidades espectaculares y, esa circunstancia, es lógico, provoca que todos aquellos que desean poner sobre las tablas su propia adaptación lo tengan extremadamente difícil para llamar la atención a todos aquellos que conocen la obra. Aun así, Pablo Messiez ha conseguido ofrecernos un montaje preciso, donde todo el peso recae en una interpretación exquisita de Fernanda Orazi. Su Winnie está lanzada por una alocución remarcada en pausas sincopadas, en gestos del rostro medidos, en una expresividad de los brazos que muñequizan a la protagonista, y que se adentra en una logorrea abusada por la reiteración. En la adaptación del argentino Messiez le ha dejado a su actriz que mantenga su acento porteño y le ha concedido algunos dichos que, en cierta medida, a nuestros oídos, potencian irónicamente el estereotipo neurotizante y parlanchín que solemos atribuirles. En el primer acto, una insoportable rutina se desgrana con el hálito del entusiasmo. Inmovilizada de cintura para abajo, encastrada en un montículo de escombros y la sensación, como así será, de que todo puede ir a peor. La vida misma y la vejez consiguiente, la existencia misma y el sufrimiento. Sigue leyendo

Doña Rosita, anotada

Pablo Remón sobredimensiona a Lorca para ofrecernos una versión fabulosa a través de su biografía sentimental

Foto de Vanessa Rabade

Avancemos que Pablo Remón acaba de presentarnos un montaje culmen, producto de todo un proceso de desarrollo dramatúrgico que se ha ido macerando en unos pocos años. Tras La abducción de Luis Guzmán, 40 años de paz, Barbados, etcétera, El tratamiento, Los mariachis y Sueños y visiones de Rodrigo Rato (firmada esta última también por Roberto Martín Maiztegui) llega esta Doña Rosita, anotada para acertar con un equilibrio conceptual, técnico y sentimental que nos sitúa ante una función que debe servir para ejemplificar una forma de hacer teatro en nuestra contemporaneidad, y una manera de versionar. La deconstrucción que aplica el dramaturgo sobre el texto de Lorca ―recordemos que fue su penúltima obra teatral (1935), aunque su origen data de 1924―, va más allá de la reordenación de los tres actos y de la intervención metateatral; puesto que ha insertado una emotiva trama personal (con las claras características de la autoficción). Francesco Carril, que viene de interpretar la estupenda Hacer el amor (que alguien la reponga), es un actor imprescindible de la escena actual y aquí se convierte en un trasunto del autor para efectuar un trabajo cargado de ironía y de pertinacia romántica. La cuestión que se nos plantea al principio no carece de lógica y tiene que ver con la vigencia de este drama; es decir, qué supone para nosotros hoy y qué nos puede aportar si se decide actualizarlo. Sigue leyendo

Hacer el amor

Francesco Carril y Ángela Boix se adentran en el ensayo de su propia relación amorosa a través de una función verdaderamente extraña

Foto de Danilo Moroni

Ya el silencio de él deambulando pensativo mientras ella lo observa es bermaniano. Después comprobaremos que la función entremezcla varias partituras; pero que la batuta del cineasta sueco y su concepción de las relaciones amorosas marca un ritmo identificable. Anécdota sobre Ingmar y Liv Ullmann, sus compatibilidades y su fin. Son ejemplos del vigor y del fulgor. Luego, también, leerán unos fragmentos del guion de Saraband (publicado en español junto a Secretos de un matrimonio ―esto no tiene nada que ver con ese montaje perpetrado por Darín), como un Johan y una Marianne que en su vejez recuerdan el pasado, una vez ya se ha disuelto su enlace. Pero, aparte de estas claves, ¿por dónde podemos asir esta propuesta? Olvidémonos ―por mucho que el tapiz blanco y la iluminación de Lola Barroso nos lo haga recordar― de La clausura del amor (quizás podamos pensar más en Sé de un lugar, aquella obra de Iván Morales que se representó precisamente en la misma Sala Cuarta Pared en 2014). Esto va de la repetición cotidiana de amarse, de querer amarse, de querer repetir con la misma persona cada día, esto va de agotar el deseo y ansiar novedad. Esto va de «ensayar el amor» y la ruptura, de practicar el amor y sus posibilidades, y sus imposibilidades. Por eso Francesco Carril y Ángela Boix (como ellos mismos en otro giro de la autoficción) amasan y deshilachan esta materia tan dúctil, tan frágil, tan simbólica. Sigue leyendo

La valentía

La nueva obra de Alfredo Sanzol es una intrascendente comedia de enredos con fantasmas por el medio

Foto de Javier Naval

Se presenta la nueva creación de Alfredo Sanzol bajo el aura salvífica del reciente Premio Valle-Inclán (por La ternura), en el teatro donde ahora se gana uno el caché para los que quieren estar en esa pequeña pomada farandulera que aún resiste. Aunque La valentía, más allá de los parabienes que propician y van a propiciar todos aquellos que se niegan a aceptar la verdad y que observan a este dramaturgo tan consagrado con pleitesía snob, es una comedia burguesa anticuada sin la más mínima trascendencia. Es la comedia burguesa que tanto se ha denostado y que se denuesta, y que se sigue exhibiendo en otros teatros privados en muchas ocasiones con éxitos abrumadores e incontestables; pero envuelto en la bandera del Premio Nacional de Literatura Dramática en 2017 por La respiración y con el aplauso enfervorecido de muchos de esos que no pisan aquellos teatros de autores que buscan el puro y llano entretenimiento, y de productores que piensan, lógicamente, en el rendimiento económico por encima de todo. El texto, desde luego, contiene todos los tópicos, los guiños y las «sorpresas» que se han ido anquilosando desde hace cien años, y que resultan manidos y hasta ingenuos. Sigue leyendo

El tratamiento

Pablo Remón firma esta espléndida comedia sobre el mundo del cine a través de un proceso de autoficción

Foto de Vanessa Rabade

Lo normal era llegar a un montaje como este, donde se lograran aunar certeramente cada uno de los elementos que han ido definiendo el estilo de Pablo Remón. A saber, una propensión, desde mi punto de vista, desmedida por la narración, una incisiva ironía que se alimenta de nuestra historia cercana y de aspectos de la cultura popular próximos a su generación (nos acordaremos de la serie V o de los Héroes del silencio o del Titanic), una fabulación que deja correr la imaginación hasta chocar con lo absurdo y un despliegue de técnicas propias de un guionista profesional (como es él). Quizá El tratamiento, por su temática, llega demasiado pronto para un dramaturgo que apenas ha estrenado cuatro obras. Es en sí una paradoja, mientras que la función rezuma impás, crisis, devaneo existencial y remembranza desde la madurez (cuarenta añitos de nada); la realidad es que no para de cosechar éxitos (véase la reciente película No sé decir adiós o sus anteriores trabajos teatrales). Sigue leyendo

Bodas de sangre

Pablo Messiez acerca este clásico al presente para ofrecer una perspectiva más sensual y luminosa

Foto de marcosGpunto

Si las tragedias de Lorca tuvieron en su momento validez literaria y contemporánea, fue porque el poeta granadino supo traer a sus textos historias auténticas —como habían hecho Lope o Calderón—, que recordaban aquellas pulsiones de los hombres que aún conciben la justicia y el honor como valores que deben obtenerse en la lucha inmediata, salvaje, sin la mediación de estructuras políticas propias de la civilización. Acercar Bodas de sangre al presente posee unas complejidades conceptuales enormes. ¿Quién se mata hoy a navajazos porque te roban la novia en el altar? Desde luego, no los personajes que nos encontramos en escena, que ya no pueden ser individuos que viven en cuevas, que pertenecen a la España profunda, a la Andalucía anclada en un pasado tan remoto como primitivo. Hacer que en la actualidad esos tipos puedan llegar a tal determinación, implica llevarlos a un punto de excepcionalidad que sí que contiene este drama, y que sí que resulta aceptable a nuestros ojos. Es decir, la inquina familiar, el odio macerado durante los años y la excusa perfecta para que la rabia se libere sin remisión El teatro lírico de nuestro malogrado dramaturgo eleva a sus personajes a la categoría de arquetipos. Sigue leyendo

Ana Karenina

Una versión deshumanizada sobre el clásico ruso dirigida por Francesco Carril en el Teatro Kamikaze

No vale únicamente con atreverse a adaptar al teatro la popular novela de Tolstoi, es necesario una ambición que sea capaz de trasladar unas emociones que se fraguan lentamente en las cientos de páginas de la novela y que en las tablas deben ser sustituidas por la intensidad, la sutileza y el decoro. Es evidente que la extensión de la obra supone una gran dificultad; pero no se puede considerar que sea un relato excesivamente complejo, al fin y al cabo es realismo del siglo XIX. Pero lo que hallamos en la versión de Armin Petras es una reducción absurda, un deseo de recorrer toda la historia obviando múltiples detalles acerca de la personalidad de los personajes: Levin es un tipo atormentado que apenas saca a relucir sus intereses intelectuales; Karenin es un esbozo de un tipo del que no sabemos si es un anciano prematuro o un maquiavélico cornudo. Sigue leyendo

Furiosa Escandinavia

Un enredo surrealista sobre la recuperación y la pérdida de la memoria tras un naufragio amoroso

Nuestra vida contemporánea nos deja inmiscuirnos —si así nos es permitido— en la construcción biográfica de algunos artistas. Podemos inspeccionar, como espías, sus alimentos intelectuales y algún que otro detalle íntimo que se cuela por ahí y que, a la sazón, nos convierte en cómplices de su proceso creativo. Antonio Rojano lleva años leyendo muy bien, aproximándose a novelistas ineludibles, fundamentalmente del siglo XX. Aparte de tragarse películas y series que corroboran o persuaden sus inquietudes. Sigue leyendo