Lorca, la correspondencia personal

Juan Carlos Rubio pone en marcha un montaje que aprovecha excelentemente los textos más personales del poeta

Foto de Gerardo Sanz

Con el Año Lorca en Madrid de este 2019 para conmemorar la llegada del escritor a la capital de España, los espectáculos a los que hemos podido asistir han sido varios y por eso, quizás, el enfoque se distorsiona y la sorpresa se devalúa. Puedo recordar El sueño de la vida, un montaje que partía de la obra inacabada Comedia sin título, de la que aquí resuenan esas famosas palabras del preámbulo. Pero lo que vamos a observar sobre las tablas del Lara, se puede relacionar más estéticamente con una propuesta llamada Federico hacia Lorca, de La Joven Compañía, que estuvo a cargo de Miguel del Arco, y que también buscaba trazar un itinerario biográfico del poeta. Y por añadir una función más, en gran medida, se puede vincular a Los amores oscuros, aquel espectáculo entreverado de música y cante que se adentraba en sinuosidades más morbosas. La tendencia parece, es incidir en una especie de hagiografía repleta de subjetividad y de lirismo, en un constructo etéreo y sacrificial, alegórico hasta la náusea. Lorca como panoplia de símbolos incuestionables del teatro, de la poesía y de la libertad creativa, una vez consiguió expurgar sus demonios en torno a la homosexualidad. Ciertamente, Juan Carlos Rubio ha elaborado un mosaico de fragmentos lorquianos a través de su correspondencia y de algunas interpolaciones de obras teatrales y poéticas, que se nos muestra de manera muy atractiva y que al oído resuena con hermosura y fluidez. Sigue leyendo

Federico hacia Lorca

La Joven Compañía conmemora en este Año Lorca en Madrid la semblanza sobre el poeta con un potente espectáculo

Existe una frontera y no es sutil, en la que un adolescente se siente convertido en un niño, cuando se le presenta ese teatro que lo toma por objetivo y que le lanza mensajes directos y se cree cautivo de discursos que parecen estar ahí para adocenarlo. Los espectáculos de La Joven Compañía, ante todo, son interesantes porque abordan temas que los bachilleres pueden comprender perfectamente ―aunque suponga un poco de esfuerzo― con propuestas que superan ese marco de edad, y el público en general responde positivamente. A diferencia de los últimos montajes (BARRO, por ejemplo), este Federico hacia Lorca se nos impone desde el esteticismo, de la impregnación de lo lorquiano como una sustancia viscosa compuesta de música, de danza, de poesía y de expresionismo, con sus pizcas de humor y su tímida bruma surrealista. Pero carece de narrativa, argumento, trama suficiente; la biografía del hombre complejo, y también misterioso. Con su don de gentes y su carácter, a veces, altivo. Toda la función se apoya en un texto de Irma Correa y Nando López muy coherente con las características que antes he enumerado; no obstante, le falta el poso del diálogo que indaga más en las cuitas del poeta. Precisamente, la templanza en las frases que se contempla más al principio, en la época de la juventud, antes de llegar a Madrid, es la que reclamaríamos para el resto. Cuánta música la de Arnau Vilà, a veces, tan moderna que resuena kitsch para el tema. Que se introduzca el rap me parece el cansino tópico y el hartazgo sobre un género asociado equívocamente con la masa juvenil (la mayoría no escucha este estilo). El texto es un popurrí con grandes aciertos, como la representación guiñolesca de la cachiporra (con populista intromisión del partido político de «moda» para lograr el aplauso de la progresía regocijante en la inmensa y grandiosa Sala Roja, de los Teatros del Canal). También es una endeble telaraña donde se pretende meter todo; pero a base de pinceladas que van de un lado a otro sin concretar relaciones más densas. La multitud de los personajes se pierde en una desvalorización, da igual que sea Buñuel, Dalí o Maruja Mallo (alusión a las Sin Sombrero), porque son chispazos. O que la relación de amistad con José Antonio Primo de Rivera se someta al equívoco y a la clarificación del enemigo fascista. El contexto previo a la Guerra Civil es sumamente sesgado o, al menos, deslavazado. De Granada a la capital de España y de ahí a todos los pueblos con La Barraca y a Nueva York y al fusilamiento. Si el espectador ideal son los chicos y las chicas de los años finales de instituto, mucha instrucción deben llevar encima para que obtengan una buena enseñanza escénica y reconozcan cada uno de los episodios. Otro asunto muy distinto es que la propuesta se disfrute totalmente, puesto que está dirigida con muchísimo tino y con una energía tremenda, que transforma las acciones en un torbellino poético (labor propicia de Andoni Larrabeiti con las coreografías). Miguel del Arco sabe lo que hace y ha contado con un elenco de doce actores que se mueven con primor y que dan lo mejor de sí ―algunos poseen experiencia en estas lides―. Destaca principalmente Xoán Fórneas, que es quien más encarna a Federico y le da un rictus de ternura, de vitalidad y, además, de pavor, que nos embarga. O el punto algo dicharachero que le otorga Álvaro Fontalba (recordado por su interpretación en Las bicicletas son para el verano). Las féminas Ana Bokesa, Katia Borlado, Rosa Martí y Carmen Tur imprimen delicadeza al inicio y gran fuerza después, en un montaje con mayor carga masculina. El resto: Julen Alba, Óscar Albert, Pascual Laborda, Jesús Lavi, Rosa Martí e Íñigo Santacana, se adentran en múltiples papeles y van apuntalando con seguridad cada uno de los parlamentos en un ritmo que, por momentos, se dispone al vodevil. Se encumbra la alegría, cuando verdaderamente es un transcurso elegiaco. Desde luego, es necesario destacar la importancia que tiene la escenografía de Paco Azorín, pues la estructura que ha ideado, sea una gran corona de espinas (con crucificado Nono Mateos incluido, para cerrar la docena), enredadera o reloj para doce campanadas sobre un tiempo de columpios que van y vienen, y que gira y gira y por la que suben los intérpretes a través de sus escaleras. El simbolismo aumenta con la gran luna, tan lorquiana, la muerte avisando o el amor de nocturnidad y alevosía. Todo ello aderezado con la iluminación somnolienta y sorprendente de Juan Gómez Cornejo. Sin olvidarnos del vestuario de Guadalupe Valero, quien juega con el tul para que todos sean bailarinas y, luego, dispone variados tipos de prendas, ya sean más juveniles o serias. En definitiva, Federico hacia Lorca genera una buena colección de emociones, se disfruta sensorialmente: el movimiento de los chicos, los poemas del poeta, las videoescenas (de Pedro Chamizo),…; pero se echa en falta una trama de mayor consistencia biográfica. Aun así, es un trabajo artístico loable.

Federico hacia Lorca

Texto: Irma Correa y Nando López, a partir de textos de Federico García Lorca

Dirección: Miguel del Arco

Elenco: Julen Alba, Óscar Albert, Ana Bokesa, Katia Borlado, Álvaro Fontalba, Xoán Fórneas, Pascual Laborda, Jesús Lavi, Rosa Martí, Nono Mateos, Íñigo Santacana y Carmen Tur

Música: Arnau Vilà

Espacio sonoro: Sandra Vicente (Estudio 340)

Vestuario: Guadalupe Valero

Escenografía: Paco Azorín

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Videoescena: Pedro Chamizo

Coreografía: Andoni Larrabeiti

Dirección artística: José Luis Arellano García

Dirección de producción: Olga Reguilón

Dirección de comunicación: José Luis Collado

Dirección técnica: David Elcano

Presidente Fundación Teatro Joven: David R. Peralto

Ayudantía de escenografía: Amaya Cortaire

Ayudantía de vestuario: Nuria Manzano

Ayudantía de documentación: Juan Pablo Cuevas

Regiduría: Víctor Hernández

Ayudantía música: Alberto Granados

Administración: Nuria Chacón

Equipo técnico: Iván Belizón

Gestión de públicos y desarrollo: Rocío de Felipe, María Limón y Pedro Sánchez

Ayudantía de producción: Dani Villar

Auxiliar de producción: Luis Izquierdo

Comunicación y redes sociales: @SamuelGarAr

Diseño gráfico: Erre Gálvez

Fotografía de escena: David Ruano

Realización escenografía: Juan Carlos Rodríguez y MAY Servicios

Realización vestuario: Petra Porter

Agradecimientos: Alfredo Valverde y voluntarios de La Joven Compañía

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 7 de abril de 2019

Calificación: ♦♦♦

El sueño de la vida

La Comedia sin título es completada de la mano de Alberto Conejero en una propuesta que vislumbra la esencia del arte teatral

Foto de Sergio Parra

Un ejercicio imposible que debe materializarse con el ingenio de otro artista. No creo, en absoluto, que deba tomarse El sueño de la vida como una continuación de la Comedia sin título; debe ser más bien un motivo para embarcarse en un proyecto personal ―aunque auspiciado por el espíritu de Lorca―. El resto de especulaciones, mientras no aparezca ningún vestigio arqueológico que lo desmienta, es una tarea inútil. El propio primer acto, el único conservado del dramaturgo de Fuentevaqueros, es ya una especie de incompletud, una mise en abyme, un caos de proclamas y remisiones al teatro como arte que debe trascender en lo político, que debe provocar reacciones en el público. Una clara defensa del denostado binomio Alta Cultura / baja cultura. Así observamos cómo el Espectador 1º se solivianta desde la platea y no aguanta en su butaca: «No he venido a recibir lecciones de moral ni a oír cosas desagradables», esputa César Sánchez; mientras su esposa, inicialmente, se siente abochornada. Cuando se marchan defendiendo el Teatro de La Latina (como un espacio para la escena de puro entretenimiento, que ya no corresponde con nuestra estricta actualidad) se percibe en el respetable la carcajada del clasismo satisfecho. Antes ha irrumpido de improviso, desde su asiento entre los espectadores, Nacho Sánchez, quien se enmascara en el Autor. Sigue leyendo

Yerma

El ambigú del Teatro Kamikaze se llena de tierra para representar esta mirada sugerente a la tragedia de Lorca

Foto de David Ruano

En un intento moderado de traer la Yerma lorquiana al presente, Marc Chornet ha conseguido que uno se olvide de que aparecen un móvil, un test de embarazo o unos auriculares. Si esos elementos no hubieran aparecido; pues casi mejor. Efectivamente, no entorpecen el espectáculo; pero no son, desde luego, suficientes ―entre otros detalles― como para que uno se piense que en algún pueblo de España el patriarcado sigue funcionando de esa manera. De hecho, no funciona de ninguna, salvo en algunas etnias que necesitan atrapar en el tiempo su «raza». Es preferible dejarse provocar por el lenguaje del poeta granadino, aceptando que su protagonista viste vaqueros; pues lo que acontece, insisto, puede mantener algunos vestigios en alguna familia muy concreta; pero no en una sociedad que le dé soporte cultural. Ante todo, el montaje funciona por dos hechos, esencialmente: por la escenografía y los movimientos que propicia, y por el cariz que le aporta Alba José. En cuanto a lo primero, Laura Clos ―quien seguramente habría deseado unos cuantos metros más en ese ambigú del Teatro Kamikaze―, esparce arena, va floreando de vides todo el suelo y sitúa una cama deshecha en el centro junto a un váter. Sigue leyendo

El público

El japonés Kei Jinguji presenta su versión sobre esta obra surrealista de Lorca con un acentuado trabajo grupal

Será inevitable para los espectadores españoles que tengan presente la dramaturgia que Rigola desplegó de El público, no hacer comparaciones con esta versión de los japoneses de Ksec Act, dirigidos por Kei Jinguji. Son miradas tan distintas, fundamentalmente en el planteamiento escenográfico, pero también en la cadencia y en la interpretación; que pareciera que estamos ante dos obras que no tienen nada que ver. Mira que en aquella el grito a veces era excesivo; pero en esta los nipones ejercen una dicción honda, fuerte, como si estuvieran en plena lucha, tanto con sus interlocutores como con ellos mismos. Esta manera engarzada en la tradición japonesa de expresarse choca con las formas, digamos que estandarizadas y hasta corrientes, que se usan en el teatro contemporáneo europeo. En ese aspecto, resulta exagerado cómo se ataca cada frase agónicamente. Por otra parte, si el texto de Lorca ya es complejo, recordemos que está inacabada y que se sustenta en un andamiaje de capas superpuestas, de teatro dentro del teatro, de intimismo y de recuerdo adolescente, de crítica social y de ese embate del dramaturgo contra las convenciones morales que no le dejan vivir libremente su homosexualidad y contra las convenciones teatrales que han reducido este arte a puro entretenimiento burgués. Sigue leyendo

Esto no es La casa de Bernarda Alba

Una versión expresionista y onírica que envuelve en danza el texto de Lorca para caer en un feminismo inane

Esta representación sí es La casa de Bernarda Alba; y sí, las mujeres ya no viven inmersas en esa asfixia carpetovetónica de folclorismo judeocristiano, adocenante y opresor. Resulta muy paradójico que la obra comience con las presunciones del propio Lorca que resuenan a lo que afirmó en su famosa conferencia «Un poeta en Nueva York»; con aquello de: «yo necesito defenderme de este enorme dragón que tengo delante, que me puede comer con sus trescientos bostezos de sus trescientas cabezas defraudadas». El dramaturgo granadino tenía claro que su teatro debía trascender, que debía sujetar por la pechera al respetable para agitarlo en su sentir y en su conciencia. Quería, en definitiva, luchar contra ese teatro burgués convencional que no inmutaba a nadie. Porque todavía vivió en una época donde este arte podía influir y trastocar el pensamiento. Actualmente las influencias están en otro lado y lo que ocurre en los escenarios, cuando quiere ir más allá, solamente llega a una minoría. Sigue leyendo

Bodas de sangre

Pablo Messiez acerca este clásico al presente para ofrecer una perspectiva más sensual y luminosa

Foto de marcosGpunto

Si las tragedias de Lorca tuvieron en su momento validez literaria y contemporánea, fue porque el poeta granadino supo traer a sus textos historias auténticas —como habían hecho Lope o Calderón—, que recordaban aquellas pulsiones de los hombres que aún conciben la justicia y el honor como valores que deben obtenerse en la lucha inmediata, salvaje, sin la mediación de estructuras políticas propias de la civilización. Acercar Bodas de sangre al presente posee unas complejidades conceptuales enormes. ¿Quién se mata hoy a navajazos porque te roban la novia en el altar? Desde luego, no los personajes que nos encontramos en escena, que ya no pueden ser individuos que viven en cuevas, que pertenecen a la España profunda, a la Andalucía anclada en un pasado tan remoto como primitivo. Hacer que en la actualidad esos tipos puedan llegar a tal determinación, implica llevarlos a un punto de excepcionalidad que sí que contiene este drama, y que sí que resulta aceptable a nuestros ojos. Es decir, la inquina familiar, el odio macerado durante los años y la excusa perfecta para que la rabia se libere sin remisión El teatro lírico de nuestro malogrado dramaturgo eleva a sus personajes a la categoría de arquetipos. Sigue leyendo

La piedra oscura

Reponen la exitosa obra de Alberto Conejero sobre la fatídica historia del último amante de Lorca

la-piedra-oscura-foto«¿Cómo vais a vivir el resto de los días?», pregunta retóricamente Rafael Rodríguez Rapún ya muy avanzada la función. Solo frente a un inocentón que no frisa los veinte y que le ha tocado del bando nacional, que apenas lee de corrido y que su vida en la Cantabria de los años treinta había transcurrido en el tajo y la tozuda labor en el campo, solo, digo, frente a un timorato muchacho, Sebastián, como el santo patrón de los gays, que sujeta el fusil con el mismo temblor con el que expele sus palabras, se puede mantener un diálogo áspero, una conversación anodina y hasta una charla emotiva y trascendental para la memoria, la literatura y la dignidad de este país.

La pieza de Alberto Conejero ha logrado concitarnos nuevamente frente a esa colección de tópicos que arrastramos desde que se han vuelto a tratar ciertos temas. Regresamos a la guerra civil, a los bandos, y nos trae de vuelta a ese mártir en que hemos convertido a Federico García Lorca. Son motivos que nos conmueven, que reconocemos cercanos y que atravesamos con esa sensación misteriosa del desvelamiento. ¡Cuántas historias nos quedan por conocer y cuántos relatos aguardan en las cunetas! La piedra oscura pudo ser un drama del poeta, similar a El público, donde trataría de forma algo más sencilla el tema de la homosexualidad, según comenta Ian Gibson. Apoyándose en este hecho, Conejero ha recreado los últimos momentos de Rapún inventándose un encuentro con un joven soldado en un hospital militar. Dos vectores de enganche propician el devenir de la función. Sigue leyendo

Así que pasen cinco años

El grupo Atalaya vuelve a dar una lección estética en su versión de la obra lorquiana

Foto de David Ruano
Foto de David Ruano

Después del buen sabor de boca que nos dejó su reciente Madre Coraje, ahora los de Atalaya se han plantado en el Centro Dramático Nacional con una mirada sobria y onírica sobre uno de esos textos de teatro imposible de Federico García Lorca. También este año hemos podido disfrutar ─y lo hemos contado por estos lares─ de El Público, con una visión del simbolismo lorquiano absolutamente diferente del que aquí, con Así que pasen cinco años, ha imaginado Ricardo Iniesta. Escorado hacia una estética, por un lado, expresionista, donde la arquitectura se maximaliza y las escaleras conducen hacia la nada o el vacío y, por otra, hacia Magritte: objetual, directo y metafórico. Cuando la función se vuelve aún más onírica, también podemos encontrar esas líneas de fuga que imprimió Orson Welles en su adaptación de El Proceso. Partimos, por lo tanto, de una escenografía con pocos elementos, pero de una funcionalidad evidente, que juega con el beneficio de una iluminación donde Miguel Ángel Camacho ha sabido provocar nuestra atención. Es una virtud de esta compañía la capacidad para dinamizar los textos cuando se ponen en escena, aprovechando todos los espacios posibles de tal forma que nada entorpezca el paso de un acto a otro, de una escena a la siguiente. Lo vemos, por ejemplo, cuando aparecen delante del telón el niño y la gata, para después adentrarnos de nuevo en ese despliegue de escaleras dobles, de armario de espejos donde se multiplican las personalidades reflejadas o de los objetos que se reparten por el suelo como las tijeras, como símbolo de impotencia en el más amplio sentido del término. Sigue leyendo