Delicuescente Eva

Javier Lara cierra su trilogía con una obra alegórica y autoficcional que lo enfrenta a su hermana en un duelo catártico

Cuando uno empieza a zambullirse en la aprehensión de ese bosque umbroso donde se dirimen los pecados originales; un cierto caos se ha aposentado sobre la función y los posibles ventanos de claridad se van cerrando hasta dejar epitafios sobrevolando que reducen el posible argumento a un amasijo de vehículo accidentado. Javier Lara es otro representante de la autoficción española (otro más) y con esta obra cierra una trilogía titulada Lo propio. La primera pieza fue Mi pasado en B (desgraciadamente me la perdí) y la segunda Scratch, que abordaba de manera extraordinaria la caída al infierno del hermano. Delicuescente Eva habla de la tradición, de la cultura, de los códigos familiares y, en definitiva, de esa educación que recibimos en casa y en la escuela, y que nos determina y que nos empasta con un país que, a su vez, regurgita y retroalimenta el espíritu y la sustancia de esa formación. Dos hermanos se encuentran en un bosque, sostienen sendas linternas como si fueran dos detectives privados a punto de emprender una investigación. ¿Un accidente de automóvil? Él apareció en llamas. Nos hemos adentrado en un sueño, en una alegoría, en la búsqueda de una génesis. Natalia Huarte, quien se mueve por la escena como si una embriagadora comodidad la sostuviera, es un personaje metamórfico, etéreo, una serpiente andrógina que juguetea con las manzanas en aquel edén demoniaco. Sigue leyendo

Los Remedios

Una autoficción fulgurante y coral que perfila las biografías de sus dos actores a través del recuerdo de sus años en el barrio sevillano

Preguntarse por las raíces y encontrar que se entreveran por todo el ser, aunque uno pretenda enmascararse, huir, transformarse. En uno mismo está la genealogía entera de su familia y más allá. Como un psicoanálisis realizado por Jung repleto de capas donde un imaginario andaluz y, por ende, español, se apuntala como una idiosincrasia que se debe deconstruir para que no actúe como un amasijo informe de usanzas maltrechas o de hábitos tan irracionales como nocivos. Como una mirada hegeliana de la historia donde el pasado avanzara hacia el presente recogiendo por el camino unas influencias que se anquilosan en la tradición. Así se mezclan el folclorismo, los usos y costumbres, los estereotipos y una educación sentimental que configura toda una ética; pero también una estética. De esta manera, se elabora la ficción que ha puesto por escrito Fernando Delgado-Hierro con la aquiescencia de su compadre Pablo Chaves. Sabemos que son amigos de la infancia, que vivieron en el conservador y, por lo tanto, católico barrio de Los Remedios, esa Marbella de interior, de la ciudad de Sevilla. Por lo visto, solo contaban con dos colegios ―ambos concertados (dato fundamental)―, y ellos, lógicamente, acudieron a uno de ellos. El marco dramatúrgico viene aderezado con los habituales elementos de la autoficción y de la narraturgia que son las dos tendencias más acometidas en los últimos años ―en este sentido, nada nuevo―; sin embargo, la factura es tan virtuosa que los posibles clichés de ambos esquemas quedan subsumidos por el torbellino de estos ambos intérpretes. Sigue leyendo

Casa de muñecas

José Gómez-Friha dirige una propuesta sobre este clásico que atempera las ansias individualistas de los protagonistas

Para lo que se ha hecho en los últimos años con el célebre drama de Henrik Ibsen —podemos recordar la desastrosa Mecánica y la visión tarantina de Ximo Flores—, esta versión de Pedro Víllora es bien comedida. Se juega con la atemporalidad del suceso; porque podríamos situarla en los años cincuenta del siglo pasado, pero también en otras fechas. Apenas poseemos detalles escenográficos para contextualizar certeramente. Es una marca de Venezia Teatro —así lo comprobamos en sus dos anteriores espectáculos: Los desvaríos del veraneo y Tartufo— trabajar con un espacio abierto en el que entran en liza muy pocos elementos. Aquí, por ejemplo, destaca el vestuario, principalmente el de la protagonista, que se va cambiando de vestidos, siempre incidiendo en el rosa, y que bien simboliza la mayor libertad con la que cuenta esta Nora. También muestran gusto y elegancia los atuendos del resto; los tonos oscuros en las chaquetas de ellos y la esbeltez que se potencia en Elsa González. Todo este diseño corre a cargo de Paola de Diego. Sigue leyendo