Furiosa Escandinavia

Un enredo surrealista sobre la recuperación y la pérdida de la memoria tras un naufragio amoroso

Nuestra vida contemporánea nos deja inmiscuirnos —si así nos es permitido— en la construcción biográfica de algunos artistas. Podemos inspeccionar, como espías, sus alimentos intelectuales y algún que otro detalle íntimo que se cuela por ahí y que, a la sazón, nos convierte en cómplices de su proceso creativo. Antonio Rojano lleva años leyendo muy bien, aproximándose a novelistas ineludibles, fundamentalmente del siglo XX. Aparte de tragarse películas y series que corroboran o persuaden sus inquietudes. El dramaturgo ha aprehendido adecuadamente los lenguajes precedentes y los ha hecho suyos para trasladarlos a las estructuras teatrales. Su último escrito, Furiosa Escandinavia (Premio Lope de Vega 2016) entronca estilísticamente con La ciudad oscura (2015) en cuanto a la reconstrucción de hechos pasados a través de un caos fragmentario. En el fondo nos encontramos con una historia de amor, o más bien desamor, que redunda en la memoria y que debe ser acomodada o rechazada para poder marchar adelante («cerrando el pasado podré viajar al futuro»). Hablamos de una crisis profunda que, como ocurre en nuestros días, se intenta puentear, con eficacia cuestionable, a través de la farmacopea. Contamos con un prólogo embaucador. Erika M., la protagonista, se encuentra con un tipo que ha conocido a través de Facebook, alguien que se ha presentado con sombrero de cowboy y que responde al sobrenombre de Balzacman, un «nihilista», un mentiroso, un Pacman, un comecocos. Ambos, en una fulgurante charla, donde se atisban los primeros signos de ilógica, lanzan las líneas a seguir. Dice Erika: «Quiero vivir en un mundo en el que lo verdadero tenga más peso que… que lo real». Ella ha sido abandonada por su novio, un tal T. Su dolor es inmenso (hay mucho más). Surge en la conversación la posibilidad de tomar una pastilla que borra recuerdos insoportables (por lo visto, se están realizando varias investigaciones para que pronto se puedan dispensar las pildoritas en las farmacias). A partir de aquí, aunque eso necesariamente ocurrirá cuando salgamos de la sala, tendremos que asimilar que ambos personajes poseen su propio relato; ahora tendremos que decidir quién las dirige, cuál de ellas está dentro de la otra. Al igual que pasa en la realidad, nos veremos incapacitados para discriminar cada uno de los aspectos. El todo se imbrica en las partes. Lo más probable es que asistamos al proceso de escritura de un escritor que, como un espíritu, se enmascara, como hizo Proust, para colarse en las vidas de su propia invención. Lógicamente, ahí también estará Antonio Rojano. En la complejidad argumental hallamos diversos conflictos de pareja plenamente vigentes: abulia, desazón, deseos insatisfechos, la pérdida de oportunidades y el paso del tiempo con sus heridas arañando. Según aumenta la entropía (las influencias de Pynchon son evidentes), se alcanza a atrapar, paradójicamente, cierta claridad. Uno se esfuerza en ensamblar las piezas para reconocer una historia racional que sustente el entramado surrealista y que no queden aspectos al azar engañoso producto del capricho. Cuando Balzacman emprende el viaje a Noruega en busca de Irene, una poeta que resulta tener alguna relación con T., las historias de desamor de los protagonistas anulan parte de la coincidencia y nos topamos con la premeditación. Desatascar dentro de lo posible. El público atónito aplaude efusivamente al finalizar el espectáculo. El mecanismo funciona, desde mi punto de vista, tan bien que no puedo más que dejarme ir ansioso hacia donde me lleve el dramaturgo. Pienso en textos contemporáneos, en montajes verdaderamente modernos, de texto, sí de texto; y creo que esto es una cumbre. Todos los niveles necesarios para una función teatral fluyen hacia una síntesis con las dosis pertinentes de incertidumbre, como para que lo acontecido reverbere durante mucho tiempo en nuestro recuerdo. A nivel actoral, Francesco Carril —a quien seguía la pista desde obras como La cortesía de España y, sobre todo, como actor fetiche en la filmografía de Jonás Trueba— parece un personaje de William Gaddis, un individuo alucinatorio, un verborreico arrastrado por su flujo de conciencia; su entrega es total y su discurso aplastante. Conjuga la paranoia con el tormento nietzscheano. Su búsqueda nos recuerda a Los detectives salvajes de Bolaño (señalado como un diario), cuando persiguen el rastro de la poeta Cesárea Tinajero. Frente a él, Sandra Arpa, muestra su dominio escénico cuando se desembaraza del parlamento lisérgico del cowboy. Cuando toma la pastilla del olvido y, luego, su antídoto de recuperación inestable, aparece su desparpajo, su inquina y su sinceridad, como un látigo que aparte de sí cualquier solución del mundo autoayuda. Luego está Irene Ruiz, quien se encarna en dos mujeres muy distintas, aunque igualmente poderosas. Por un lado, es Sonia, una galerista, que representa la independencia; mantiene los presupuestos de alguien que prefiere criar a su hijo sola, antes que hacerlo con un marido anodino y algo baboso. Por otra parte, es Agnes, una alocada camarera noruega. Vuelve a desplegar la actriz toda su versatilidad (se maneja certeramente en inglés), a seducirnos, a multiplicar sus personalidades y a demostrar una seguridad sobre el escenario que la sitúa como una actriz muy capaz. Finalmente, David Fernández «Fabu», se lleva el papel menos lucido, un médico con pocas dotes para el flirteo, un tipo corriente, empequeñecido ante su mujer. El director, Víctor Velasco, quien suele dirigir los textos o adaptaciones de Rojano —véase Ascensión y caída de Mónica Seles o DioS K— ha logrado que la función deambule sorpresivamente y ha llevado a los actores a extremos necesarios para detallar el onirismo creciente. Además, ha contado, gracias a la producción acertadísima del Teatro Español, con unos medios materiales que han permitido a Alejandro Andújar diseñar todo un apartamento con decoración muy nórdica, muy IKEA, con dos estancias, con una terraza a la que se accede a través de grandes ventanales que rompen coordenadas espacio-temporales. Mejor, incluso, la iluminación de Lola Barroso: sofisticada y acorde con la atmósfera lyncheana en la que nos vemos inmersos. Hay mucho de David Lynch, mucho de Mulhollad Drive y, quizás más, de Inland Empire, con esa aura complejísima de surrealismo retorcido y de lógica inverosímil. Se apuntala este espectáculo con los vídeos de Bruno Paena y la música que recorre la trama de Luis Miguel Cobo, una melodía trip hop que nos suspende en la ataraxia.

Furiosa Escandinavia es un oxímoron en el que vamos a quedarnos encerrados durante mucho tiempo. Esto es lo que se debe esperar del teatro contemporáneo español. Esta es una de las sendas por las que desenmarañar el convencionalismo, el costumbrismo ramplón, el realismo inconsecuente con la naturaleza del ser humano. Enhorabuena, Antonio.

Furiosa Escandinavia

Autor: Antonio Rojano

Director: Víctor Velasco

Reparto: Francesco Carril, Sandra Arpa, David Fernández «Fabu» e Irene Ruiz

Escenografía e iluminación: Alejandro Andújar

Vestuario: Ana Rodrigo

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Iluminadora: Lola Barroso

Vídeo: Bruno Paena

Ayudante de dirección: Óscar Nieto

Producción: Teatro Español

Teatro Español-Sala Margarita Xirgu (Madrid)

Hasta el 16 de abril de 2016

Calificación: ♦♦♦♦♦

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3 thoughts on “Furiosa Escandinavia

  1. Hola, Ángel. Soy Juan Carlos González, 58 años Director Teatral de Madrid. Comparto tu crítica de Furiosa Escandinavia que pude ver en el estreno, pero creo que debo puntualizarte que Alejandro Andujar no ha tenido nada que ver con el Diseño de Iluminación, que como a ti a mi también me encanto y me recordó a los mundos de Lynch. El Diseño de Iluminación corresponde en su totalidad a Lola Barroso, desde los aparatos utilizados puramente teatrales hasta la última lámpara o bombilla de uso en escena cuya elección y colocación fue decisión de la propia iluminadora para conseguir su propio concepto dramático de la atmósfera que quería lograr acorde con la dirección.
    Lo sé porque pude hablar con ella para felicitarle por su trabajo que por otra parte es de una complejidad técnica notable ya que al estar cerrada la escenografía con un techo, dejaba muy pocas opciones para que la luz procedente del peine de la sala pudiera ser utilizada con libertad. Barroso no solo tuvo que ingeniárselas para conseguir el aspecto dramático de la obra sino también para dar volumen y visibilidad a los actores, con muy pocos elementos a su alcance. Afortunadamente lo consiguió con brillantez.
    Por otro lado como comprobarás en el programa del Teatro Español Alejandro Andujar no figura en ningún apartado cuya responsabilidad sea la iluminación del espectáculo. Si puedes hacer una rectificación, los profesionales de cada sección te lo agradecerían..

    Un saludo.

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