El año que mi corazón se rompió

Una comedia irreverente con un gran trasfondo crítico sobre los homosexuales de los años 80

Es fácil estar cansado de que el tema «homosexual» en las obras artísticas sea, en la mayoría de los casos, la revelación del secreto y el consiguiente conflicto social y familiar que supone dentro de una sociedad que no acepta con comodidad tal hecho. Si nos fijamos en el cine de este cariz, ciertamente, existen películas que indagan ya en otras cuestiones de interés humano; aunque las cintas que resultan más populares parece que le están comunicando a la gran parte del público que el trance por el que deben pasar, siempre ha sido angustioso (no lo pongo en duda). Lo que plantea Iñigo Guardamino es volver sobre esa bomba nuclear que estalla en el centro de las familias que deben «lidiar» con un acontecimiento del todo imprevisto («esto siempre le pasa a otra gente»); pero lo ha llevado a cabo con su estilo particular (muy genuino dentro del panorama teatral): el sarcasmo desorbitante, el humor negro (negrísimo, a veces) y esa forma de sinceridad hiriente e «inapropiada» que nos saca permanentemente de contexto (o todo lo contrario) y que nos lleva a la carcajada estentórea. Toda la obra está trufada de frases ingeniosas y de chistes sobrevenidos que son memorables. Dada la atmósfera enrarecida en la que vivimos, lo que se escucha vuelve a ser irreverente y uno agradece verse liberado. Creo que los homosexuales inteligentes también lo agradecen. La historia nos remite a los años ochenta, a sus circunstancias, no muy distintas de ciertos lares (ya no tan habituales) del presente. Incluso a una música que por su excelencia aún reverbera en nuestra discografía íntima (¿cuántas canciones paradigmáticas han sobrevivido del final de los 90 y de lo que llevamos de siglo XXI?). Bowie, The Cure, The Smiths (el regalo del Viva Hate, de Morrissey en solitario nos sitúa exactamente en 1988) también referentes y emblemas de la bisexualidad (y otras incursiones del libertinaje y de la envidia). Debe quedar claro que nos reímos (y mucho); pero que el texto de Guardamino se levanta sobre asuntos muy serios. No sobre ciertos victimismos de hoy y de los que se la cogen con papel de fumar. Hay dolor, sufrimiento y muerte. Hay abandono, desgarro e insolencia. Además, hay mucha de esa ignorancia (incluso, ignorancia de la ignorancia) de aquellos que viven encerrados en el «satisfactorio y agradable» corsé de las costumbres sobrevenidas. Guardamino no se corta un pelo: soez, desmedido y muy crítico con el tradicionalismo católico español y, también, con el ambiente irrespirable de las ciudades de provincia y los pueblos opresores (la temporada pasada brotó este motivo en Juguetes rotos). Aunque se pueden detectar ciertos aspectos que no encajan con la época (detalles), como, por ejemplo, «Ahora, desde que es presidente Felipe González, hay mucha más depravación» (decir esto en 1988, cuando llevaba gobernando desde el 82, queda raro) o esa falta, seguramente forzada, de términos alusivos, como el insiste «marica» u otras expresiones que se procuran obviar. Un contraste muy perspicaz si se tiene en cuenta que se dicen verdaderas burradas sobre otros ámbitos sexuales o religiosos. Se nos habla de un matrimonio conservador clásico compuesto por Rut Santamaría, quien recorre todos los tópicos de la señora de misa y de cinismo quisquilloso, para estamparse con este choque de su modernidad ―la actriz sostiene su papel desde el principio y nos regala algunas de las sentencias más radicales del espectáculo―; y por su marido, Rodrigo Sáenz de Heredia (actor fetiche de este autor), un calzonazos, acogotado por las directrices de su esposa y por ese régimen asfixiante que le impone. Un pobre hombre que se ve impulsado a la rebelión interior. Recorremos con él un arco interpretativo que va desde el panfilismo hasta la revolución sexual (incluidas visitas a un local de ambiente). Será él quien se tope con Alfonso, un antiguo compañero de la mili, cuando coincidieron en Zamora y cuando este sufrió todo tipo de vejaciones por ser gay. Es un personaje intrigante y que abre una subtrama muy persuasiva sobre aquellos que se quedan en el camino. Félix Sandoval, con tono sereno, se queda con este individuo misterioso y, además, encarna al hijo que se ha marchado del hogar, que ha soltado esa verdad a sus padres y que ha tomado rumbo a la capital para realizar su vida, y asumir que debe buscar aquellos lugares donde pueda expresarse con más libertad. En definitiva, asistimos a las consecuencias de esta huida, a al entendimiento de cómo le afecta a su hermano pequeño (él también en su proceso de madurez y descubrimiento de las relaciones sexuales); interpretado por Carlos Prieto, quien se muestra muy suelto y cómodo. Finalmente, Cristina Bertol hace de novia de este último y, también, de amante del padre. La actriz se expresa y se mueve con dominio de la situación. En cuanto a la dirección, lo cierto es que Pablo Martínez Bravo ha estado muy certero a la hora de dar ritmo a la multitud de escenas. Creo que la iluminación de Álvaro Guisado ha favorecido que las constantes entradas y salidas (desde diferentes puntos del escenario) no parecieran torpes.

En conclusión, El año que mi corazón se rompió, bajo la pátina de la sátira descarnada, aborda muchos conflictos, entre ellos, lo que supuso el mazazo del SIDA para comunidad homosexual (no está de más revisar el reciente film 120 pulsaciones por minuto, de Robin Campillo). Es muy necesario echar la vista atrás para repasar los éxitos y los fracasos en una lucha que aún permanece.

El año que mi corazón se rompió

Autor: Íñigo Guardamino

Director: Pablo Martínez Bravo

Elenco: Cristina Bertol, Carlos López, Félix Sandoval, Rodrigo Sáenz de Heredia y Rut Santamaría

Escenografía y vestuario: Andrea Torrecilla

Iluminación: Álvaro Guisado

Ayudante de escenografía: Yanina Curries

Sala Nave 73 (Madrid)

Hasta el 13 de julio de 2018

Calificación: ♦♦♦♦

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