Catástrofe

Íñigo Rodríguez-Claro comanda este experimento de Antonio Rojano sobre los sueños y los deseos que nunca serán de cuatro intérpretes

Se reúnen cuatro actores, un dramaturgo y un director con la idea de imaginar todas las vidas que no han vivido, porque en momentos precisos la balanza se inclinó hacia un lado o se tomó cierta decisión que tergiversó el rumbo atisbado. Adentrarse como en un sueño a deslavazar la memoria, anclarse en su verosimilitud, asumiendo que la invención forma parte de ese proceso y, a partir de ahí, fantasear sin límite sobre el escenario de un teatro. Buen punto de partida; aunque no termine de quedar claro cuál es el objetivo, el destino o la intención. Tenderemos a pensar, por ejemplo, en una ola descomunal de sucesos fantasiosos, hipotéticos, contrafácticos, que se resuelvan con una resaca que te devuelva al océano en forma de pensamiento recursivo. O sea, una manera de reflexionar existencialmente sobre el presente. Todo pudo ser de otra manera; pero ha sido de esta. Tortura, arrepentimiento, alivio, satisfacción. Ahora que soy maduro debo tomar las riendas de mi camino, si no quiero que me vuelva a pasar aquello. Quiero ser el responsable directo de mis decisiones. La lástima es que no acaba de plasmarse esa introspección y lo que se fragua es el desperdigamiento de muchas teselas, de sketches que no se entreveran hasta afianzar una malla de interrelaciones de los participantes si a lo que se aspiraba era al mise in abyme. Así que uno se queda con que el azar juega un papel preponderante y, por lo tanto, Catástrofe podría haber sido de muchas maneras, todas tan válidas como inútiles si lo que vemos no va más allá y concita nuestro interés por su particularidad. Y ese quizás pueda ser su mayor lastre. Delante de nosotros, mañana, por ejemplo, podrían aparecer las ansias frustradas de otros cuatro actores diferentes. O de cada uno de nosotros. Como experimento es persuasivo, chocante; aunque se consuma en la performance, en el proceso iniciado ad infinitum y zanjado en un momento casi cualquiera. Eso sí, claro, estamos hablando de una dramaturgia con pretensiones de dibujar otros territorios, inasibles muchos de ellos. Para mostrarlo se acude a la autoficción y a la colección de recursos que podemos encuadrar en el teatro postdramático. Creo que Antonio Rojano ―quien ha dejado su huella para siempre en Furiosa Escandinavia (¿volveremos a verla?)― no se ha atrevido a llevar a escena una visión más radical, que hubiera sido ir de la mano del maestro David Lynch y haber anulado toda pista, toda explicación, toda instrucción. Es un surrealismo más al estilo Origen, de Nolan. El espectador sabe que aquello es un sueño. En el inicio de Catástrofe conocemos las respuestas de los cuatro protagonistas a preguntas como: «¿Qué ficciones te acompañarán en la habitación de tu muerte?», «¿Con qué sueñas recurrentemente?»… O, también, igual que antes se preguntaba dónde estabas la noche del 23F, ahora, se hace con el 11S. Relacionar una gran catástrofe humana, con la particular de cada uno. Ese instante que todos podemos reconocer en el que debimos actuar de otra manera. De alguna forma me recordó al planteamiento de La Tristura, en Future Lovers. Con sus contestaciones obtenemos el itinerario al que asirnos para no perdernos a lo largo de la función; por eso, precisamente, se podría haber forzado más la elipsis y haber apartado la redundancia informativa; puesto que el oyente ya está al tanto de por dónde va a ir los tiros. No obstante, eso haría de la propuesto algo más sofisticado y hostil para los tiempos que corren. En Ion Iraizoz aparece el fútbol, el Osasuna, el beso no dado a aquella chica en esa fiesta, su remediable calvicie (graciosa escena en Turquía para hacerse un trasplante capilar en la consulta de un doctor que se inventa el idioma turco y que, en verdad, es andaluz). Él es, quizás, más protagonista que el resto o, al menos, genera esa sensación. Seguramente porque es él quien reclama al Autor ―la participación de este, desde una escritura en la pantalla como un work in progress y su presencia interpelada desde la butaca―, como si fuera el Unamuno de Niebla, liberarse del personaje, acabar con todo aquello. Y, como hemos visto, en otras ocasiones, la desconexión es enorme porque otra vez se insiste en aquello de que es una ficción de la ficción en la realidad de sus vidas concretas. Por su parte, Mikele Urroz, quien usa el micrófono durante la primera parte para hacer de narraturga y desmenuzarnos el asunto que estamos viendo ―es muy posible que en la Sala Cuarta Pared sea el espacio teatral donde más se usa el micrófono de mano, debido, claro, a la influencia de la narraturgia sinistérrica en sus discípulos―. El narrador tiene dos virtudes (que son grandes vicios): facilitan la comprensión de lo que ocurre (el gran público se regocija) y el discurso, generalmente, se regodea en la ironía y en la gracieta (el gran público se regocija y se divierte). El narrador, ante todo, es una molestia, un ser que está ahí para recordarte que eso es una función de teatro; cuando tú realmente has ido allí a sumergirte en una ficción y te gusta bucear solo entre el tupido amasijo de algas. Urroz es capaz de convertirse en Mística (de los X-Men) y nos depara otra divertida y ensoñadora pieza en un Cash Converters, donde se encuentra con Jota Rodríguez. Este incide en lo irrisorio del proyecto y, después, en sus otras intervenciones también tiene la oportunidad de demostrar su valía cómica. Finalmente, Irene Ruiz nos conmueve en una de las escenas más intimistas bajo el auspicio de El jardín de las delicias, del Bosco. Su pulsión maternal se materializa como una acción que parece imposible. ¿Por qué no ha tenido ya un hijo? Es en ella una constante y en su dulzura habitual no podemos más que creerla. Los cuatro actores disfrutan, gozan y se reconocen ampliamente en lo que nos enseñan. Apelan al teatro de objetos (como la Agrupación Señor Serrano) para recrear hipótesis, sucesos oníricos y fantasías varias. La pantalla tripartita del fondo ilustra sus movimientos. Se pasea por allí Doraemon. La ironía distanciadora propia del posmodernismo es patente. Y las cabezas de animales que portan hablan de miedos recurrentes. La deconstrucción de sus vidas se asimila escenográficamente al montaje DioS K (más que a otras), de Rojano. Con claras influencias de Rodrigo García. Al final, da la sensación de que el azar los determina en exceso, y aunque eso sea coherente con el planteamiento, uno se va con la impresión de que el caos estético podría depurarse. De todas formas, estamos en la intención de ir más allá, de entrelazar la realidad con la entropía del universo y eso es un reto para el espectador que quiera profundizar con un drama cargado de potencia onírica.

Catástrofe

Autor: Antonio Rojano

Dirección: Iñigo Rodríguez-Claro

Reparto: Ion Iraizoz, Mikele Urroz, Irene Ruiz y José Juan Rodríguez

Vestuario y espacio escénico: Paola de Diego

Diseño de iluminación: Pablo R. Seoane (Cía. de La Luz)

Espacio sonoro: José Pablo Polo

Coreografía: José Juan Rodríguez

Audiovisual y diseño del cartel: La dalia negra

Ayudantes de dirección: Carlos Pulpón y Javier L. Patiño

Comunicación: Cristina Anta

Producción: La Caja Flotante

Colaboran: Gobierno de Navarra, Exlímite y Espacio Guindalera

Sala Cuarta Pared (Madrid)

Hasta el 23 de febrero de 2019

Calificación: ♦♦♦

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