Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero

Àlex Rigola aborda la cuestión de la muerte con otra performance deslavazada en la estética de la autoficción

Ya no queda más remedio que quitarse el velo, apartar los marbetes esplendorosos, disolver las estelas del éxito y contemplar críticamente el suceso más allá del empaquetado, más allá del prestigio de La Abadía y más allá de la puesta de largo del 38º Festival de Otoño. Àlex Rigola ha emprendido un camino estético que ya se ha rastreado por esta página con su Vania, con su Enemigo para el pueblo y con esa función un tanto insignificante que se expuso hace unos meses sobre La gaviota, donde ya se intuía claramente que la senda recorrida no daba ya para más. Pero hete aquí que el dramaturgo quería quemar todas las naves de la autoficción y la puesta en escena rácana a más no poder. Ya directamente la representación teatral, lo de la propuesta dramatúrgica e, incluso, la ficción, quedan reducidos a la lectura y a la confesión con ínfulas sublimes. Mutatis mutandis, si cambiamos la sala de La Abadía por un palacio de congresos o un centro de eventos y anunciamos que ahí se va a discurrir acerca de cómo afrontar la muerte, pues pasaría por un acontecimiento divulgativo con aire conciliador. Puede que esta comparación resulte exagerada; no obstante, más exagerado puede resultar que tengamos que seguir considerando teatro todo aquello que transcurre en el recinto denominado teatro. Por otro lado, ¡qué osadía!, criticar una performance donde la propia hija del fallecido expresa su dolor. Y, efectivamente, todo mi pésame; aunque entenderá que el espectáculo resulta un tanto obsceno. Que es elevar un hecho tremendamente común, por el que todo el mundo en alguna medida va a pasar, ya sea directa o indirectamente, a función teatral sin apenas intervención dramatúrgica. O acaso hablamos de alguien peculiar, de un ejemplo vital (puede que lo fuera, pero desgraciadamente no se trasmite eso en el montaje) o de una historia singular o controvertida merecedora de manipulación artística. En el desastre que organizó Gomá en Inconsolable, todavía se daba un hálito interpretativo. Es que aquí sale Alba Pujol vestida de esqueleto como si fuera Halloween, se quita la careta, se sienta en una mesa y nos dice que Rigola ha estado charlando con su padre durante meses y que han recopilado esas conversaciones por escrito y que las han resumido y que Pep Cruz las va a ir leyendo (teatro documento). Y, realmente, Pep Cruz, lee unos folios ensartados en un canutillo y se pone a leer. Y cuesta mucho pensar que ahí no está Pep Cruz, sino Pep Pujol, un profesor universitario de Economía que falleció con 63 años por un cáncer de pulmón. Y es que el distanciamiento que se empeña en marcar el dramaturgo con sus no-personajes raya la estupefacción. Y mira que se atisba a un tipo con un gran sentido del humor, un hombre que menta mucho a los otros, a los amigos; que destila ironía cuando su vástago le pide ayuda para organizar el funeral (por un momento, se adentran en el sarcasmo macabro como si fuera el programa de Movistar El cielo puede esperar). Instante este que destensa una función empeñada en recurrir como un collage a diversos elementos, para dar consistencia al asunto; cuando lo que se consigue es el barullo seudofilosófico. Porque, volvamos al principio. En el escenario se habla de neoliberalismo (en una ráfaga de tópicos indignos de un economista) y algo más de individualismo. Empeño este que agota a cualquiera y que es más tópico aún. Definitivamente hay que leer más a Nietzsche. Ojalá hubiera individuos, virtuosos, y que se atrevieran a emprender el doloroso itinerario que supone separarse del rebaño y atreverse a ser fuerte y a aceptar las amarguras de la libertad. Hoy impera el narcisismo, el infantilismo, el gregarismo. Y luego se despacha el «amor», la «amistad» o la «historia» como un diccionario desmochado. Y es que uno de los fallos más significativos de la propuesta radica en la falta de profundidad conceptual, se apuesta, parece, por un emotivismo que descoyunte al espectador. La «escena» que nos sitúa más en las intenciones subsiguientes de este montaje es aquella en la que nos plantan un largo vídeo con la alocución dirigida directamente al profesor Pujol del Dr. Benito, experto en cuidados paliativos. Insertada así ―no es este el lugar para juzgar su profesionalidad― me hace pensar en el discurso propio de un gurú convencido de que su ars moriendi es luminoso. Popurrí de espiritualismo, de religiosidad, de misticismo, por el que se cuelan frases como «La muerte no existe, es un proceso» (cito de memoria) o cuestiones como la importancia de conocerse a sí mismo, «la conciencia expandida», «el tránsito». Lo menos que podemos hacer con esto es descuadrarnos. El médico se aparta de la ciencia y se acoge a la teología, a la autoayuda, para trufar su sermón con supuestos conceptos trascendentales que suenan a retórica vacía. Ustedes dirán que se hace con eso. Por lo tanto, entre la cita inicial de Cioran para dar catadura, el poema final de Peter Handke para que el asunto no «decaiga», apelar a Gil de Biedma (no lo duden, sí, recitan ese poema. Nadie se sabe otro), plantarnos el corte de las cenizas en El gran Lebowski y una crítica inquisitorial a Sartre, se envuelve todo en cierta atmósfera cultureta. Nada suficientemente incisivo. Ni siquiera las referencias a la isla del Hierro por parte de nuestro protagonista, cuando recuerda algún viaje para retirarse del ruido barcelonés se desarrollan con empaque; no hay relato. Es el permanente picoteo que consiste en rehuir el dolor, lo mortuorio y la verdad incuestionable. En Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero hallamos a una hija que no puede evitar el lloro, no es el personaje Alba Pujol, ese no está, es la mismísima Alba Pujol. Sus lágrimas provocan el gimoteo de parte del público. Es lógico, si te atenazan emocionalmente de esa manera. No obstante, si uno no llora o no entiende que este espectáculo se haya tildado de «visión obligada»; entonces solo cabe la inhumanidad. Aunque, en principio, el teatro debería ser otra cosa, pienso.

Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero

Autor y director: Àlex Rigola

Reparto: Alba Pujol y Pep Cruz

Asesoría a la dramaturgia: Dobrin Plamenov, Alba Pujol y Irene Vicente

Espacio escénico: Max Glaenzel

Jefe técnico: Igor Pinto

Producción ejecutiva: Irene Vicente

Management: Art Republic Productions

Agradecimientos: Dr. Enric Benito, Josep Pujol, Laura Sisteró, mobles114 y Mery Skeleta

Coproducción: Sala Beckett, Titus Andrònic, SL, Heartbreak Hotel y Temporada Alta 2019

38º Festival de Otoño

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 6 de diciembre de 2020

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