Cluster

La Sala Exlímite se convierte en un acogedor bar, donde discurren las biografías autoficcionadas de ocho magníficos intérpretes

Foto de Luz Soria

Creo que llegados a este momento es necesario hacer una salvedad, pues la autoficción aparece abusivamente en los escenarios de nuestro país en los últimos tiempos. Y es un estilo que se aprovecha, en ocasiones, para el egocentrismo (véase El bramido de Düsseldorf, de Sergio Blanco), para acotar el teatro documento (véase Curva España, de los Chévere), para tratar la muerte (véase Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero, de Rigola). Pero si nos aproximamos más a la cuestión generacional que nos compete, entonces encontramos referencias inequívocas como Catástrofe, de Antonio Rojano, Hoy puede ser mi gran noche, de Teatro en Vilo o Hacer el amor, donde aparece la propia Ángela Boix. O, todavía más, la que debemos tener como gran modelo: Los Remedios, que es producción de la Compañía Exlímite y que se podrá ver (deben verla) el próximo mes de marzo en el Teatro María Guerrero. Es significativo de esta obra, que posea un contexto tan claro, el barrio; pero también una época, una ciudad, un país, unas clases sociales. Todas estas cuestiones resultan esenciales para desarrollar un proyecto crítico y limitante, un enjuiciamiento de culpas y de responsabilidades, un acto de ironía e, incluso, sátira de un tiempo sobrevenido para una juventud que debe zafarse de toda una serie de atribuciones y de exigencias. Bien, pues todo esto es lo que falta —y se echa de menos—, en Cluster. Recordemos que la autoficción juega de manera extrema al hiperrealismo, a cierto objetivismo inequívoco, a documentar con insistencia aspectos vitales genuinos, verdaderos, personales, etcétera. Ahora, esto, en principio, es una apariencia; pues salvo que lo pudiéramos cotejar con la realidad extrateatral, consideraremos que es así, tal cual se nos presenta. Está claro que lo que sea verdad o ficción forma parte de la creación dramatúrgica y nosotros podemos dejarnos envolver por esa situación. A veces, la «fidelidad» del creador con la «verdad» le impide ser más persuasivo e interesante; y es que la biografía de un actor (en este caso) quizás no llega a ser lo suficientemente sugerente como para llevarla a un escenario. Hechas todas estas salvedades, digamos que Cluster suena a serie postadolescente, a bareto donde se reúnen unos universitarios o unos postadolescentes sometidos por sus cuitas. No diré que tiene aire de Al salir de clase o Física o química; pero sí que el solipsismo juvenil, con esa idea algo pesada de recrear la propia vida como si fuera un acontecimiento extraordinario, sobrevuela el espectáculo. Y sobre todo ocurre —así se da en las series que no anhelan trascender—, porque no parece importar lo que pasa fuera de ellos. Es cierto que se nos marcan los años para que no nos perdamos en los saltos temporales; pero no para señalar que, por ejemplo, como en 2010 estábamos en una crisis económica, pues eso tenía unas consecuencias. No va por ahí el asunto, va de algo más íntimo. Y esa intimidad, cuando es bastante similar y reiterativa, pues termina por lastrar el valor del conjunto. O sea, ¿qué quiere contar o manifestar Cluster? ¿Otra vez el tópico del joven perdido, que no encuentra su auténtico camino en la vida y que tiene disputas familiares? En este sentido, puede valer para más de dos o tres generaciones. Estas serían mis precauciones, mis dudas; a pesar de ello, el montaje se disfruta porque posee una serie de virtudes incuestionables. Nos hallamos en la Sala Exlímite, Paola de Diego ha sabido aprovechar muy bien el local; para diseñar un bar con distintos espacios, con su barra, con un patio arbolado, con una zona de relax, con un altillo donde se cambian de vestuario. En primera instancia, los espectadores vivimos muy adentro de ese hábitat. Microcosmos de microcosmos. Bien es cierto que la pantalla situada en el lateral izquierdo, donde se proyectan imágenes grabadas y otras emitidas en directo (la cámara posdramática se inmiscuye en todos los recovecos a los que no llega nuestra vista) a veces te pasa desapercibida y te pierdes las fotos de infancia de algún protagonista. La duración de tres horas y media lleva la función a un exceso que se solo se justifica por el afán de conceder a cada uno de los ocho intérpretes un tiempo ecuánime. Sobran escenas y falta cohesión interna; porque la disgregación y la atomización no logran aunar ideas, y al final parece que son ocho historias distintas en un orden caótico. Lo innegable es que Juan Ceacero ha puesto a funcionar todos sus conocimientos dramatúrgicos para que diferentes estilos convivan con agilidad dentro del mecanismo. Las técnicas narratúrgicas se ponen en marcha para lanzarnos a varias de las escenas más graciosas y más incisivas. Así lo observamos cuando Pablo Chaves nos describe humorísticamente sus trances con el precariado laboral de nuestro país en el McDonald’s, en Massimo Dutti o como jefe de obra bisoño. El actor saca una vis cómica llevada por el ridículo y el esperpento que, en ocasiones, es sublimada con las narraciones microfonadas de Javier Ballesteros. Este adopta una pose (muy consistente y sagaz) en su relato de rebelde altivo sin causa, justificando su solitario encierro en un cuchitril, como si fuera un bohemio muy seguro de sí mismo. Pose que funciona con las chicas, cuando se pone en plan cansautor con la guitarra en ristre. Un melancólico que atrae a mucho a Beatriz Jaén, una estudiante de publicidad, que interpreta otra de los puntos fuertes del espectáculo. Musical onírico, algo felliniano, donde ella, con una zozobra muy incitante es guiada, nada menos que por Raffaella Carrà, quien mientras interpreta «En el amor todo es empezar», procede con sus lecciones de erotismo y de sexualidad. Leticia Etala se viene arriba con su acento italiano y su movimiento de cadera (el acompañamiento coreográfico es revistero y fenomenal) para salpimentar el número. Ella, luego, nos desvela una de las mejores historias, su periplo como aspirante a pintora en Nueva York y en París, sus tribulaciones, sus orgías y sus drogas, en lo que supone una clara confrontación con su madre. Es ahí cuando Ángela Boix, se convierte en esa progenitora con alto poder adquisitivo, para echarle la bronca del siglo. En realidad, es una bronca para todos —implícitamente se reconoce la inmadurez de cada uno—, que nos deja sobrecogidos por la potencia extraordinaria del acontecimiento. Es ahí cuando se alcanza parte de la verdad que se estaba soslayando en exceso. A su vez, Boix, en su propia biografía, discurre por unos eternos miedos, una hipocondría recalcitrante, pues teme que la esclerosis definitivamente se hospede en su cuerpo, como lo hizo con su padre. Se maneja con firmeza en esa expresión de lo taciturno y, a la vez, de la furia. Entabla relación amorosa con Néstor Roldán, un tipo en pleno vaivén, entre las rémoras familiares, con el padre fallecido y el hermano en silencio absoluto, y su torpeza a la hora de dirigirse a su novia. Finalmente, Ángel Perabá queda un poco a tras mano, como un personaje que también incide en su propio proceso de depuración existencial; pero que no termina de cuajar un relato sólido más allá de sus elucubraciones sobre los celos y el poliamor. Sobresaliente me parece la peculiar interpretación de Belén de Santiago, pues posee una dulzura contagiosa y una expresividad enérgica muy convincente, cuando narra sus estancias en Venecia o nos detalla sus prejuicios angustiosos cuando volaba en un avión. Desde luego, no parece que Fernando Delgado-Hierro se haya dejado nada en el tintero, es más, ha querido aportar más y más con sus textos, ser omniabarcador, y eso sobredimensiona la obra hacia el desparrame. La obra está tan abierta que podría ser mucho mayor todavía; aunque parece evidente, por el bien de las historias, que una acotación más meticulosa le iría bien. Ahora, toda la función está cargada de momentos memorables que harán disfrutar a cualquier espectador. El elenco funciona como un tiro y se nota un trabajo exigente. Si nos ponemos suspicaces, es más por un orden conceptual, por pedir más a un equipo que está aportando interesantes procesos teatrales.

Cluster

Textos originales, textos elaborados a partir de la creación del elenco y dramaturgia textual: Fernando Delgado-Hierro

Concepción y dramaturgia escénica: Juan Ceacero

Dirección: Juan Ceacero

Elenco: Javier Ballesteros, Ángela Boix, Pablo Chaves, Leticia Etala, Beatriz Jaén, Ángel Perabá, Néstor Roldán y Belén de Santiago

Ayudante de dirección: Leyre Morlán

Diseño plástico: Paola de Diego 

Iluminación: Juan Ripoll

Coordinación técnica: Rocío Sánchez Prado

Diseño gráfico: Celinda Ojeda 

Comunicación: María Juárez

Fotografías: Luz Soria

Producción: La_Compañía exlímite

Asesor artístico: Gérard Imbert

Distribución: Iñaki Díez

Sala Exlímite (Madrid)

Hasta el 14 de marzo de 2021

Calificación: ♦♦♦

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