Curva España

La compañía Chévere alcanza su cénit con esta propuesta de teatro documental que recoge la muerte «accidental» de un ingeniero

Foto de José Vicente

Llevamos varios años ya de teatro documental ―entreverado, en muchos casos, de autoficción― con resultados muy diversos. Si el estilo cada vez parece más agotado y carente de atractivo; también es porque los límites asfixian al propio arte teatral. Al romper las propias costuras de este subgénero, los de Chévere han completado su cumbre dramatúrgica. Curva España es una genialidad. Vayamos por partes. Si nos centramos en los procedimientos formales, los méritos de Xron en la dramaturgia y en la puesta en escena me parecen incuestionables. Afirmemos que se ha ajustado a un medio virtuoso. Chévere es una compañía muy cargada ideológicamente y, en otras ocasiones, sus ínfulas políticas les han llevado por la senda populista (véase Eurozone). Aquí observamos contención en pos de un fin superior a sus propios deseos personales. Esto, hoy en día, es de agradecer. Quitar lo panfletario y salpicar la obra de gestos irónicos donde ellos aprovechan para denunciar desafueros inaceptables del poder reinante en Galicia ―también contra ellos, eso es cierto―. Siguiendo la estela de su anterior propuesta, la magnífica Eroski Paraíso, recurren al armazón del documental: varias cámaras van grabando en directo cada una de las escenas para mezclarlas en vídeo con diferentes imágenes y secuencias. La trama se dispone como si fuera un thriller, una investigación reabierta sobre la muerte del ingeniero España. Para ello acuden a una buena cantidad de puntos de vista y de recursos dramatúrgicos que hacen de la función todo un atractivo. Además, no se quedan en la virguería técnica, sino que no renuncian a la incursión detectivesca para, a la postre y simultáneamente, realizar una fenomenal crítica sobre la construcción de nuestro país, de cómo ciertas decisiones políticas y empresariales (como un todo en uno) han determinado el futuro aciago de algunas regiones. Y no nos pensemos que las escenas son complacientes, pues a veces se demoran hasta que el tema ha alcanzado la seriedad pertinente. A todo ello hay que añadirle que el asunto configura un entramado que posee capas entreveradas que van desde lo local hasta lo nacional, desde lo histórico hasta lo presente. Si uno se molesta, como debe, en desbrozar el meollo, se situará ante la pasmosa realidad del armazón de nuestra amada nación. Las cosas podrían haber sido de otra manera; pero hasta aquí hemos llegado de esta forma. Para llevar a cabo todo el engranaje contamos con dos actorazos que nuevamente demuestran su enorme capacidad para la estricta sencillez y para la construcción de personajes esbozados con gestos tan cargados de verosimilitud como de sutil caricatura. En los primeros compases, Patricia de Lorenzo (todavía recordamos su fantástica actuación en Divinas palabras revolution) se transforma en una sargento de la Guardia Civil que nos embauca con un farragoso caso. No sabemos muy bien cómo situarnos, pero la cuestión es que, sorpresivamente, el argumento va sobre ellos mismos, sobre el hecho de que la compañía Chévere (van paso a paso, sin gracietas ególatras) esté dando pábulo en un montaje teatral (o en la preparación de uno) a esa leyenda aposentada ya en Verín (Orense). El humor es fino y socarrón. La descripción aséptica de un misterio vuelto a la luz tras casi cien años, como es el supuesto accidente automovilístico en una curva cerradísima del ingeniero José Fernández-España y Vigil, cuando él tenía que inspeccionar el trazado del tren para que pasase por el susodicho pueblo orensano; nos lleva al juego con el término «España». Da para mucho en la alocución de la sargento, y sin darnos cuenta nos introduce en el tema de la ley mordaza y cómo esta ha incidido en acusaciones flagrantes y kafkianas contra artistas y su libertad de expresión. Ahí la mezcla ya está en marcha, los actores haciendo de ellos mismos (apoyo biográfico y autoficcional), mientras el asunto España continúa desplegándose con la primera de las especulaciones. Declaraciones en vídeo de los paisanos para hacerse eco del relato transmitido de padres a hijos, para poner el punto de sospecha en la circunstancia de que el chófer que iba en el vehículo saliera ileso. El verismo se impone como una estética de la confusión. Cuanto más preciso se quiere ser, más se esparce la sombra de la duda. Dos autopsias, la desaparición o no del chófer después, que el ingeniero se sacara el carné de conducir pocos días antes, y toda una serie de pistas que nos lanzan de cabeza al qui prodest. Entretanto, Miguel de Lira, otra vez esbozando esa media sonrisa sibilina y esa fuerza en la sobriedad más común, se pone en primera persona a relatar cómo ha llegado a saber de esta historia; mientras lo interroga una policía judicial. ¿Qué buscan él y su grupo al inmiscuirse en un caso cerrado? ¿Qué pretensiones oscuras tienen? ¿Acaso van a cuestionar a «España»? La compañía saca el florete para batirse en duelo desde su trinchera, para ajustar cuentas con los resabios caciquiles de la actualidad con el partido que más ha gobernado en Galicia y con ciertos próceres ―más allá de los partidos― locales que han empleado las malas artes del poder para aplacar voces. Véase, valga la redundancia, La Voz de Galicia. A conocer: el fundador de dicho diario es el abuelo de Victoria Armesto, hija del ingeniero España, y, además, esta fue diputada en las primeras Cortes tras la muerte de Franco. Una mujer de relevancia por aquellas y vinculada a una de esas familias que se fraguan en la historia y ejercen su poder omnímodo y tentacular. Quizás baje levemente el ritmo y el tono de la obra la escena en la que explican las delimitaciones provinciales de España en el siglo XIX y las líneas de ferrocarril que se fueron implementando. El estilo es enormemente didáctico, seguramente necesario para que la tesis principal de la obra quede vertebrada. En el trastoque anacrónico se hace un homenaje a una de esas mentes preclaras que se repartieron por la geografía española; pero que no han tenido el reconocimiento debido. Eloy Luis André fue un maestro y filósofo de Verín, amigo de Unamuno, que propuso que lo más lógico era que el tren pasara por su pueblo. Lira se caracteriza de este hombre para responder a la cámara sobre los hechos acaecidos con su idea, la rechazada Variante André. Esta deriva en la trama principal procura aumentar los contrastes entre el caciquismo cerril y egoísta, y esa visión sensata del bien común. El caso es que nos debemos hacer cargo de tamaño agolpamiento de datos y de insinuaciones detectivescas; aunque, sobre todo, políticas. El remate es magnífico: la invención de una supuesta entrevista a Victoria Armesto en el famoso ―y añorado― programa A fondo, dirigido por Soler Serrano. Ambos actores acometen la recreación para incluir una tercera deriva de corte amoroso, un estrambote que desnorta cualquier atisbo de racionalización. Pues de eso se trata, de hacernos ver todas las fuerzas que se ponen en marcha en la historia, con sus verdades y sus falsedades, con sus creencias y con sus torticeras intenciones. La cuestión es que aquí estamos, con una despoblación en Orense superior al 30 % y en Zamora del 40. Curva España es una propuesta astuta, repleta de capas, extraordinariamente inteligente y que trata al espectador con igual inteligencia, exigiéndole un compromiso intelectual y estético ―y encima con sentido del humor―. Qué más se puede pedir a una obra de teatro. Genial.

Curva España

Idea y creación: Chévere

Dramaturgia y puesta en escena: Xron

En escena: Patricia de Lorenzo, Miguel de Lira, Lucía Estévez y Leticia T. Blanco

Iluminación: Fidel Vázquez

Espacio audiovisual: Lucía Estévez, Leticia T. Blanco y Laura Iturralde

Gráfica: Óscar Villán, Iván Suárez

Espacio sonoro: Xacobe Martínez Antelo

Vestuario: Renata Uzal

Producción: Chévere

Coproducción: Teatros del Canal, MIT Ribadavia y Concello de Teo.

Teatros del Canal (Madrid)

Hasta el 15 de marzo de 2020

Calificación: ♦♦♦♦♦

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