El mal de la montaña

El texto desasosegante del dramaturgo argentino Santiago Loza deambula por el humor absurdo para tratar sobre el desamor

El mal de la montaña - Manuel Fiestas
Foto de Manuel Fiestas

Demasiados elementos atrayentes se unían en este montaje como para salir decepcionado. Tiempo hacía —quizás desde Furiosa Escandinavia— que la sala Margarita Xirgu del Teatro Español no hospedaba una producción rompedora, anclada, aún, al texto. Digamos, inicialmente, que el espectador sentirá pronto la extrañeza, y saldrá con ella a la calle. Se conjugan el absurdo y el nihilismo, la desazón y la rabia, el humor rayano en la estupidez y el solipsismo. Me gustaría aproximarme al concepto de homo sacer que trabajó el filósofo Giorgo Agamben, y que nos remite en la actualidad, a la no-persona, al forajido, al marginal y, en definitiva, al vagabundo. Afirma el escritor italiano: «una figura límite de la vida, un umbral en el que se está, a la vez, dentro y fuera del ordenamiento jurídico». Resulta en apariencia chocante que una pieza que trata sobre el desamor remita con tanta insistencia a esa figura tan inquietante. Los jóvenes que conviven mientras se lamen las heridas de su zozobra, reciben la insolencia de aquellos que están más allá del bien y del mal, de aquellos que, a pesar de no tener esperanza, no se suicidan, por ejemplo. La aporofobia aquí implica intranquilidad, quizás envidia. Ante todo, pavor para aquellos que se debilitan en una existencia pueril, rutinaria y desensibilizadora que termina, en algunos casos, en vil anomia.

El dramaturgo argentino Santiago Loza cada vez posee más predicamento en la escena española. Ya hemos disfrutado de He nacido para verte sonreír y Matar cansa; y ahora Francesco Carril y Fernando Delgado-Hierro han decidido elaborar una dramaturgia estupefacta para que El mal de la montaña contribuya a la hipoxia generalizada. Si uno lee el texto, comprobará que carece de cualquier didascalia; por lo que las decisiones dramatúrgicas son relevantes. Es decir, los directores han tenido que deducir el sentido y traducirlo a partir de una puesta en escena que ha requerido mantenerse en el filo de lo paródico.

Podríamos encontrar una línea de continuidad entre aquel trabajo del propio Carril (viene de triunfar con El bar que se tragó a todos los españoles) con Ángela Boix titulado Hacer el amor, propuesta fenomenal que se pudo ver poco y que, en cierta medida, sondeaba la pesadumbre de las rupturas. Pero aquí se va un paso (o dos) más allá; porque hay que acertar a descubrir en qué estado aproximativo se hallan estos seres. Desde mi punto de vista, insisto, tipos que ni siquiera perciben ya la angustia (según Kierkegaard); puesto que no se da el revulsivo. Es una caída sin caer del todo. Es un caer constantemente, para llevar una vida arrastrado por la voluntad intrínseca a cualquier humano.

Comprendemos a la postre que los sofás que se hinchan al comienzo pueden funcionar en paralelo metafórico con los camastros de cartón que suelen montarse algunos pobres. Todo transcurrirá en un espacio ideado por Paola de Diego, donde la naturaleza exterior puede infundir aliento, si no fuera por las inquietantes presencias de los espectros que por ahí pululan, dispuestos a competir por la miseria de ese salón repleto de humedades desangeladas. Cuando Carril comienza con su relato, los tres colegas ya se han desgañitado con Rod Stewart (algo tópico queda el «It´s a Heartache»). La descripción de su ruptura es digna de un final absolutamente cinematográfico, se expresa con su habitual agilidad, como un esteta, un poco pedante, que siente que la meada de un mendigo le ha chafado la secuencia. El detalle, llevado al esperpento, tiene gracia y señala un estilo próximo al humor judío. Rápidamente percibimos los contrastes, las intervenciones extemporáneas que rompen con los diálogos. Cada uno anda a lo suyo, con sus cuitas, sin apenas escuchar a su interlocutor. Los delgados cuerpos de los chicos, becketianos, espasmódicos —bailando al estilo Jim Carrey, con electricidad evasiva— y caricaturizados frente a nosotros en la corrosión interior que apenas son capaces de digerir o integrar. Seres unidimensionales de hoy en día donde el desamor no es tanto un desgarro romántico como una pérdida del destino que nunca han tenido. De esta forma, Luis Sorolla (acaba de participar con su versión en La gran Cenobia) cumple con el papel de quien definitivamente deja brotar su violencia contra ese límite que supone el pobre; mientras que Delgado-Hierro se sitúa como una bisagra anodina, vaga e insustancial, cuando aparece Pamela, a intentar recuperar al desaparecido Manu (Carril), y contribuir a esa sensación de impás. Ella, Ángela Boix se ve desencajada; porque ha llegado ya demasiado tarde y su empeño por esperar es verdaderamente innecesario.

El mal de la montaña nos ofrece un panorama desolador, donde los muchachos que pueblan la escena se desintegran a cada instante, pues no encuentran acicate ni siquiera en sus distracciones. La función podría acabar cada cinco minutos, pues lo cotidiano se queda sin recorrido hasta que surge otra historia que seguramente no venga a cuento. Lo que está claro es que este grupo talentoso de actores ha logrado transmitir el paradójico vacío existencial que horada a tantas personas.

El mal de la montaña

Autor: Santiago Loza

Dirección: Francesco Carril y Fernando Delgado-Hierro

Reparto: Ángela Boix, Francesco Carril, Fernando Delgado-Hierro y Luis Sorolla

Diseño de espacio escénico: Paola de Diego

Ayudante de escenografía y vestuario: Guillermo Felipe

Diseño de iluminación: Paloma Parra

Diseño de sonido: Sandra Vicente

Ayudante de sonido: Beni Moreno

Ayudante de dirección: Raquel Alarcón

Residencia de ayudantía de dirección: Valle del Saz

Producción Buxman: Jordi Buxó, Aitor Tejada y Pablo Ramos Escola

Una coproducción de Teatro Español y Buxman Producciones

Teatro Español (Madrid)

Hasta el 3 de abril de 2022

Calificación: ♦♦♦♦

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2 comentarios en “El mal de la montaña

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