Luis Sorolla nos sitúa en el final del mundo a través de un gran mito que encierra otros tantos relatos posibles

El final, entonces, puede ser como los albores; debe imaginar Luis Sorolla cuando deja que sus tres protagonistas sean abandonados en un bosque por sus padres. Tres niños de edades similares que van a crecer juntos con su memoria huidiza y su imaginación desbordada por una misión tanto salvífica, como esperanzadora. Uno piensa en El señor de las moscas; pero aquí el asunto es mucho más quebradizo, porque son tres chavalines que apenas cuentan con un cometido, que es contarse cuentos para relatar a la humanidad; y, punto importante, desde la inocencia rousseauniana. Dos chicos y una chica con la suficiente civilidad como para no atacarse furibundamente ante la mínima carencia de su egocentrismo; pero sin la conciencia de ser prepuberal. O eso debemos elucubrar, puesto que no parece que Sorolla haya explotado con intensidad su hipótesis inicial. Sí resulta convincente el prólogo. Sigue leyendo


Ya debemos de estar acostumbrados a que los dramaturgistas biempensantes purifiquen su conciencia atormentada de blancos (probablemente heterosexuales) y judeocristianos —aunque sea por tradición—, y occidentales; ser, además, español supone una asfixia cerebral irreparable. Yo creo que España debería desaparecer, porque no existe nación en La Tierra que haya propiciado mayor daño a lo largo de su historia. Por eso a Carlos Martínez-Abarca le ha parecido que, en Amar después de la muerte, Calderón de la Barca, a pesar de escribir desde una perspectiva favorable y conmiserativa respecto de los moriscos, necesitaba traernos la cuestión hasta el presente para unirlo con la inmigración marroquí, con la islamofobia europea y todas esas controversias que provocan tanto dolor. Aspectos que también se insertan en el epílogo, puesto que debe quedar claro que de aquellos lodos estos barros y que el islam es una religión de paz y que las costumbres de los musulmanes son tan respetables como cualquier otra.
De primeras uno debe pensar en la sátira de Jonathan Swift, Una humilde propuesta —pudimos ver de ella una adaptación teatral dirigida por 


