Antonio y Cleopatra

Tiago Rodrigues toma como excusa la obra de Shakespeare para distanciarse hasta deambular por la performatividad genesiaca

Antonio y Cleopatra - Foto de Magda Bizarro
Foto de Magda Bizarro

Estamparse contra un límite dentro del arte puede ser muy beneficioso; pues alerta a otros artistas de que ese camino es un callejón sin salida. Antes, los creadores se daban cuenta de esto, que hasta las vanguardias tenían sus reglas, y no saltaban al vacío porque sabían que los espectadores no tragarían con cualquier propuesta (con excepciones, claro); pero desde que se abrió la espita posvanguardista y posdramática, pues ha ido surgiendo un público, una élite, poseedora de unas tragaderas tan inmensas como su ceguera crítica. Así que partamos del propio límite que había sondeado Tiago Rodrigues con la obra que pudimos ver hace dos años, Sopro; donde los actores ya eran despojados de sus personajes para quedarse inermes. Me parece muy conveniente resaltar aquí unas declaraciones del autor en el diario El País hace unos días, cuando hablaba de cómo sus propios actores le habían dado la idea: «… les pedí que me contaran la historia de la pieza que habíamos leído unos días antes, pasó algo muy hermoso, completaban las frases uno del otro, lo hacían casi en performance, intentaban construir una imagen juntos, me pareció una idea interesante que dos cuerpos intentan recordar una pareja histórica y monumental y al hacerlo se transforman poco a poco en esa pareja. Empiezan como actores, pero terminan como Antonio y Cleopatra». A Rodrigues le pareció «hermoso» que para qué montar un Shakespeare con sus treinta y tantos personajes si puedes sacar a dos actores a narrar en ochenta minutos algo que pudieron hacer unos tales Antonio y Cleopatra. Si, además, te parece «hermosa» la música que compuso Alex North para la célebre película de 1963 dirigida por Joseph Mankiewicz, pues, además de coherente, tienes una preocupación menos. Al tapiz no saltan ni Antonio, ni Cleopatra, salta una bilocación de Tiago. Salta el dramaturgo dividido en dos. Y el propio dramaturgo se hace el modesto enmascarándose en un extraterrestre ingenuo que se imagina a una egipcia y a un romano del siglo I a.n.e. encontrándose amorosamente. Por eso las expresiones no son dramáticas, sino narrativas. Él fantasea con los movimientos, las respiraciones de ella. Ella hace lo propio con él. Se impone el estilo directo y el estilo indirecto, trufado de verbos dicendi. También podemos imaginarnos a Rodrigues como un script montándose la película (el teatro) en su piso, con su tocadiscos, con el vinilo de la B.S.O. y con un móvil de Calder al fondo, que, decorativamente, queda muy elegante y nos puede recordar a los atrapasueños para niños miedosos, algo muy necesario para aplacar las profecías maléficas de los oráculos egipcios. He ahí el mecanismo posdramático. He ahí el truco que se podría aplicar a cualquier obra relevante (es pertinente el parasitismo); puesto que aquí este deus ex machina totalizador exige nuestra complicidad, necesita que completemos el asunto con nuestra imaginación, solicita de nosotros que pongamos el Nilo y la serpiente venenosa, porque todos acudimos con la cinta vista, y con la Taylor y el Burton en nuestra retina. Shakespeare no nos hace falta para nada. Shakespeare ni está, pero se le esperaba. Shakespeare queda muy bien en los carteles y en las inspiraciones; aunque luego se le haga mutis por el foro. En todo caso está Plutarco, pero no demasiado. Con el resumen de la Wikipedia es suficiente. Aquí la sustancia argumental es mínima y hasta despreciable. No interesa. Solo interesa la peripecia formal, que recuerda a la machacona retahíla que empleó Bob Wilson en Mary Said What She Said. Procedimientos basados en la repetición, como si unos espíritus en plena transmigración estuvieran reconociendo su nuevo cuerpo. Repetición que en el desenlace se convierte en una manera de arrancar juegos de palabras, de exploración léxica, como un «cadáver exquisito» para unos chavales que se divierten con lo que quizás en un futuro pueda ser una obra de teatro, donde ellos sean ya, por fin, unos personajes. En cuanto a las técnicas narrativas, uno debe pensar en Godard imponiendo su narración, como en los últimos tiempos acomete el realizador argentino Mariano Llinás (véase La flor o Historias extraordinarias). Muy del gusto, también, de Pablo Remón, quien directamente en El tratamiento, da cabida al texto por hacer. Aunque en gran medida se percibe esa búsqueda de grado cero del personaje como, de alguna forma, ejecuta Pascal Rambert en Ensayo. A pesar de todo lo afirmado, sí que se puede intuir una especie de hallazgo interno, precisamente vinculado con la propia performatividad. Quiero decir que el trabajo de Sofia Dias y Vítor Roriz logra, a través del ritmo que imponen con sus frases y de su movimiento escénico, próximo a la danza contemporánea a la manera de Bausch, dibujando su propia sombra y su propio asombro, descubriendo el espacio y llevarnos como espectadores a esos instantes en los que uno se hace cargo del personaje que van a caracterizar. Aunque esto ocurre esencialmente en el tramo final, antes de la coda, es una demostración estética de cómo el arte sí puede proceder desde un origen casi in-humano. No obstante, esto requiere, pienso, observar este montaje no como un Antonio y Cleopatra (seguramente no debiera llamarse así), sino como una meta-metaficción, como un génesis performativo que vale para crear y destruir cualquier obra ya acontecida en la historia. Solo por esto vale la pena; aunque, para mí, solo sea suficiente conceptualmente, no en su dramaturgia, tan limitada y limitante. Terreno que también ha pisado últimamente Pablo Rosal en Los que hablan. Son perspectivas, en algún sentido, nihilistas, que llaman la atención por el choque novedoso frente a lo común; pero que habilitan un sumidero que ellas mismas prefiguran.

Antonio y Cleopatra

Texto: Tiago Rodrigues con referencias de Antonio y Cleopatra de William Shakespeare

Dirección: Tiago Rodigues

Intérpretes: Sofia Dias y Vítor Roriz

Escenografía: Ângela Rocha

Vestuario: Ângela Rocha, Magda Bizarro

Diseño de luces: Nuno Meira

Música: Extractos de la película Cleopatra (1963), de Alex North

Colaboración artística: Maria João Serrão, Thomas Walgrave

Construcción móvil: Decor Galamba

Producción ejecutiva: Rita Forjaz

Producción ejecutiva en la creación original: Magda Bizarro, Rita Mendes

Producción: Teatro Nacional D. Maria II a partir de una creación original de la compañía Mundo Perfeito

Coproducción: Centro Cultural de Belém, Centro Cultural Vila Flôr y Temps d´Images

Conde Duque (Madrid)

Hasta el 13 de junio de 2021

Calificación: ♦♦

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