Mi padre no era un famoso escritor ruso

Documental escénico de Bárbara Bañuelos sobre la salud mental en otra propuesta más de autoficción

Mi padre no era un famoso escritor - Foto de Andrés Pino Bueno
Foto de Andrés Pino

En su suma (o resta) y sigue que ha emprendido La Abadía esta temporada con espectáculos redundantemente autoficcionales y tramposos, llega ahora Mi padre no era famoso escritor ruso, después de que hayamos aguantado Un país sin descubrir de cuyos confines no regresa ningún viajero y Sucia. En esta ocasión, es Bárbara Bañuelos quien presenta su documental escénico para indagar en una historia familiar y, a continuación, vincularla con el tema de las enfermedades mentales. Uno, enseguida, duda si estamos asistiendo a una conferencia con aires teatrales o a una incursión baldía, esteticista y naíf; porque su conductora se muestra dubitativa, hasta el punto de tener que parar y disculparse cuando su propia narración se convierte en un trabalenguas que se le resiste (y no me refiero solamente al vocabulario posmoderno con el «cuerpo» tal y el «cuerpo» cual). Bañuelos no se planta como una actriz, sino como una periodista que debe dar la cara ante un público al que anhela relatar su investigación. La racanería de medios, con unas decenas de sillas, unas partidas de nacimiento, algunos pomos de puertas y la consabida pantalla gigante sobre la que se muestran títulos de capítulos, y definiciones de diccionario que apenas se desarrollan en el drama, es ya un tópico de esta deriva conceptualista. También, por supuesto, referencias a Foucault. Ya saben, esa concepción social de la locura y sus negaciones biológicas o, además, esas pretensiones despatologizadoras. En Paul B. Preciado, que acaba de publicar Yo soy el monstruo que os habla, una diatriba insolente frente a miles de sicoanalistas, resuenan las proclamas de su maestro. Si nos concentramos en la trama, antes de llegar al panfleto y al reduccionismo, hallaremos una primera parte detectivesca en la que la autora nos revela que su abuela biológica vivió durante décadas en un sanatorio y que allí murió. Un secreto de familia que se nos cuenta como si sacarlo a la luz provocase una cesura irreparable. Pero ella procede con tal asepsia, que gran parte de su entorno cercano queda salvaguardado en la distancia prudencial. Retazos, burocracia insufrible, lentitud en el ritmo, registros, que no tienen gran interés; puesto que el caso particular no es capaz de suscitar una ejemplaridad. Paradójica resulta la entrevista con su abuela de 91 años, la mujer que se casó con el abuelo cuando falleció la biológica. Una señora con demencia senil que ofrece algún dato relevante y que, claro, está encantada de que la ayuden y la guíen las monjitas en la residencia (no todos los centros de mayores son lugares horribles). Lo auténticamente pertinente de este montaje es la perspectiva que Bañuelos adopta y que desea imponernos sin la menor crítica, sin la controversia dialéctica de enseñarnos diferentes miradas sobre el asunto. Su abuela podría haber heredado su esquizofrenia; pero hete aquí que su marido, un importante oftalmólogo burgalés, que tenía su consulta en su propia vivienda, había convertido en su amante a su auxiliar. Así que, ¿por qué no especular con que esa situación tan angustiante desencadenó la enfermedad mental de su abuela y que luego su machista esposo la metió en un siquiátrico para quitársela de encima? Sí, en esta obra también se habla del patriarcado, y, además, se nos informa, por si el espectador es ignaro, de todas las injusticias sufridas por las mujeres durante el franquismo, cuando verdaderamente el machismo estaba refrendado por algunas leyes, como la referida al adulterio. Esto es incuestionable. Y aprovechando que el Arlanzón pasa por Burgos, donde nació Bárbara en 1980, aparece el feminismo con una ristra de mujeres formidables. Bien. Parece claro que la artista o no ha querido o no ha podido ir más lejos en sus indagaciones, y que bastante ha tenido con plantarse en el Sanatorio Esquerdo para enfrentarse con uno de los posibles siquiatras de entonces. ¿Se le pudo aplicar a su abuela alguno de esos terribles métodos que antes pretendían solventar o aminorar los padecimientos que implican algunas enfermedades mentales? Seguramente; pero nadie se lo iba a ratificar. Lo cierto es que es una obra que funciona como una bola de nieve, como una profecía autocumplida que justifique la segunda parte. Morosidad y falta de ideas. Deambular e ironizar levemente y sin mucha intención. Es un espectáculo que va renqueando y que se adentra en otra de esas narraciones del yo, donde no acontece la contraparte. Ya que vivimos en una época de soberbia y de engreimiento apabullante, donde el solipsismo, tan alejado del liberador individualismo, alza su grito pérfido. La mirada de los otros, el juicio de los otros, la experiencia absolutamente de los otros que saben y que pueden demostrar, quedan desterrados porque solo hay una verdad: lo que yo siento. Punto. Yo digo cuál es mi sexo, mi género, mis identidades, mi salud mental y mi manera de existir, y todo ello es indiscutible por la sociedad. Así también parece que ocurre para la locura, si nos fijamos en los dos ejemplos que toma Bañuelos. Sin mucho desarrollo, insisto, con unas cuantas frases y unos cuantos eslóganes está resuelta la propuesta. Primero recurre a Radio Nikosia, el loable proyecto del que muchos supimos cuando Gemma Nierga lo incluyó hace unos cuantos años en La Ventana, de la Cadena Ser, por las tardes. Terapia de grupo, confabulación fastuosa entre gente diagnosticada por algún siquiatra y una cantidad enorme de cuestionamientos que merece la pena escuchar, por supuesto; pero que no terminan de dar soluciones generales —quizás tampoco lo pretendan—. Luego, en la misma línea de continuidad autorial, la dramaturga recoge su propia labor con adolescentes de un hospital de día. En el empeño que tienen ciertas dramaturgias, se invita al público a ocupar las sillas del escenario —poco entusiasmo—, para leer algunas tarjetas con quejas y preguntas de esos chavales que observan el mundo desde el otro lado del espejo, o desde el lado, según ellos, que han sido situados por el sistema. No se ahonda en ninguno de los interrogantes. Como pasa en casi todo el espectáculo, no termina de hilarse un entramado más fértil, que ataña tanto en lo esencial como en lo superficial; que propicie un verdadero encuentro, puesto que esas voces que escuchamos están muy lejos de nosotros. En este sentido, el montaje se vuelve etéreo, circunvalante, carente de fuerza y hasta de emoción. El suicidio, la machacona «normalidad», la integración en las aulas corrientes y en un mundo laboral más amable. Zanjar los estigmas concentrándose en una ¿ilusoria? esperanza de que la respuesta es social, porque hasta las enfermedades mentales son construcciones sociales (muchas, desde luego). Resulta muy chocante que para acabar con los estigmas se generalice de esa forma, cuando es evidente la enorme diversidad de trastornos mentales, más graves o más suaves, más puntuales o más persistentes en los que, de alguna manera, todos, en alguna medida reconocemos. No concretar es poner en el mismo saco una bipolaridad con un decaimiento que puede (o no) devenir en depresión. Malas épocas, ansiedad, hormonas desorbitadas, golpes de la vida, catástrofes existenciales, crisis acuciantes, enfermedades hereditarias, la acción de algunas drogas, de algunos medicamentos, de algunos tratamientos quirúrgicos. Siempre, como ocurre con los temas que circundan nuestra contemporaneidad (el feminismo, la identidad de género, etc.), la biología queda arrumbada. Mi padre no era un famoso escritor ruso pone sobre la mesa un tema candente en los últimos meses, que, además, es tratado por la obra El silencio de Elvis, de Sandra Ferrús. Dos incursiones muy distintas. Quizás, si nos centramos únicamente en el aspecto teatral, podemos preguntarnos si Bárbara Bañuelos tuvo un mal día o si su propuesta requiere superar ciertas formas artísticas para que realmente nos sintamos interpelados; porque la insuficiencia es manifiesta.

Mi padre no era un famoso escritor ruso

Creación, dirección e interpretación: Bárbara Bañuelos

Técnica: Javier Espada

Diseño de iluminación: David Picazo

Co-producción: Festival Sâlmon 2019, Festival BAD 2018.

Residencias de Creación-Investigación: La Casa Encendida-CA2M, Graner, Sala Baratza y Azala.

En colaboración con: Radio Nikosia, Sant Pere Claver-Fundació Sanitària (Hospital de día y Consulta Joven) y Pla de Barris de la Marina.

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 13 de junio de 2021

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