Amar después de la muerte

La propuesta dirigida por Carlos Martínez-Abarca sobre la obra de Calderón pretende encontrar paralelos con nuestro presente

Amar después de la muerte - FotoYa debemos de estar acostumbrados a que los dramaturgistas biempensantes purifiquen su conciencia atormentada de blancos (probablemente heterosexuales) y judeocristianos —aunque sea por tradición—, y occidentales; ser, además, español supone una asfixia cerebral irreparable. Yo creo que España debería desaparecer, porque no existe nación en La Tierra que haya propiciado mayor daño a lo largo de su historia. Por eso a Carlos Martínez-Abarca le ha parecido que, en Amar después de la muerte, Calderón de la Barca, a pesar de escribir desde una perspectiva favorable y conmiserativa respecto de los moriscos, necesitaba traernos la cuestión hasta el presente para unirlo con la inmigración marroquí, con la islamofobia europea y todas esas controversias que provocan tanto dolor. Aspectos que también se insertan en el epílogo, puesto que debe quedar claro que de aquellos lodos estos barros y que el islam es una religión de paz y que las costumbres de los musulmanes son tan respetables como cualquier otra. Obviemos tales desatinos y maniqueísmos, porque no habría espacio suficiente, y centrémonos en esta obra, posiblemente compuesta en 1633 y que ha sido muy poco representada. Teatro Corsario la puso en escena allá por 1993 y la Compañía Nacional de Teatro Clásico en 2005, con Eduardo Vasco al frente. El dramaturgo madrileño tomó como referencia relatos históricos de Luis de Mármol Carvajal y de Ginés Pérez de Hita para ceñirse con bastante tino a lo ocurrido en la rebelión de las Alpujarras de 1568, después de que Felipe II, a través de una pragmática, prohibiera a los moriscos el uso de la lengua árabe, de sus vestimentas y de sus costumbres. Desde luego, la compañía Maní-Obras ha cumplido con los preceptos barrocos, pues ha pergeñado un montaje tan abigarrado que el espectador es muy probable que se pierda. Si, además, la representación es a las siete de la tarde, casi al aire libre (así ocurre en el Corral Cervantes, situado al lado del Matadero) y esto hace que los faroles que utilizan en la supuesta oscuridad queden inanes, y, encima, se pone a diluviar en los últimos veinte minutos, con la evidente pérdida de audición, lo barroco se barroquiza aún más. Quizás estos sean asuntos menores, si los comparamos con la dramaturgia de Martínez-Abarca. Que conste que me parece un gran actor (véase su actuación en Divinas palabras, por ejemplo) y un hombre con grandes conocimientos teatrales; pero creo que su enfoque en este espectáculo está equivocado. Entiendo que utilizar a cinco actores para encarnar tantos papeles conlleva dificultades; pero que todos representen en algún momento a Álvaro Tuzaní (recordemos que la obra también se titula El Tuzaní de la Alpujarra) con algún cambio de vestuario, exige del espectador que no descuide ni un segundo la concentración (aun así, dudará de lo que ve).  Que esa es otra, además, el vestuario; pues más que plantearse una completa modernización, parece más que se han autoexigido ser «modernos». Esta circunstancia nos dejaba chilabas para los moriscos y para los cristianos un indescriptible atuendo que refleja la cruz con tiras amarillas sobre negro, dando una sensación de guardias del Estrecho (es que usan bastante las cintas de balizamiento para demarcar el territorio). Otro tanto parece la música de Irene Maquieira, quien tira de bases electrónicas para causar una mezcla que, en ocasiones es efectiva, como la fanfarria que anuncia la llegada de los enemigos; pero que, en otras veces, posee una contemporaneidad chocante para un ambiente que sigue remitiendo a un pasado remoto. En cualquier caso, la percusión con el yembé en directo aporta los toques precisos para la tensión requerida en las fulgurantes acciones. De todas formas, lo que me ha llamado más negativamente la atención es «lo sucia» que termina siendo la representación. Quiero decir que, evidentemente, el escenario se les queda pequeño y han querido rizar el rizo con los cambios de ropajes (delante de todos y muy rápidos), con la inclusión de sillas, percheros, una mesa para colocar un ordenador, etcétera. El asunto es que casi todo termina por los suelos y los actores deben sortear los obstáculos para no tropezarse. El montaje pide sencillez a raudales. A pesar de todo lo afirmado hasta aquí, el espectáculo no es un desastre puesto que el elenco se entrega con soberbia y con entereza, y defendiendo un texto que tienen bien aprendido y que recitan sin freno ni duda contra todos los elementos, tanto los internos como los externos. Por eso uno imagina este Amar después de la muerte en un espacio vacío, donde sus versos resuenen sin distracción. Porque la obra de Calderón, que pertenece a esos dramas histórico-legendarios, donde prima la lucha por el honor y del que podemos encontrar paralelos con El alcalde de Zalamea, posee gran interés; aunque los personajes secundarios queden un tanto deslucidos. Como ocurre con Alcuzcuz, un gracioso que juega con el lenguaje arabizado mientras se emborracha pensando que se está envenenando. Lo encarna José F. Ramos con verosimilitud. Él también acoge el papel de don Fernando de Válor, el que ha sido nombrado rey de la Alpujarra. Aunque en el meollo de ese contexto historicista se esconde un relato de amor entre Clara Malec, interpretada por Verónica Morejón, quien también toma el rol con sentenciosidad de don Juan de Austria; y Álvaro Tuzaní, que principalmente es tomado por Alberto Barahona, con sobriedad; muy alejado de la inquina que manifiesta su don Juan de Mendoza. Este último ha tenido un altercado con don Juan Malec, el anciano y padre de la novia, deshonrado, que Olga Díaz expone con compunción. Clara pretende aceptar la proposición matrimonial de Mendoza, para lograr el desagravio sobre su padre; pero sobre todo con la intención de matarlo. Así que Tuzaní queda descompuesto y con ganas de arreglar el asunto a su manera. El embrollo se complica aún más con otros personajes como la Isabel Tuzaní —hermana de Álvaro—, que está enamorada de Mendoza. Irene Maquieira sobresale con su mezcla de dulzura y vehemencia a lo largo de la función. Ciertamente, Calderón consigue provocar con su texto una doble ganancia de honra, pues se posiciona a favor de los moriscos y eso nos hace tenerlos en consideración, como una avanzada propuesta sobre el derecho a las creencias religiosas de grupos heterodoxos; así como la venganza propiciada en el desenlace que después es refrendada y aceptada por don Juan de Austria. En definitiva, este proyecto se ha excedido en sus ambiciones y se ha complicado en demasía; no obstante, su elenco realiza una labor encomiable.

 

Amar después de la muerte

Autor: Calderón de la Barca

Dirección: Carlos Martínez-Abarca

Versión y dramaturgia: Carlos Martínez-Abarca y Verónica Morejón

Reparto: Olga Díaz, Irene Maquieira, Verónica Morejón, Alberto Barahona y José F. Ramos

Textos intervenciones: Maní-Obras Teatro

Diseño sonoro y dirección musical: Irene Maquieira

Música original: Irene Maquieira y José F. Ramos

Diseño de iluminación, espacio escénico y vestuario: Antiel Jiménez

Confección de vestuario: Hilando Sueños

Diseño de cartel y programa de mano: Chío Romero

Dirección de producción: Julio Prego

Compañía: Maní-Obras Teatro

Fiesta Corral Cervantes (Madrid)

Hasta el 20 de junio de 2021

Calificación: ♦♦

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