Los días felices

Fernanda Orazi se pone en las manos de Pablo Messiez para darnos una clase de interpretación en esta adaptación del Beckett más simbólico

Foto de marcosGpunto

Los días felices de Samuel Beckett puede ser una obra de lo más sencilla; aunque si nos empeñamos en la sobreinterpretación puede resultar tan abstrusa como deseemos. Lo que sí parece evidente es que el texto sigue conteniendo un discurso potente y actual en grado sumo, de hecho, ahora mismo es casi clarividente. Eso sí, hemos de reconocer que su dramaturgo redujo al límite las posibilidades espectaculares y, esa circunstancia, es lógico, provoca que todos aquellos que desean poner sobre las tablas su propia adaptación lo tengan extremadamente difícil para llamar la atención a todos aquellos que conocen la obra. Aun así, Pablo Messiez ha conseguido ofrecernos un montaje preciso, donde todo el peso recae en una interpretación exquisita de Fernanda Orazi. Su Winnie está lanzada por una alocución remarcada en pausas sincopadas, en gestos del rostro medidos, en una expresividad de los brazos que muñequizan a la protagonista, y que se adentra en una logorrea abusada por la reiteración. En la adaptación del argentino Messiez le ha dejado a su actriz que mantenga su acento porteño y le ha concedido algunos dichos que, en cierta medida, a nuestros oídos, potencian irónicamente el estereotipo neurotizante y parlanchín que solemos atribuirles. En el primer acto, una insoportable rutina se desgrana con el hálito del entusiasmo. Inmovilizada de cintura para abajo, encastrada en un montículo de escombros y la sensación, como así será, de que todo puede ir a peor. La vida misma y la vejez consiguiente, la existencia misma y el sufrimiento. El lado optimista, como la demagógica conferencia de los coachs y su maldita psicología positiva. Winnie emprende un ritual mnemotécnico para autoconvencerse de su estatus. Es un acto, en cierta parte, iluminador; en el que reconoce el páramo de nihilismo y abulia en el que se encuentra la sociedad que la circunda. No hablamos de un teatro del absurdo; sino que se aproxima directamente al simbolismo, a la metáfora, como Simón, el Estilita, bajo el tamiz del cinismo. Claro que es Sísifo y, si se quiere, Job. La voluntad de Schopenhauer anuncia un nuevo día, un ciclo de nimias variedades, como las de un animal «preocupado» únicamente por su supervivencia, pero sin el pesimismo del filósofo. Aquí debe sobrevivir la condición socioeconómica, como aquellos hipócritas que denunció Quevedo o Gracián o el propio Lazarillo. Maquillarse, hacerse las uñas, husmear en el bolso repleto de artilugios inútiles que se convierten en el asidero fundamental que evite la locura o la desgana final. De lo poco que escenográficamente se puede innovar, la propuesta de Elisa Sanz es clarificadora. La escombrera hiperrealista tiene sobre sí una pantalla cosmológica, de astros desconocidos, tres soles abrasadores en el albor del apocalipsis cíclico. Impresiona visualmente; porque ese marco resulta todavía más agónico. Luego, el trabajo de luces de Carlos Marquerie percute en lo esencial, en el ritmo constante hacia la noche y hacia el renacer fulgurante, cegador. La potencia de esa experiencia es una contribución inapelable. Muerte y resurrección, metempsicosis, repudio del suicidio como empuñadura heroica. Por otra parte, la presencia de Willie, un Francesco Carril de balneario depresivo, situado moral y físicamente en las antípodas de su mujer. Sudoroso y repugnante, silencioso y profundamente serio. Es un papel breve; pero altamente significativo, que se resuelve con fina consecuencia. Todos los elementos se arrastran hacia un segundo acto, algo más breve, donde observamos ―tras subir y bajar el telón― que Winnie tan solo es capaz de mantener la cabeza fuera. La lucha por no perder la razón se acentúa y las frases cortas, como dispuestas en un poema dadaísta, producto de la escritura automática, se abalanzan en un diálogo sin respuesta con su esposo. Orazi aprieta la cadencia y adopta un rictus de luminosa superviviente de la inteligencia. Es una delicia fijarse en su vocalización, en esa dificultad para sacar adelante esa oración repleta de recuerdos troceados e inanes. No dejarse ir, no caer. Un acto de fe, como el de aquellos cristianos que renuncian a la eutanasia y que en su moribundez le dan gracias a Dios. Ni es heroico, ni es propio del mártir, quizás tenga que ver con la obsesión, con el miedo o con la estupidez. Si hace apenas unos meses asistíamos a nueva versión de Esperando a Godot para trazar un camino a la ignota esperanza; aquí regresamos a un tiempo que transcurre en la aparente aniquilación; mientras se nos convence de que hasta en una situación ruinosa los días pueden ser felices. Más contemporáneo no se puede ser.

Los días felices

Autor: Samuel Beckett

Traducción: Antonia Rodríguez Gago

Versión y dirección: Pablo Messiez

Reparto: Francesco Carril y Fernanda Orazi

Escenografía y vestuario: Elisa Sanz (AAPEE)

Iluminación y vídeo: Carlos Marquerie

Espacio sonoro: Óscar Villegas

Ayudante de dirección: Javier L. Patiño

Ayudante de escenografía y vestuario: Paula Castellano

Ayudante de iluminación y vídeo: David Benito

Diseño de cartel: Javier Jaén

Coproducción: Centro Dramático Nacional y Buxman Producciones

Teatro Valle-Inclán (Madrid)

Hasta el 5 de abril de 2020

Calificación: ♦♦♦

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