La respiración

A Sanzol se le ha ido la mano en esta función y se ha puesto cursi hasta la saciedad

la_respiracion_escena_18Alfredo Sanzol es un dramaturgo perfectamente asentado y reconocido en la escena española. Tras un periodo en el que la estructura basada en sketchs de sus obras era la predominante (Sí, pero no lo soy o Delicadas o En la luna) ha pasado, desde Aventura! (2012), a historias que perviven en una única trama y en un solo argumento. Siempre se ha destacado el escritor navarro por su destreza a la hora de trazar diálogos ingeniosos, sorpresivos y repletos de un humor chocante y paradójico, muy basado en lo inverosímil, sin llegar al absurdo. Diríamos que La respiración y su anterior obra, La calma mágica, forman un díptico de la sanación. En aquella, Sanzol se curaba del fallecimiento de su padre y en esta que nos presenta en el Teatro de La Abadía, de su separación. Hablamos de dolor, angustia y parálisis frente a una vida que necesita recobrar el sentido. En ambas obras recurre al mismo proceso psicoterapéutico: la fantasía como forma de huida hacia lugares inexplorados para dejar que los recuerdos torturadores tomen un acomodo más llevadero. Pero lo que en La calma mágica era un viaje iniciático a través de una seta alucinógena, con tintes surrealistas y un relato vivo y zigzagueante; en esta, en La respiración, la protagonista, el alter ego de Alfredo Sanzol, nos sobrepasa con un discurso verborreico, excesivamente expuesto y tajante en el que apenas deja hueco para el requiebro. La situación es clara: sufre tanto que no puede vivir. Su madre intenta introducirla en otros ambientes para airearla, pero no asistimos a ningún proceso mágico o ritual, sencillamente aparecen unos personajes que la acogen con deseos de amor y sexo. Uno se esperaba, conociendo la trayectoria del autor, sus habilidades y su capacidad para el asunto profundo revestido de irónico circunloquio, algo más fraguado, menos evidente, menos cursi. Desgraciadamente parece que Sanzol ha soltado la espita del artista y se ha abierto en canal y nos ha lanzado todos sus sentimientos sin apenas freno.

Nuria Mencía se lleva el papel protagonista con una interpretación redonda conducida como si fuera en una montaña rusa de emociones. Su madre, Gloria Muñoz, nos plantea, quizás, la visión más serena en lo interpretativo, es la que sujeta más los desmanes del resto, aunque ella misma sea toda una liberada de la vida. Los demás deben lidiar con personajes que apenas se esbozan con un par de líneas y que incluso resultan redundantes. Pau Durà es Íñigo, un fisioterapeuta que no parece masajear con mucha profesionalidad, y que el actor resuelve con elegancia. Por su parte, Pietro Olivera, Andoni, hace de maestro yogui, quien al principio parece mostrarse como un líder, pero que enseguida pierde fuelle, también le imprime gracia a la función. En cuanto a Camila Viyuela se muestra tan segura como encantadora; y Martiño Rivas, aunque comienza un poco bajo de tono, después resulta poderoso y es el que se lleva una de las escenas más estrafalarias de toda la obra. Sus habilidades con la botella de vino permanecerán en nuestro recuerdo. Por lo tanto, cogiendo estos personajes algo desdibujados en sus pretensiones vitales, no queda más remedio que aceptar que los tres hombres son uno solo manifestados en tres generaciones y, de la misma forma, las mujeres. Y es que la trama tiende a la formación de una especie de comuna hippie de sexo libre y música “happy”. Porque, esa es otra, se gastan un bailecito y unas cancioncitas escritas por el propio dramaturgo que uno ya no sabe si es un revival ibicenco o un anuncio de compresas.

Indudablemente nos encontramos con varios diálogos y salidas de tiesto absolutamente alucinantes, frescos y llenos de gracia. Pero se echa de menos la doblez, lo sorpresivo y una coherencia frente al dolor que manifiesta la protagonista en su discurso. No se nos puede vender que esta incursión fantasiosa en la autoayuda funciona a las mil maravillas, porque, entonces, nos adentramos en un blando ejercicio de ñoñería increíble. Todas las obras de Sanzol poseen un punto de seriedad que las vertebra, por eso su humor es acibarado; en esta, sin embargo, parece que se olvida de que si el sufrimiento es tan hondo se necesita llegar más lejos y, además, aceptando que la heridas tardarán todavía más en cicatrizar del todo; por esa misma razón, no se puede terminar de esa forma tan edulcorada. Falta conflicto, parece que llegan a un acuerdo poliamoroso como si los mismos principios que le han hecho sufrir y que son los del idealismo romántico (hablan, y mucho, de lo que supuso ver a sus ex parejas besar a otra persona distinta) hayan desaparecido por completo.

Sinceramente, en La respiración a Sanzol se le ha ido la mano, le ha pillado, lógicamente, en mal momento. Se ha puesto cursi hasta la saciedad. No hay más que leer sus palabras en el programa de mano: «…es un regalo para todos los que hayan visto el pabellón de su autoestima en lo más alto gracias al amor. Para todos los que hayan visto el pabellón de su autoestima en lo más bajo gracias al amor». Seguro que pronto volverá el mejor Alfredo Sanzol con ese humor exagerado y chocante al que nos tenía acostumbrados. Y, a pesar de todo lo afirmado, un aura de encanto permanece en el aire.

La respiración

Texto y dirección: Alfredo Sanzol

Reparto: Pau Durà, Nuria Mencía, Gloria Muñoz, Pietro Olivera, Martiño Rivas y Camila Viyuela

Música: Fernando Velázquez

Letra de las canciones: Alfredo Sanzol

Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar

Iluminación: Pedro Yagüe

Fotografía: Javier Naval

Ayudante de dirección: Laura Galán

Ayudante de producción: Sara Brigueras

Producción ejecutiva: Jair Souza-Ferreira

Director técnico: Alfonso Ranos

Construcción de decorado: May Servicios

Realización vestuario: Ángel Domingo / María Calderón

Dirección de producción: Nadia Corral / Miguel Cuerdo

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 28 de febrero de 2016

Calificación: ♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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