Blast

El Teatro María Guerrero es ocupado por un atisbo de performance juvenil para insistir en las consabidas quejas de las nuevas generaciones

Blast - Foto de Luz Soria
Foto de Luz Soria

Teatro en Vilo ha completado su involución con este espectáculo. Con su montaje Man Up ya nos puso en la pista de que estaban abrazando con fuerza el cosmos woke; pero el desenfreno payasesco que le insuflaba Noemi Rodríguez salvó aquella espeleología absurda de las nuevas masculinidades. Ahora, nuestras creadoras han hecho un casting entre 970 almas menores de 26 años y, oh, sorpresa, han hallado —no les habrás costado mucho— el elenco multidiverso, multifactorial y multivictimista para responder en escena a la siguiente pregunta: «¿Es posible cambiar el mundo desde un escenario?». Créanme, ni siquiera lo intentan.

No se ha visto un montaje más desastroso en el Teatro María Guerrero desde su fundación. Carente de ideas, deslavazado al máximo, con unos intérpretes que no saben cómo ocupar el espacio cuando no les toca hablar y repleto de todas esas niñerías insoportables de una generación que ha sido implosionada. La lástima es que no parecen darse cuenta de que sus «males» no se solucionan únicamente con el abracito que reclaman. Porque a eso vamos, señores, al amor. Que quieren que les hagamos más casito, que nos les vale con los tropecientos miles me gustas de sus redes favoritas, que el resto somos demasiado privilegiados y que no les dejamos respirar.

El espectáculo no tiene sentido. Alessio Meloni les ha dejado las paredes en blanco impoluto para que plasmen sus eslóganes predilectos, a saber: «Antifascistas» (hoy todo es fascismo), «God is trans» (siempre lo ha sido) y «Se vienen cositas» (ojalá). Toma ya provocación. La murga de cada uno es más patética que la anterior; y son dirigidos con tal desidia, que terminan por hacer el ridículo. Merece la pena señalar la escena cumbre. Llamémosla «Misa» (laica, como no podía ser de otra manera): Álex Silleras, quien ya nos contó su historia en la Transformación, de Paloma Pedrero, y que se desenvuelve con soltura (me gustaría pensar que está ahí por esto y no por cumplir con la cuota «trans»), manda poner en pie al público (este accede, por supuesto) y propicia una especie de «¿Quién es quién?». Por ejemplo, preguntas de este estilo: «¿quién puede pagarse un psicólogo?» o «¿quién llega a casa pronto para acostar a sus hijos?». Al final quedan en pie los «afortunados», perdón, los «privilegiados» (dale otra vez), que son todos aquellos que están un poco mejor que el prójimo. Y después se nos pasa el cepillo para que aportemos dinero para comprar entradas para esta obra para las personas que no pueden permitírselo (han leído bien). Con los fácil que es dejar entrar gratis al personal que lo desee. Pero pasan más naderías en este teatro público dirigido por Alfredo Sanzol. Conchi Espejo hace (de ella) de superheroína ecologista, ya cree ella que no usa plástico (vivirá flotando en un valle cántabro) y nos suelta la arenga sin aportar un ápice de consistencia. Observando a estos «representantes» del futuro, el menor problema que vamos a tener va a ser el cambio climático, las pandemias, las guerras o las invasiones extraterrestres.

Además, Alejandra Valles, que deambula sin ton ni son, quiere una camisetita con «Sufro poco» sobreimpresionado; el activismo de merchandising tiene esta potencia; luego se borra con el primer lavado. Tenemos todavía más criaturas. Julia Adun está ahí para representar la rabia de las mujeres negras en un griterío sin desarrollo. Luego, pues departe de amor con un espectador rompiendo el ya de por sí inexistente ritmo. Su compañero, Nadal Bin, también negro, directamente cae en el lloriqueo para relatarnos su retahíla de injusticias sufridas como ser despreciado en el deporte (déjenme que lo ponga en duda, cuando suele ocurrir precisamente lo contrario). Por otra parte, nos relata la historia de un amigo gitano que quería ser arquitecto, pero no ha podido ser, puesto que lo han discriminado (déjenme que también lo ponga en duda, y sé de lo que hablo).  Por su parte, Saúl Olarte no se atreve a quemar la bandera de España y ansía travestirse a diario. Adelante. Y, finalmente, Iván López-Ortega es un chico muy blanco, y es cis, y hetero, y rubio (con melena) y, por supuesto, es un privilegiado (one more time) y no tiene ningún problema, y está ahí para ser un chivo expiatorio. Incluso yo diría que es inmortal. La verdad es que hay que reconocerle su entrega.

No dudo de la valía de este elenco, puede que tengan mucho talento; pero aquí no lo demuestran, porque han sido arrojados al albur a unas tablas para llenar dos horazas sin concretar nada. Es más, los cuarenta últimos minutos son un karaoke con éxitos que ya los Z desconocen: Taylor Swift, Celine Dion y Massiel. Lo importante es que, por fin pueden bañarse en la piscina de bolas, hacer la batalla de almohadas y disfrazarse de sirena. Los niños quieren jugar eternamente mientras lloriquean y se quejan, y los espectadores que aún quedan para estos montajes compran esto y lo que sea. Y no dudarán ustedes de que, con todos los errores habidos y por haber, pretenden usar, permanentemente el «todes», el «elle» y el «hije» en su colmo de la impotencia lingüística. Me sigo preguntando muy en serio a quién satisface este lenguaje infantilizado que no representa, a la postre, a nadie.

Creo que las creadoras de Blast, Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez, han sacado este término no de una onomatopeya, sino del Blastocystis hominis, y ya sabemos lo que produce este amiguito en nuestro organismo.

Blast

Texto y dirección: Andrea Jiménez y Noemi Rodríguez

Reparto: Julia Adun, Nadal Bin, Conchi Espejo, Iván López-Ortega, Saúl Olarte, Álex Silleras y Alejandra Valles

Escenografía: Alessio Meloni

Iluminación: CUBE BZ (María de la Cámara y Gabriel Paré)

Vestuario: Yaiza Pinillos

Movimiento: Amaya Galeote

Música y espacio sonoro: Fernando Epelde

Ayudante de dirección: Pablo Martínez Bravo

Ayudante de escenografía: Elliot Kane Cubells

Ayudante de vestuario: Pilar López Jurado

Realizaciones: Mambo Decorados y Sfumato Pintura y Modelado Escénico (Escenografía); Paloma de Alba, Sastrería Teatral Nieto y Cyber Goblin (Vestuario); María Calderón (Ambientación de vestuario)

Diseño de cartel: Equipo SOPA

Fotografía: Luz Soria

Tráiler: Bárbara Sánchez Palomero

Coproducción: Coproducción Centro Dramático Nacional, Barco Pirata y Teatro En Vilo

Teatro María Guerrero (Madrid)

Hasta el 19 de junio de 2022

Calificación:

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