La ternura

Parodia basada en las comedias de Shakespeare con un enredo sobre leñadores y princesas

Vuelve Alfredo Sanzol por los fueros donde mejor se desenvuelve. Y es que la seña primordial del dramaturgo navarro es su peculiar veta humorística, que vendría caracterizada por el desparrame, por la exageración y por el choque abrupto dentro de una situación habitual. Así comenzó su auténtico éxito en el 2008 con Sí, pero no lo soy, una obra descacharrante en la que se inmiscuía en las cotidianas rarezas de nuestro mundo contemporáneo; iba del particularismo local al azote general con auténtica destreza. En esta misma línea —bajo la estructura de sketchs engarzados—, presentó Días estupendos, concentrada en las aventuras veraniegas de unos jóvenes en un ambiente que termina por ser entrañable. A estas debemos sumar Delicadas y En la luna, con las que cerraríamos esta etapa marcada por su afán a la hora de interrelacionar historias con ese humor tan característico, que ha mantenido en trabajos posteriores cuando ha emprendido tramas con desarrollos más lineales, apartados de lo poliédrico (Aventura! o La calma mágica). La ternura es la segunda pieza, tras su Edipo Rey, dentro del Teatro de la Ciudad, el proyecto que puso en marcha hace un par de años junto a Miguel del Arco y Andrés Lima. Aunque toma como excusa las comedias de Shakespeare, podemos vincularla con La respiración, pues casi parece un estadio más de recomposición vital. Si en aquella se adentraba en las técnicas inspiratorias y espiratorias para superar una ruptura de pareja; ahora, con las fuerzas recobradas, atrapa la ternura como clave para aplacar las asperezas con las que ciertos individuos se aproximan entre sí. El argumento, por una parte resulta propicio para generar los paralelismos entre hombres y mujeres; pero, por otro lado, también parece algo esquemático, digamos que el propio Sanzol se ha encerrado en un corsé algo estrecho como para que el relato coja más vuelo. El propio dramaturgo inglés, cuando copiaba las estructuras de las novelas griegas o bizantinas establecía al menos dos tramas que tras varios enredos convergían en un final sorpresivo (como ocurre en La comedia de los errores). Aquí todo es más directo y los personajes, más allá de sus disfraces momentáneos, se reducen a seis. Inicialmente conocemos a la Reina Esmeralda, que interpreta Elena González, quien se alza como una lideresa misándrica de boca apretada y expresión enérgica. La actriz brilla plenamente con su ímpetu y nos arrastra hacia su corriente. Está acompañada de sus hijas: la Princesa Salmón y la Princesa Rubí. La primera es Natalia Hernández, quien acoge su papel con astucia y con candor, alguien que sí desea estar con varones y que espera que la cruzada de su madre no triunfe; la segunda es Eva Trancón, que dirige su interpretación con garra en los instantes donde ve que puede lograr su objetivo. Las princesas viajaban con la Armada Invencible hacia Inglaterra para cumplir con sus matrimonios concertados por Felipe II, hasta que su madre, capaz de realizar conjuros extraordinarios, las envía a una isla aparentemente desierta donde podrán vivir felices sin hombres; aunque se encontrarán con una sorpresa. En paralelo tenemos la versión masculina, Juan Antonio Lumbreras nos deleita con un discurso marca de la casa, muy sanzoliano, en el que desbarra —como antes ha hecho su rival femenina— sobre tópicos y costumbres en las clásicas guerras de hombres contra mujeres; pero llevado hasta lo esperpéntico. Este es sin duda uno de los momentos álgidos del montaje (luego, otras retahílas —como la de Elena González con la comida olvidada— justificarán la asistencia a La Abadía). Sus hijos, el Leñador Verdemar, interpretado por Paco Déniz con esa capacidad para llenar el escenario con la bonhomía que expele; y el Leñador Azulcielo, que Javier Lara, en el papel de hijo menor, está ávido de experiencias y muestra su inquietud de forma muy resolutiva. Cierto es que este elenco, al que aún le falta una pizca de rodaje, funciona a través de una compenetración especial, producto de muchos años de trabajo y talleres de improvisación; consiguen que el espectador se involucre y disfrute de una función que dura dos horas, un tiempo algo excesivo para desembrollar el asunto. Porque básicamente se meten en la cazuela aquellos elementos característicos de las comedias shakesperianas (Sanzol se ha empeñado en irlas nombrando en los diálogos y esto me parece innecesario) para trazar esta historia un tanto naíf en la que el juego de correspondencias, como he dicho antes, es asfixiante para el proceder de la obra. Los encuentros de ellos y ellas nos recuerdan a Trabajos de amor perdidos, llegan hasta la isla como en La tempestad; vemos conjuros propios del Sueño de una noche de verano y el director, como inspirado por Puck, se atreve con un desenlace inusitado que no podemos revelar aquí. Igualmente aparece el tema de la homosexualidad al estilo de Noche de reyes, aunque no se desarrolla lo suficiente; el Leñador Azulcielo, tan falto de prácticas parece motivado por el encuentro erótico, por los empujes químicos, y no distingue ni entre sexos, ni entre sus propias tendencias. Demasiado fugaz. Es necesario señalar, que en esta colección permanente de «homenajes» se echa mano de la parodia y, por lo tanto, de una connivencia con el espectador que acepta los acortamientos temporales, un uso del espacio inverosímil y unos gags que nos suenan enormemente a los Monty Python. El travestismo de las aristócratas con sus barbas intercambiadas, remite también a La vida de Brian. Pero lo que diferencia a los cómicos británicos de Alfredo Sanzol —y aquí viene la gran pega que le encuentro a La ternura— es que aquellos pretenden criticar y satirizar su sociedad, ya sea en los aspectos religiosos como en los meramente culturales (véase El sentido de la vida). ¿Adónde nos lleva esta propuesta? ¿En qué medida trasciende la metarreferencia shakesperiana? ¿De verdad el concepto de ternura posee la fuerza necesaria como para ser la clave de bóveda de esta obra? La ternura consiste en quitarse las barreras protectoras que la experiencia romántica impone, porque venimos de una tradición platónica y judeocristiana donde el amor conlleva grandes dosis de sufrimiento, tantas como de placer sublime. La ternura sería el reblandecimiento de nuestras durezas emocionales a través del cual se establece una comunicación erótica o amorosa, según el caso. A nuestro dramaturgo se le debe exigir más, más capas epistemológicas. Desde mi punto de vista, el devenir de esta comedia no desborda por la ternura, sino por el descubrimiento de sensaciones inéditas o arrinconadas propias del enamoramiento.

Está claro que la función posee una factura artística formidable. La iluminación de Pedro Yagüe en tonos violáceos, propios de la magia y el misterio, empasta absolutamente con el espacio escénico —unos enormes cortinones laterales que simularían tres cuevas y que propician la entrada y salida de los personajes por las diversas aberturas— y el vestuario —uso simbólico de los colores que van acorde a las personalidades de los habitantes de la isla y sus nuevas inquilinas— de Alejandro Andújar. De igual manera, la música de Fernando Velázquez da ritmo a las idas y venidas generando dinamismo. En definitiva, aunque me ha faltado mayor enjundia en el contenido, estoy seguro de que el público, en general, disfrutará bárbaramente y reirá hasta llegar a la carcajada.

La ternura

Texto y dirección: Alfredo Sanzol

Reparto: Paco Déniz, Elena González, Natalia Hernández, Javier Lara, Juan Antonio Lumbreras y Eva Trancón

Espacio escénico y vestuario: Alejandro Andújar

Iluminación: Pedro Yagüe

Música: Fernando Velázquez

Diseño de caracterización: Chema Noci

Ayudante de dirección: Beatriz Jaén

Ayudante de escenografía y vestuario: Almudena Bautista

Producción ejecutiva: Jair Souza-Ferreira

Ayudantes de producción: Elisa Fernández / Sara Brogueras

Dirección de producción: Miguel Cuerdo

Comunicación: El Norte Comunicación

Fotografía: Luis Castilla / María Arteaga

Producción: Teatro de la Ciudad y Teatro de La Abadía

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 4 de junio de 2017

Calificación: ♦♦♦

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