Historia de una maestra

Paula Llorens adapta e interpreta esta novela de inspiración biográfica de Josefina R. Aldecoa en el Teatro Fernán Gómez

Historia de una maestra - FotoEn esta misma Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez se representó hace un año el espectáculo Lorca, Vicenta, en el que se daba cuenta de las vivencias de la madre de Federico García Lorca, quien fue maestra a finales del siglo XIX. También observábamos, hace unas temporadas en el Centro Dramático Nacional, un montaje titulado La esfera que nos contiene, que se concentraba en los avatares de unos maestros, estos ya en la República. Ambos proyectos nos pueden servir de referencia para adentrarnos en esto que nos muestra Paula Llorens con la adaptación de la novela de Josefina R. Aldecoa.

Reconozcamos primeramente que tiene interés el propio relato. Qué mejor que recurrir a las experiencias de una enseñante para retratar un periodo en el que España tenía unos niveles educativos nefastos (y aún no estamos como debiéramos en comparación con los países de nuestro entorno). El intento que se pretendió llevar desde 1931 es auténticamente loable, más allá de gestos anticlericales. Es más, lo que vino después, tras la guerra, confirma aún más su valía.

Partimos de 1923, fecha en la que Gabriela López Pardo adquiere el diploma que le permite ejercer la docencia en las escuelas. Profesión compleja ya en sí, y mucho más en una época donde el control de los caciques de turno, la tozudez de los alcaldes (de los que dependió durante mucho tiempo el sueldo de esos pobres enseñantes) y las reticencias del clero ante tamaña intrusión eran grandes trabas. La ilusión de esa joven es más que palpable y comprensible. Había que enseñar a niños y a niñas de diferentes edades, de diferentes aptitudes, con desiguales apoyos de sus familias, y sin que la obligatoriedad de acudir a las aulas se impusiera. Todo inconvenientes para estos docentes que se las veían muy solos y, la vocación, era su único apoyo firme.

El problema en esta pieza, en todo caso, es el planteamiento tan candoroso, tan naíf que impregna el argumento. La forma que tiene Llorens de declamar las frases —algunas pausas que parecen paladear las palabras— resulta chocante e ingenua, curiosamente escolar. Siento decir que a la obra le faltan matices en la expresión, que el arco dramático tiende a la planitud; porque no parece adecuado que el hecho de que la quisieran violar en Guinea no fuera un trago verdaderamente amargo o que, por poner otro ejemplo, la revolución minera en Asturias, en la que estuvo implicado su marido, no supusiera un gran desbarajuste en su vida. Y es que se pasa tan de puntillas por tantos hitos que no se termina de concretar ninguno de los hechos. Ya sea casarse, ya sea tener una hija o que lleguen las Misiones Pedagógicas, con esos voluntarios a intentar alfabetizar a los muchachos y a darles a conocer el mundo, transcurren por la propuesta sin asentarse. Da la sensación de que mejor hubiera sido renunciar a ciertos vericuetos biográficos en pos de una mayor hondura de lo fundamental o, en todo caso, haber alargado un montaje que es breve (setenta minutos).

Y sí, claro que la actriz aspira a meterse en una multitud de personajes; pero con un poco de impostación de la voz y algún gesto sobrevenido, no vale para que nos hagamos una idea de todas esas gentes con las que se va relacionando. Y es que estamos hablando de situaciones auténticamente convulsas, como el golpe de estado que dio comienzo a la Guerra Civil. Por momentos, insisto, parece que nuestra protagonista es incapaz de mostrarnos emociones más profundas ante circunstancias tan angustiosas.

Luego, el espectáculo utiliza pocos elementos (una pizarra, una mesa, una butaca y algo más) y la iluminación de Víctor Antón, en su exceso, tampoco fuerza esos matices emotivos a los que me refería antes. Como tampoco parece que Gemma Miralles haya indagado más en cómo trasladar a las tablas una intimidad, un pensamiento, un monólogo que deben hacernos vibrar. Puesto que esto no puede ir solo de contar, sino de vivenciar, de transmitir una amalgama de acontecimientos que para nosotros ya quedan lejanos; aunque todavía podamos relacionar ciertas deficiencias en nuestra sociedad de aquellos barros.

Esta obra fue célebre y la autora fue bastante reconocida por la sociedad, también gracias a su labor como impulsora de un colegio como fue el Estilo. Una institución —que cerró hace unos pocos años— que estuvo auspiciada por todos sus amigos de generación (Martín Gaite, Ferlosio o Fernández Santos) a los que les horrorizaban las escuelas de Franco. Josefina, como deja detallado en su novela, tenía un amplio bagaje familiar, pues su madre y su abuela habían sido maestras en La Robla (León) y había intentado estudiar todas esas ideas y procedimientos que se pusieron en marcha con la Institución Libre de Enseñanza. Porque, además, esta función nos debe valer para comprender cómo había que romper con el anquilosamiento educativo en el que estaba anclado nuestro país, fundamentalmente por culpa de una Iglesia inepta a la hora de asumir el destino de la nación. Así, los primeros brotes de laicismo, juntar a chicos y a chicas, acercarse más a la naturaleza, hacer gimnasia, forzar el espíritu crítico o desarrollar las habilidades artística requerían otro modo de pensar la educación, que es lo que se procuró llevar a cabo durante la República, extendiendo a toda la población lo que se había probado antes en algunas élites culturales, como las que se hospedaron en la Residencia de Estudiantes.

Por todo ello, esta Historia de una maestra es, desde mi punto de vista, una propuesta algo timorata y demasiado triturada para que pueda llegar a un público más amplio.

Historia de una maestra

Autora: Josefina R. Aldecoa

Dirección: Gemma Miralles

Interpretación y adaptación: Paula Llorens

Iluminación: Víctor Antón

Vestuario: Joan Miquel Reig

Espacio sonoro: Damián Sánchez

Escenografía: Los Reyes del Mambo

Caracterización: Mercedes Luján

Diseño gráfico: Joan Santacreu

Vídeo: Nirvanna Imatge

Fotos: Juan G. Sanz

Comunicación: Mar Sanjuan

Producción ejecutiva: Cactus Teatre

Distribución: Teresa de Juan (Tdj Producciones)

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 5 de febrero de 2023

Calificación: ♦♦

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Retorno al hogar

Daniel Veronese ha intervenido uno de los más célebres textos de Harold Pinter para dotarlo de gestos incongruentes

Retorno al hogar - Foto
Foto de Omar Antuña

Es Harold Pinter un dramaturgo que lleva ya un tiempo muy asentado en la escena española. En los últimos años no han parado de adaptarse sus textos (Tierra de nadie, El cuidador, El amante o Traición) y no han faltado buenos montajes (Invernadero). Este Retorno al hogar ya tuvo una oscura versión de Ferrán Madico en 2009. Los de Tribueñe realizaron la suya desde un punto de vistas altamente grotesco y efectivo. Nada parecido a lo que ha pretendido Daniel Veronese, quien ha tomado una serie de decisiones dramatúrgicas que han propiciado unas distorsiones innecesarias para un texto que ya tiene sus propias distorsiones internas. Ya desde el inicio, el adaptador ha incluido un chiste que trastoca el propio comienzo. Un tono de comedia a latigazos, a ratos, forzado por unas risas enlatadas que se cuelan de manera aleatoria en la mayoría de los casos tras la intervención de Sam, el hermano, el tío que también vive en esa casa familiar, el chófer, un Alfonso Lara que termina por ser más interesante; porque parece más críptico en sus alusiones tan tremendas. Ese efecto no solo es raro, sino incongruente. No viene a cuento. Luego, además, encontraremos otros efectos. Por ejemplo, el brevísimo baile ­—Rellán llega donde llega, en menudo lío lo han metido— enfocado con onirismo. Son detalles que entorpecen. Puesto que, en general, este montaje no fuerza la brusquedad o la vulgaridad que serían esperables. Esa levedad es la que engaña a los espectadores más despistados que, por momentos, se creen ante un drama de Tennessee Williams. Sigue leyendo

Del teatro y otros males que acechan en los corrales

La compañía Morboria se adentra en los entresijos del teatro áureo para propiciar una comedia que va más allá de lo metateatral

Del teatro y otros males - FotoParece que el reto se ha establecido entre La Abadía y el Fernán Gómez por ver quién monta la fiesta barroca más espectacular. Allá, con Vive Molière, el asunto parece más fino y versallesco, y acá no tienen problemas en adentrarnos hasta el caos, la vulgaridad y la pillería propios de la capital. Mucha mierda se huele en el desparpajo de los Morboria hasta sondear la astracanada adelantada a su tiempo, acogiéndose al ritmo del entremés y de la comedia de enredo lopesca. Con sus dosis de metateatro, evidentemente, que es lo que toca hoy en día y parece que es un tamiz inapelable por el que se debe pasar. Aunque aquí viene muy a cuento; puesto que nos vale para descubrir la precariedad sempiterna de aquellas compañías que veían imposible establecerse con cierta normalidad en alguno de los corrales madrileños. Sigue leyendo

Un animal en mi almohada

Vanessa Espín traza un breve y poetizado drama con aires lorquianos sobre una mujer maltratada

Un animal en mi almohada - FotoNo sé si podemos tener en consideración intelectualmente a una dramaturga que toma para sí la siguiente afirmación: «La violencia machista mata más que el cáncer. La violencia machista mata más que el terrorismo de ETA». Aceptar comparación tan espuria puede indicarnos por qué se discurre en esta obra de la manera que lo hace. Es decir, no intentar comprender las implicaciones sociales, culturales, económicas, biológicas, legales, morales y políticas del hecho para atinar con la solución más precisa.

Viene esta propuesta, estrenada hace unos pocos años, a sumarse a una serie de montajes cargados de buenas intenciones, con pretensión de denuncia en relación a la violencia ejercida contra las mujeres en el ámbito familiar. Piezas que se ofuscan tanto en el límpido objetivo, que terminan por ser enormemente simplificadoras. Me refiero, por ejemplo, a Ana, también a nosotros nos llevará el olvido o El grito, con las que encuentro similitudes dramatúrgicas y éticas. Sigue leyendo

Espaldas de plata

Xavo Giménez dirige en el Teatro Fernán Gómez una insuficiente pieza de su propia autoría sobre las cuitas morales de un publicista

Espaldas de plata - FotoÚltimamente, en la extensión del puritanismo, y de todos esos pruritos morales que pican como sarpullidos insolentes, cada ciudadano, afincado en esas cuitas, ha ido manifestando vox populi cuáles son sus líneas rojas con una furia extraordinaria. Gentes que niegan el pecado original y su vinculación al catolicismo parecen buscar una purificación de su alma y un perdón de sus pecados que los tiene viviendo en la angustia permanente. ¿He dicho ya que se reúnen en una supuesta izquierda? Sigue leyendo

El misántropo

Carol López y Xus de la Cruz transforman completamente la obra de Menandro para darle una perspectiva feminista

El misántropo - Foto de Jero Morales
Foto de Jero Morales

Podemos volver a la tan traída cuestión de las versiones; puesto que han dejado a la única obra que conservamos completa de Menandro en la raspa. La adaptación de Carol López y Xus de la Cruz es una obra nueva que parte de la inspiración del texto escrito por el dramaturgo griego. La han traído tanto a nuestra época que viene cargada con un discurso feminista que ya resulta repetitivo. Todo ello a través de una crítica a los urbanitas que buscan en el turismo rural una especie de recogimiento arcádico. Además, por supuesto, de incluir el toque gay imprescindible. Dicho esto así, puede parecer una comedia ajustada a lo políticamente correcto, a lo esperado por un público escorado a la izquierda biempensante. Y lo es, qué duda cabe; pero hay que reconocerle mucha inteligencia a la ironía que se introduce en los versos, a los juegos de palabras al más puro estilo Astérix y Obélix («neorruralis», dicen, por ejemplo) y a la capacidad que tienen las responsables de este espectáculo para darle consistencia a un argumento bastante simplón, forzando las interrelaciones de los personajes. Que sí, que es populachera; pero no se debe descartar tan a la ligera como otros montajes festivaleros. Sigue leyendo

Praga, 1941

La Joven presenta su primer monólogo, una adaptación de los diarios de Petr Ginz, un talentoso muchacho de catorce años que vivió en la Praga ocupada por los nazis

Praga 1941 Escena 1 Raúl Pulido (Foto-Ilde Sandrin)
Foto de Ilde Sandrin

Cuando hablamos de una «masa» ingente de muertos, un amasijo infame, uno se abruma y se siente impotente para discriminar entre cada una de las individualidades. Conocer alguna historia concreta y particular, aunque sea nimia, nos sirve para acentuar mucho más lo terrible de la hecatombe. Y sí, estamos ya bastante acostumbrados a contemplar obras sobre el nazismo; pero también es cierto que no paran de angustiarnos, porque comprendemos que no es imposible que algo así vuelva a ocurrir. Hace unos meses, en las Naves del Matadero, se representó Un hombre de paso, donde se relataba —como ya había desarrollado Juan Mayorga en su obra Himmelweg— aquella farsa de los nazis en el campo de concentración de Terezín (Theresienstadt), cuando embellecieron el lugar y le dieron un aire de normalidad que convenció a la Cruz Roja en una de sus visitas. Ahora nos situamos, para llegar al mismo lugar, al mismo horror, desde la perspectiva de un adolescente llamado Petr Ginz. Sigue leyendo

Tea Rooms

Laila Ripoll adapta la novela de Luisa Carnés para recuperar la memoria de aquel realismo social de los conflictivos años treinta previos a la guerra civil

Tea Rooms - Foto de marcosGpunto
Foto de marcosGpunto

Inadecuado y hasta espurio me parece encajar a la fuerza a Luisa Carnés (1905-1964) en el grupo del 27 y hasta en las Sinsombrero. No diré que su condición de mujer no influyera en su olvido; pero no estaría mal observar lo que le ocurrió a muchos escritores y escritoras de aquellos inicios del «realismo social», allá por 1928. Si observamos la nómina, acordaremos que la práctica totalidad han sido defenestrados. Contemplemos algunos ejemplos: José Díaz Fernández (autor de El blocao), César M. Arconada, Andrés Carranque de Ríos; o Matilde de la Torre y Rosa Arciniega. Si hasta María Teresa León ha caído en el abandono (tampoco intente comprar las obras completas de su ínclito marido). Sigue leyendo

Otra vida

Oriol Tarrasón presenta en el Teatro Fernán Gómez una visión sobre la tercera edad esperanzadora atravesada por la comedia

Otra vida - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

Si hace unas semanas Mario Gas se ponía al frente de un elenco septuagenario con Los secuestradores del lago Chiemsee, de Alberto Iglesias, ahora le toca Oriol Tarrasón acometer un desvelamiento de los tópicos sobre la tercera edad. Nadie podrá acusarlos ya de edadismo, que es otra más de las discriminaciones de nuestro mundo discriminante (y quejumbroso, claro); puesto que el protagonismo se lo llevan todo unos individuos que pretenden alargar su existencia como si la vigorosidad no decayera. Así ocurre que en Otra vida se anhela ofrecer un panorama antitópicos; para, a la postre, no profundizar en ninguno de ellos. Quizás esta moda de rejuvenecer a los ancianos embarcándolos en la multiaventura o en el acometimiento de aquellas actividades que nunca han realizado o que podrían continuar haciendo como si el cuerpo respondiera igual, no sea más que otro aldabonazo de la sociedad de consumo. Sigue leyendo