El grito

El sufrimiento de una mujer debido a la negligencia de una clínica de fertilidad sube a escena en un montaje altamente maniqueo

Cuando uno quiere defender una idea o una injusticia y se olvida de que existe no solo un lenguaje artístico, dramatúrgico, sino también un espectador adulto y capaz de atar cabos con inteligencia y madurez; entonces se escribe un texto maniqueo e inconsecuente con las loables luchas politicomorales. La obra de Itziar Pascual y Amaranta Osorio, quienes habían demostrado su buen hacer con Mi niña, niña mía, está repleta de hipérboles, omisiones inverosímiles y explicaciones innecesarias. Y si no fuera porque la productora Pilar de Yzaguirre ha configurado un equipo de profesionales de alto nivel, creo que El grito se hubiera quedado en espectáculo fallido. Vaya por delante que esta historia se basa en un hecho real; pero que eso no es razón suficiente como para exigir ni fidelidades ni verosimilitudes forzadas. El caso es que nuestra protagonista, llamada Aina Lóguez Amat, que es interpretada con viveza y muy buena disposición y credibilidad a lo largo de toda la función —su interpretación es la que mejor sostiene toda la trama— por Nuria García, se ha enamorado de su jefe (y viceversa). Trabajan ambos en una tienda de colchones, a ella la han convertido en empleada con contrato fijo y está enormemente ilusionada. El primer disloque brumoso lo hallamos en el personaje de él, llamado Rubén Torres, y en la caracterización que realiza Óscar Codesido, quien no encuentra una posible naturalidad, pues se ve algo constreñido en un papel que no sabemos cómo tomarlo. Pasamos de unos gestos románticos algo evidentes, a un tormento mental que ignoramos si es producto de algún trastorno próximo a la esquizofrenia o es que su insensato y repentino ataque de celos lo ha llevado por esos derroteros. En pocas escenas contemplamos cómo la pareja, después de pasar por una clínica de reproducción asistida, pues él tiene una vasectomía que complica la fecundación, se ve viviendo felizmente con dos mellizos. De improviso, en apenas unos minutos, él la despide, le ordena que se dedique al cuidado de los niños, llena el piso de cámaras —incluido el dormitorio—, con la excusa de que ha habido robos y, después, desaparece (y ya no vuelve a aparecer en la función). ¿Cómo tomarse un arranque así? El montaje discurre entonces hacia el thriller judicial; pero ya desconocemos las posiciones certeras de la otra parte. La confusión se apodera tanto de la protagonista como del espectador, pues no conocemos por qué un hombre solicita una prueba de paternidad sin la más mínima sospecha sobre los actos de su mujer. Todo es de una extrañeza supina. La cuestión es que una negligencia de la clínica ha propiciado que el semen no sea de Rubén y, por lo tanto, no sea el padre biológico y, por consiguiente, no tenga que hacerse cargo de la manutención de unos niños que no son sus hijos. Este es el caso. Y en esto se centra el juicio; aunque se nos quiera llevar por vericuestos como el machismo, la suspicacia estereotipada, el engaño y otros etcéteras que, pudieron darse en la realidad, pero que en la obra no se engarzan con coherencia. Por otra parte, el apoyo de su madre, una Ana Fernández muy sentida y sincera, resulta fundamental. Ahora, no se entiende la cantidad de texto que tiene este personaje que poco a poco va perdiendo la memoria y que no deja de ser secundario. En otro orden, Lucía Barrado hace de abogada de oficio y, a pesar de algunas frases algo llamativas como ciertas justificaciones para que el público entienda los tejemanejes judiciales, va cogiendo buena dirección. Es una abogada que va tomando partido por su clienta y que, por cuestiones deontológicas, desea llegar hasta el final; aunque no le reporte beneficios económicos. El aire de sororidad es un hilo que se va configurando según avanza el espectáculo. Porque en el lado contrario el tópico no se hace esperar. El director de la clínica, un José Luis Alcobendas fanfarrón y avieso, agarra su palo de golf para esputar sus malas artes. No puede aceptar que una excepción, un error, embarre la reputación de su empresa. Para ello ha contratado al típico abogado ambicioso y sin escrúpulos que encarna con solvencia Alberto Iglesias, quien no duda en ofrecer un gran puesto en su bufete a la abogada de oficio. Para rematar el maniqueísmo torticero, la jueza que encarna Carlota Ferrer con seriedad, se da cuenta de que no ha sido coincidencia que el director de esa clínica, curiosamente amigo de la infancia, la haya encontrado. Este es el cariz. Lógicamente, Ferrer asume su papel de justiciera y no se deja corromper e imparte, como no podía ser de otra manera, justicia. Asuman ustedes estas tesituras y no se vayan a despistar. Los hombres son malos, ambiciosos y desequilibrados mentales y las mujeres son inocentes, incorrompibles y solidarias. Un planteamiento así de burdo, poco bien puede hacer por el teatro y por el feminismo. Pero como afirmaba antes, el elenco, en general, hace un buen trabajo. También lo hace Adriana Roffi en la dirección, pues establece un ritmo adecuado dentro de los parámetros del texto. Además, la escenografía de Anna Tusell, en un reparto limpio y tripartito, da elegancia y sencillez visual jugando con unos paneles donde se proyectan sugerentes ventanas, y la sombra de un árbol que da cierta idea de protección. La iluminación de Paloma Parra es del todo pertinente, pues logra demarcar cada espacio en las transiciones y es capaz de potenciar el espacio más allá de lo cercano. En cuanto a la música interpretada por Carlota Ferrer en la voz y Alberto Iglesias con la trompeta, parece más un añadido que un acompañamiento fértil que vigorice la propuesta; aunque posea hermosura. El grito trae a colación una injusticia de la que presumimos no solo sesgos machistas, sino también clasistas, pues nuestra protagonista se había quedado desamparada económicamente; pero la disposición de los elementos convierte la función en una tosca historia sin profundidad sicológica.

El grito

Dramaturgia: Itziar Pascual y Amaranta Osorio

Dirección: Adriana Roffi

Reparto: Ana Fernández, Nuria García, Óscar Codesido, Lucía Barrado, Alberto Iglesias, José Luis Alcobendas y Carlota Ferrer

Escenografía: Anna Tusell

Vestuario: Guadalupe Valero

Diseño iluminación: Paloma Parra

Diseño audiovisuales: Elvira Ruiz Zurita

Música para escena: Carlota Ferrer (voz) & Alberto Iglesias (trompeta)

Ayudante de dirección: Elsa Chaves

Ilustración del cartel: Mercedes deBellard

Maquillaje y caracterización: Chema Noci

Fotografía: Xavi Vilanova

Dossier: Cristina Galán

Dirección técnica en gira: Íñigo Benítez

Dirección Ysarca y producción ejecutiva: Pilar de Yzaguirre

Subdirección Ysarca: Pilar Gª de Yzaguirre

Gerencia y dirección de producción: Elisa Ibarrola

Ayudante de producción: Nuria Sosa

El grito es una coproducción de Ysarca, Pilar de Yzaguirre, y el teatro Fernán Gómez. Centro Cultural de la Villa.

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 4 de abril de 2021

Calificación: ♦♦

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