Escena – Fin de temporada 2022-23

Coronada y el toro, de Francisco Nieva sobresale junto a La voluntad de creer, dirigida por Pablo Messiez. Hemos asistido a una temporada sin la carga pandémica; pero se ha insistido en el lenguaje complaciente de nuestros tiempos

Coronada y el toro - Foto de Javier Naval
Foto de Javier Naval

La estela pandémica aún puede percibirse en las programaciones; aunque las funciones se han podido realizar con bastante normalidad. Lo que sí parece asentado en nuestros escenarios es la pertinacia de lo políticamente correcto, del bienquedismo con el respetable, del peloteo a los que dan de comer, y de un conservadurismo, en definitiva, que se ve a diestro y siniestro. Sigue leyendo

Que de noche lo mataron

La tragedia de Lope, El caballero de Olmedo, encuentra un paralelo con un motero del presente en esta propuesta protagonizada con brillantez por Juan Cañas

Que de noche lo mataron - Foto de Carlos Andrés Pulido
Foto de Carlos Andrés Pulido

Muestra, ante todo, este espectáculo a un intérprete como Juan Cañas, que cautiva al público y que es capaz de cantar varias tonadillas a la guitarra, de recitar los versos de Lope sin solemnidad; pero con hondura lírica, de entreverar sus propias composiciones con las del guitarrista del XVII Luis de Briceño; y de moverse por el reducido espacio que ha pergeñado Juan Sebastián Domínguez, que tiene lo justo y necesario como para que nos situemos imaginariamente en ese camino aciago entre aquellos pueblos vallisoletanos: Medina del Campo y Olmedo. Sin descontar, por supuesto, una iluminación que propicia en la noche la sensación de fantasmagoría entre la niebla que inunda todo. Ya me parecería suficiente que la propuesta solo se hubiera centrado en la obra clásica; pues observar a un bululú reconfigurar cada escena posee una gran concisión. Sigue leyendo

Mañanas de abril y mayo

La adaptación de esta comedia de Calderón a cargo de Carolina África y con la dirección de Laila Ripoll resulta leve

Mañanas de abril y mayo - Foto de David Ruiz
Foto de David Ruiz

Previa a esta comedia, Calderón ya había demostrado su buen hacer con Casa con dos puertas mala es de guardar y con La dama duende, que son de 1629. Y esta que nos compete pudo haberse escrito en el 1632 o 1633. En cualquier caso, comparada con aquellas, esta es de una insignificancia apabullante; porque ningún personaje llega a comandar la acción como para que nos suponga un atractivo más complejo. Carolina África ya había acometido una modernización de similar calibre con la obra de Agustín Moreto El desdén con el desdén. En esta esta ocasión pienso que era más difícil salir triunfante, puesto que la disposición de nuestro dramaturgo áureo tampoco permite mucho recorrido como para que el asunto nos diga algo. Sigue leyendo

Sobre el caparazón de las tortugas

La nueva obra de Ignasi Vidal cae en el manido enfrentamiento de una pareja malavenida en el contexto de la Semana Santa sevillana

Sobre el caparazón de las tortugas
Foto de Antonio castro

Cuando se pretende condesar mucha información en muy pocas horas, como si hubiera que cumplir con la regla de las tres unidades (tiempo, espacio y acción) a rajatabla (aquí así ocurre), hay que tener una gran pericia para que las inverosimilitudes no lo lleven todo al traste. Desgraciadamente, el dramaturgo Ignasi Vidal no ha estado fino en el reparto comedido de lo relevante. En cierta medida, en su obra más célebre El plan, ya se dieron excesos en cuanto a cargar las tintas. Mejor le fue, desde mi punto de vista, con Dribblig, verdaderamente se concedía el oxígeno requerido. Porque en Sobre el caparazón de las tortugas —una metáfora que se nos explica debidamente como en un aparte cargado del melodramatismo de otro tiempo— la sempiterna bronca entre dos divorciados se manifiesta de una manera inverosímil, como si estuvieran más empeñados en que el público se entere de los avatares de su extinto matrimonio, que en jugar sus cartas con astucia. Sigue leyendo

Daniela Astor y la caja negra

La novela de Marta Sanz sobre los años del destape, adaptada por Mónica Miranda y dirigida por Raquel Alarcón, resulta pacata

Daniela Astor y la caja negra - Foto de La dalia negra
Foto de La Dalia Negra

Resulta llamativo que, con la abundancia de obras de teatro documento no se aproveche precisamente para llevar a escena una novela que trabaja, en parte, con un falso documental (cargado de fuentes reales extraídas mayoritariamente de internet); y que por escrito no luce tanto como en nuestra imaginación. Más extraño es si al frente de este montaje se sitúa Raquel Alarcón, quien hace unos meses ha dirigido 400 días sin luz, donde se intentaba trasladar la realidad de la Cañada Real.

Tengamos en cuenta que Marta Sanz (1967) publica su novela en 2013 y que los variados puntos de vista que adopta configuran un relato que se deshilvana en la adaptación de Mónica Alarcón. Primero, porque se establece un contraste realmente potente y persuasivo entre la mirada ingenua (para nosotros irónica, pues, en cierta forma le quita glamour a ese proceso de la Transición tan hiperbolizado) de una chica de doce años, que podría ser un trasunto de la propia autora, que juega a ser una de esas mujeres de armas tomar en plena época del destape, y esas diez secuencias —llamadas «cajas»— que se van intercalando, donde a modo de pastiche, artefacto camp o cutrelux, van apareciendo en entrevistas donde desfilan esas actrices que protagonizaron a su vez otro contraste, que es el que debería producirse en escena; pero que no se logra. Sigue leyendo

Mefisto for Ever

El Teatro Fernán Gómez acoge esta adaptación libérrima de la novela de Klaus Mann protagonizada por Sonia Almarcha

Mefisto for Ever - Foto de Laura Enrech
Foto de Laura Enrech

Toda la intrahistoria del Mefisto de Klaus Mann ya daría para mucho, si pensamos que el novelista tuvo un affaire con Gustaf Gründgens, el actor en el que se basó para escribir su novela. Lo verídico y lo ficcional se multiplican cuando lo metateatral, además, es uno de sus más sólidos contenidos. Y, por si fuera poco, el propio personaje de Goethe, embebido en las fuentes judeocristianas, es otro juego de máscaras absolutamente fascinante. Pero este montaje se apoya en el texto firmado por el dramaturgo Tom Lanoye; y cualquiera haya leído la novela o haya visto su magnífica adaptación cinematográfica realizada por István Szabó en 1981, comprenderá enseguida que no solo se han buscado vericuetos diferentes; sino que su máximo protagonista diría que posee otra moral. Y este punto me parece esencial; porque el Hendrik Höfgen de Mann posee un cinismo que se sustenta sí, en la ambición; pero no en una descarada inteligencia. Tenemos a un vividor, a un engreído. El Kurt Köpler que contemplamos en el Teatro Fernán Gómez posee unas ansias de carácter artístico que resultan fascinantes. Vemos a alguien afanado en el perfeccionamiento de su arte. Alguien que es capaz de transformar sus ideales por seguir siendo actor. No creo que en este Mefisto haya un amor exacerbado y existencial por su profesión; aunque, por supuesto, él se calza la máscara del seductor macabro.

Que todo el elenco lleve el rostro pintado de blanco —no con la perfección que vemos, por ejemplo, en la película; sino con los motivos del expresionismo alemán— también exige una forma de distanciamiento, que nos los deja insertos en un baile de máscaras que acentúan todas esas capas que debemos desvelar. En esto sentido, creo que resulta inevitable no acordarse de aquel Fausto, de Pandur, con algunos aspectos artísticos similares. Puesto que la escenografía y el vestuario de Anna Tusell y Arantxa Ezquerro poseen esa polvareda de ultratumba, de tiempo caduco y ceniciento, que estampa la decadencia de cierto idealismo, sustituido por otro mucho más desaforado. El fondo, como un muro hecho a jirones —no el de Berlín, todavía— está destinado a la propaganda desvencijada. La estética se caracteriza por una potencia inapelable, y más si se aprovecha la propia grada para hacer descender a los intérpretes por las escaleras de un lateral y así ampliar mucho más la visión en ese marco ya de por sí tan panorámico. Un acierto de Álvaro Lavín, no tanto en la dirección actoral; porque ha permitido un desequilibrio en las interpretaciones demasiado llamativo. Y es que Sonia Almarcha está definitivamente espléndida en el papel de Kurt Köpler. Cada personaje que encarna, en esa cabalgata de celebridades, desde el inicial Hamlet, los tamiza a través del Mefistófeles que va a llegar a ser; pero a mí su agilidad —sobre todo ese movimiento de piernas y de brazos— me ha llevado directamente al arlequín. Prácticamente en escena toda la función, absorbiendo los nuevos códigos de los mandamases llegados al parlamento. En los primeros embates de aquel día de las elecciones de 1933, cuando Hitler subió al poder, las posiciones dentro del grupo de teatro están bastante definidas. Iván Villanueva se queda con Victor Müller, un activo del Partido Comunista, y amigo de nuestro Kurt. El actor mantiene el tipo y sabe dibujar en su rostro tanto la preocupación creciente, como esas ansias que comparte con su colega de crear un teatro para el pueblo, que tenga un gran hálito revolucionario. Luego, en el otro extremo, quizás esté un poco aniñado el Niklas Weber de Nacho Redondo. El claro ejemplo de fascista de nuevo cuño, de odiador profesional y dispuesto a entregarse a la causa con toda su estulticia. Su mirada de antisemita es convincente y después, cuando parece más fuera de sí, todavía más. Aunque el papel que me parece que debería redondearse más es el del Ministro de Cultura, el Gordo; puesto que no me resulta verosímil cómo ejerce su dominio en las primeras escenas. Pienso que Darío Frías hasta bien avanzada la pieza no le imprime la fuerza necesaria a un tipo que debe ser tenebroso.

Luego, Elisabet Gelabert, cuando primeramente se mete en la piel de una gran actriz extranjera llamada Rebecca Füchs, impone su seguridad sobre las tablas para recibir el ataque de ese muchacho insolente de Niklas que no para de expeler ira. Más adelante, como Lina Lindenhoff, la actriz amante del Gordo, resultará más grotesca y hasta risible, cuando también se encarne en la reina Gertrudis.

En otro nivel se muestran Paula García Lara y Cristina Varona como actrices de la compañía, con poco fuste y con líneas que casi pueden demostrar hacia qué lado se escoran ante la incertidumbre política. Mientras que Esperanza Elipe, desde su butaca, hace de la madre de Kurt y se empeña en tareas de apuntadora. Le pone algo de humor a tanta rencilla.

En Mefisto for Ever asistimos al desarrollo de un carácter, de un quiero y no puedo, de un tipo que se agarra al arte; pero también a su ego. Mientras, idealmente, piensa que se puede jugar factiblemente con dos o tres barajas distintas; no obstante, apenas parece darse cuenta de cómo es asimilado hacia el mal. De cómo es usado por el poder, por esa estética del nazismo que ansiaba penetrar a través de todos los ámbitos de la sociedad germana. Desde luego, merece la pena asistir a las ambigüedades que atenazan a este Köpler.

Mefisto for Ever

Texto: Tom Lanoye (a partir de la novela de Klaus Mann)

Dirección: Álvaro Lavín

Reparto: Sonia Almarcha, Elisabet Gelabert, Esperanza Elipe, Iván Villanueva, Paula García Lara, Nacho Redondo, Darío Frías y Cristina Varona

Iluminación: Luis Perdiguero

Diseño audiovisual: Elvira Ruiz Zurita

Música: Iñaki Salvador

Espacio sonoro: Alberto Granados

Escenografía y vestuario: Anna Tusell y Arantxa Ezquerro

Diseño gráfico: Causa efecto

Ayudante de dirección: José Luis Sixto

Asistente de producción: Sara Pérez

Dirección técnica: Rafael Catalina

Producción: Meridional Producciones, Vaivén Producciones y El Gato Verde Producciones

Teatro Fernán Gómez (Madrid)

Hasta el 26 de marzo de 2023

Calificación: ♦♦♦

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Los desiertos crecen de noche

Las piezas breves de Sanchis Sinisterra enhebradas en un espectáculo de tintes vanguardistas en el Teatro Fernán Gómez

Los desiertos crecen de noche - FotoEn el Teatro menor, de José Sanchis Sinisterra se reúnen cincuenta piezas breves que son un puro juego, un divertimento, una indagación ontológica sobre la propia acción dramatúrgica; pero también, todo hay que reconocerlo, una impotencia a la hora de trasladar a escena unas pretensiones que «expulsan» al espectador de la experiencia estética, incluso al más consciente de los territorios que se sondean. Porque bien, como prólogo que es esa tesela llamada «Ahí está», donde una especie de exploradores en la total oscuridad descubren la luz, nos puede servir para dar comienzo; no obstante, ¿vale como obra autónoma? Ciertamente cuesta pensarlo. Otro asunto muy distinto es cómo se han enhebrado en esta propuesta con diferentes compases y con una proximidad muy elocuente. Sigue leyendo

Marat-Sade

La compañía Atalaya recupera para los escenarios este clásico contemporáneo de Peter Weiss, donde el individualismo se sitúa como espejo deformado de la colectividad

Marat-Sade - Foto de Félix Vázquez
Foto de Félix Vázquez

Nada tienen que ver los montajes de Luis Luque en el Matadero hace un par de años y este de Atalaya que data de 2015. Pues este último, más allá de las resonancias con nuestra actualidad —algunos temas siguen formando parte de nuestro humus político—, se ajusta con insistencia en los propios parámetros de Peter Weiss y las influencias del teatro brechtiano y de la crueldad de Artaud, que a la compañía sevillana tanto le fascinan. Sí que se percibe, si la comparamos con la versión fílmica de Peter Brook o con adaptaciones de hace un tiempo como la de Narros (lo de Animalario fue de otra manera), que poseen unas escenografías más naturalistas. Quiero decir que Ricardo Iniesta, en esta ocasión, quizás se queda un poco escueto con el uso de los elementos. Es su santo y seña, como hemos visto en estas últimas semanas con las bañeras de Elektra.25 o con las puertas de El avaro. Aquí las grandes cortinas blancas son efectivas en muchas escenas; pero pienso que, en general, no se llega a producir del todo esa inmersión en el agobiante manicomio de Charenton, más concretamente en los baños. A lo mejor también influye la amplitud del Teatro Fernán Gómez, pues su caja escénica es larguísima. En cualquier caso, está el asunto algo desubicado. Sigue leyendo

El avaro

La incursión musical de Atalaya con este clásico de Molière nos permite deleitarnos con la versatilidad y el ritmo de esta veterana compañía

El avaro - FotoLa celebración del cuarto centenario del nacimiento de Jean-Baptiste Poquelin se ha alargado exitosamente y no han faltado representaciones en su honor. Hace bien pocos meses el Vive Molière, de Álvaro Tato, se sumaba a otras funciones que han honrado al dramaturgo francés. Ahora Atalaya se enfrenta a El avaro, una obra que no ha tenido pocas adaptaciones en la escena española en los últimos años. Ellos han decidido pasarlo por el tamiz del musical; pero sin caer en el totalitarismo y permitiendo que todo se empaste de una manera muy fértil para propiciar la humorada. Sigue leyendo