Tiago Rodrigues continúa con sus narraciones en escena para trasladarnos las anécdotas de cuatro cooperantes internacionales

Si este montaje de Tiago Rodrigues fuera un poema épico, uno se dejaría llevar por el oleaje de los versos y por el ritmo que imprimiría la rima, se dejaría cautivar por la nebulosa que remitiría a espacios intangibles y a tiempos abstractos que confluirían en una sensación, un valor o, quizás, en una esperanza; pero esto no es poesía, es relato puro y duro, es respuesta a preguntas de carácter periodístico, no cuestionamientos de cariz artística, es decir, que vayan más allá de lo real. Aunque, por otro lado, que se nos nieguen los detalles geológicos (y geoestratégicos) o las diatribas políticas, tan fundamentales en los conflictos armados, nos evita el padecimiento. Convierte todo en un engrudo de buenos y de malos, donde, por supuesto, de lo poco que se puede concretar certeramente, es la inmaculada acción de la Cruz Roja, la cual no se nombra, pero resulta evidente. Como también ocurre con Médicos sin Fronteras. Tampoco se nombra a Occidente, aunque no hace falta esforzarse mucho para aceptar esa tremenda paradoja de perpetradores y, a la vez, de salvadores. Y esto lo digo yo aquí; porque alguna conclusión se debe extraer de un espectáculo tan monótono, a pesar de la dureza de algunas historias. Sigue leyendo



Últimamente, en la extensión del puritanismo, y de todos esos pruritos morales que pican como sarpullidos insolentes, cada ciudadano, afincado en esas cuitas, ha ido manifestando vox populi cuáles son sus líneas rojas con una furia extraordinaria. Gentes que niegan el pecado original y su vinculación al catolicismo parecen buscar una purificación de su alma y un perdón de sus pecados que los tiene viviendo en la angustia permanente. ¿He dicho ya que se reúnen en una supuesta izquierda?
Si el dramaturgo argentino versionó con mucho sentido hace unos años El rey Lear con
Resulta muy desconcertante esta pieza en los inicios. Uno se siente sin asidero posible en la lentitud de esos individuos que cargan sobre sí a muñecos que visten como ellos, como un doble, como un muerto viviente y su espíritu a punto de salir hacia el cielo. No deja de ser una visión, a la postre, de unos mineros y su entorno, petrificados bajo la lápida, intoxicados, enverdecidos por el cobre que se debe extraer. Pero hasta llegar a esto, la deriva es fantasmagórica, cuasi surrealista, una ensoñación marciana de la que debemos atar cabos. Y eso el espectador lo logra justo en los últimos quince minutos, cuando el montaje cobra gran sentido y hasta grandiosidad conceptual; porque se adentra muy valiosamente en un teatro social sui géneris. 
Conviene no escuchar este monólogo con el runrún de la Ley Trans de fondo, no vaya a ser que uno llegue incluso a considerar tránsfobo al autor, al especular con este gesto tan pirandelliano como cervantino de autodeterminarse, no ya en un hombre, siendo, en apariencia, Clara Sanchis una mujer, sino en un tipo concreto, es decir, toda una usurpación de la personalidad, sin recurrir al deep face, simplemente acogiéndose al pacto mágico de la ficción. Ya digo, cuidado con los efectos performativos del transformismo y de las patologías de nuestra entidad, no vaya a ser que desviemos el tema.