Demonios

Julián Fuentes Reta pone a funcionar el mecanismo brutal pergeñado por el sueco Lars Norén sobre las relaciones de pareja

Estamos bastante acostumbrados a las obras que reflejan el sempiterno tema del enfrentamiento de parejas y su acuciante prurito envidioso de lanzarse a la competición furibunda. Los ejemplos más cercanos en el tiempo pueden ser Los vecinos de arriba, de Cesc Gay y Un dios salvaje, de Yasmina Reza. Si a priori uno puede concebir que el esquema sobre el que se apoya Demonios es el prototípico; luego comprende que su deriva es de una radicalidad que aquí aplaudimos. El texto de Lars Norén es un desbarre de sinceridad que se agolpa en el multidiscurso simultáneo: la conciencia de cada personaje, los modos cívicos de comportamiento, los deseos imperiosos, las pulsiones ocultas y el juego de las apariencias tienen cabida en unos diálogos donde una sola frase puede comenzar por: «Sí, quiero whisky, gracias»; continuar con: «hace años que no vamos al cine»; y terminar con: «eres un hijo de puta». Puedes sentir pavor, sorpresa, angustia; te puedes partir de la risa. El dramaturgo sueco se provee del existencialismo que nos lleva al absurdo, a lo tremendamente paradójico, hasta que se llega, incluso, a sondear el surrealismo. Aflora la violencia, la bestialidad y hasta el sadismo. El sexo se vuelve irrefrenable. Y todo ello para hablar de la típica historia de una pareja. Frank, un tipo que ha llegado a casa con las cenizas de su madre en una bolsa de papel que reza: L.O.V.E. El piso, decorado con una instalación artística que ha costado treinta y ocho mil euros, y que está compuesta, entre otros elementos, por una cabeza de ciervo y un cartel luminoso con el lema: STATO DI CONFINE (por si no quedaba clara la situación); está completamente desordenado, gracias a la desidia de su mujer, Katarina, a quien le gusta dejar todo por ahí tirado. Ambos representan la abulia propia de aquellos que han perdido la capacidad de estimularse mutuamente. Su apariencia es algo esnob. Alberto Berzal enseguida muestra sus debilidades y esa falta de pericia para reanimar una relación moribunda; su interpretación se balancea entre el ímpetu corporal y sus dosis de paciencia, en un acertado desequilibrio. Su compañera es Paola Matienzo, una actriz que tiene una forma de proceder, de actuar, diferente al resto, digamos que pertenece a otra escuela; más allá del acento argentino, posee una dicción y una expresividad con mayor elongación. Los diálogos de estos individuos, inicialmente, parecen un tanto artificiales; incluso para ser el prólogo de lo que luego va a ser una mezcolanza de inconsistencias psíquicas. La subida de los vecinos, un matrimonio de edad parecida que vive esclavizado por sus pequeños vástagos, rompe la dinámica. David Boceta no pierde la oportunidad de escapar del círculo vicioso que lo arrastra sin fin; esa constante trabajo-crianza lo tiene amargado y sin motivación. Delante tiene a Katarina y él puede desplegar sus dotes de seducción, mientras saca las garras para vencer a su rival. Como en una danza ritual, al ritmo de la popular zarabanda de Händel, él (Tomás), y Frank, sacan a relucir sus diferencias y sus anhelos, las pretensiones de corte homoerótico y la animalidad de aquellos dos ciervos haciendo chocar su cornamenta como en el lance de la berrea. Por su parte, Ruth Díaz, cumple con su papel de madre quejosa de su marido en esa empresa que supone soportar día y noche a un recién nacido que se suma a otro pequeñuelos. El cruce de parejas se plasma como en una ensoñadora orgía, se mueven como si existieran en diferentes planos que se enseñan simultáneamente delante de nuestros ojos. Esa amalgama llega a fascinarnos tanto como a desconcertarnos hasta el final. Con tintes verdaderamente grotescos y bestiales como espolvorear las cenizas de su madre sobre la cabeza de su mujer. En la concatenación de acciones inverosímiles es cuando más brillan los cuatro actores, sacando a relucir sus dotes para introducirse en ese torbellino inmejorablemente engrasado de aniquilación. Nuestro mundo contemporáneo te vende múltiples y varias maneras para amargarte y pensar en el suicidio desde que te levantas. Parece que asistimos a un ejemplo más de que ni por la vía tradicional, ni por la vía liberal, las familias pueden cabalgar sobre un atisbo de felicidad. Al contrario de las obras antes señaladas sobre el tema de las parejas, esta que nos compete ofrece una profundidad absolutamente inasible, se adentra hasta lugares adonde es preferible no arribar y que, sin embargo, nos constituyen. En cierta forma, es una aproximación nietzscheana que constata hasta qué punto nuestra fortaleza ha quedado demediada por las estructuras de la urbanidad.

Desde luego, Julián Fuentes Reta ha realizado un estupendo trabajo en términos generales. Su decisión para llevar a cabo este montaje ya nos dice mucho de su valentía dramatúrgica; de alguna manera entronca con aquel Hard Candy que montó para el Centro Dramático Nacional y que no me llegó a convencer tanto como esta propuesta. Pocos peros se le pueden poner a la función, quizás la falta de ritmo inicial y esa forma algo antiestética que tienen los vecinos de acceder al piso, enfrentándose a una puerta imaginaria entrando por un lateral. Debemos destacar la labor de Juan Sanz Ballesteros y Miguel Ángel Coso en la escenografía, puesto que nos lanzan toda una serie de símbolos (como la instalación antes referida) que se entrelazan perfectamente con el texto. Por su parte, Joseph Mercurio, ha diseñado una iluminación que sobresale fundamentalmente en el epílogo, cuando todos los personajes se nos muestran en tonos rojos mientras se auscultan y saborean en la penumbra. En definitiva, Demonios, resulta un espectáculo que nos empuja a indagar sobre todos aquellos instintos reprimidos con los que todos debemos vivir y que nos recuerdan cuál es la esencia de nuestra naturaleza.

Demonios

Autor: Lars Norén

Traductor y adaptador: Francisco J. Uriz

Director: Julián Fuentes Reta

Reparto: Alberto Berzal, Paola Matienzo, Ruth Díaz y David Boceta

Escenografía: Juan Sanz Ballesteros y Miguel Ángel Coso Marín

Diseño de iluminación: Joseph Mercurio

Diseño de sonido: Iñaki Rubio

Diseño de vestuario: Laura Renau

Producción: Giulia Bonnat y AZarte

Teatro Galileo (Madrid)

Hasta el 19 de marzo de 2017

Calificación: ♦♦♦♦

Texto publicado originalmente en El Pulso.

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