El peligro de las buenas compañías

obra escrita por el filósofo Javier Gomá, una comedia burguesa donde se mezclan los enredos con dosis de moralina sobre el mal que ejercen en nosotros los excesivamente buenos

El peligro de las buenas compañías - FotoDe un tiempo a esta parte, el filósofo Javier Gomá ha estado pergeñando su teoría de la ejemplaridad. Y esta tiene que ver con la dignidad y con la emulación, atravesada por la admiración. Si bien ya afirmé con aquel debut suyo titulado Inconsolable, que no me parecería que tuviera suficiente hondura; me afirmo más todavía cuando contemplo la ñoñería que destilan los personajes que deambulan sobre las tablas del Teatro Reina Victoria de Madrid. Porque si bien posee todo el cañamazo de las comedias neoclásicas, aquí la propuesta se escora precipitadamente hacia la insustancialidad de las comedias burguesas que tanto han distraído al público a lo largo del último siglo y medio, tan cargadas de un humor ramplón e inofensivo. Y si esta pieza no estuviera firmada por un pensador reconocido en el panorama intelectual español, pues apenas consideraríamos que es otra de esas obrillas para pasar el rato. Pero no, aquí se aspira a desarrollar una «comedia filosófica». Y uno se pregunta cómo se nos puede hablar de una manera profunda y consistente sobre el Bien, o sobre la comparación entre modos de comportamiento en la sociedad, con un par de matrimonios esbozados con cuatro detalles bastante insignificantes.

Porque a Fernando Cayo le toca hacer de gracioso insoportable, siempre con el chiste fácil (y repetido y machacón hasta la vergüenza ajena). Y eso que es un abogado exitoso, abducido por su trabajo, y que va a lograr un ascenso fenomenal. Muestra sus inseguridades emocionales manifestando una defensa radical de la institución matrimonial. A la vez que se irrita con su cuñado, el hombre sin mácula, que lo sume en el autodesprecio. Mientras que Carmen Conesa, que cuenta con un rol bastante secundario, a pesar de ser una profesora de Filosofía, exige más caso de parte de su marido. Tienen hijos pequeños; pero no hay problema por ese lado. Es que en esta obra no hay grandes problemas, son unos cincuentones burgueses, que no sabemos bien qué nos pueden aportar en su exquisito salón de club nocturno.

Al autor le interesa desvincular a sus personajes de la mundanidad y eso los convierte en planos. Ni siquiera en simbólicos. Aunque lo peor de todo es que Ernesto Arias hace de Félix, y este es un pánfilo. Y que un pánfilo, tan hacendoso él, tan cumplidor y poco misterioso, y tan aburrido y tan atento como falto de sex appeal, sea el ejemplo de bondad es risible. ¿O el dramaturgo pretende convencernos de que este bonachón de pura inercia que no debe demostrar sus virtudes ante los avatares complejos de la existencia nos debe inquietar?

Y que su esposa, Miriam Montilla, que sonríe a cada inhalación de aire, llame a su tumor Timoteo, y que se opere en un pis pas, y que le den de alta ipso facto, nos lanza de cabeza a la cursilería. Si encima insuflamos el asunto con enredos prototípicos y equívocos que, por supuesto, se resuelven sin más, y le sumamos un piano para teclear un poquito y canturrear canciones como «Quiero cansarme contigo» (como el título original del texto. No se refiere a un libro de autoayuda para malas madres), y si cada protagonista se dirige directamente al respetable para darle las explicaciones pertinentes; pues díganme ustedes qué podemos hacer.

Juan Carlos Rubio, quien domina excelentemente este tipo de espectáculos, introduce un ritmo idóneo; no obstante, al final, el propio texto queda atropellado hasta el punto de que la verosimilitud se corrompe sobremanera. Luego, buscar el final feliz para que el espectador se vaya a gusto a casa está bastante alejado de la controversia filosófica que debería permanecer en nuestra conciencia.

El peligro de las buenas compañías

Autor: Javier Gomá

Director: Juan Carlos Rubio

Reparto: Fernando Cayo, Carmen Conesa, Ernesto Arias y Miriam Montilla

Escenografía: Estudio deDos (Curt Allen y Leticia Gañán)

Iluminación: José Manuel Guerra

Vestuario: Silvia de Marta

Composición y dirección musical: Julio Awad

Ayudantía de dirección: Chus Martínez

Dirección de producción: Maite Pijuán

Jefatura de producción y producción ejecutiva: Álvaro de Blas

Ayudantía de producción: Marco García

Dirección oficina técnica: Moi Cuenca

Oficina técnica: David Ruiz

Auxiliares de producción: Iván Garrido y Diego Rodríguez

Jefatura técnica: Álvaro Guisado

Regiduría: Chus Martínez

Maquinaria: Mariano Carvajal

Sonido: Andrés Duffill

Realización de la escenografía: Readest

Realización de trajes de hombre: Camille de le Mans

Una producción de Lantia Escénica.

Teatro Reina Victoria (Madrid)

Hasta el 2 de mayo de 2022

Calificación:

Texto publicado originalmente en La Lectura de El Mundo

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