Andrea pixelada

Teatro comercial y electrizante para representar la vida de una exitosa recomendadora de libros en Youtube

Foto de Kiku Piñol

No podemos descartar la opción de tomar esta obra como una tremenda parodia a ese nuevo submundo de los booktubers, esos prescriptores, esos publicistas (también muy narcisistas), de libros ―la mayoría pseudonovelas rosa o de género fantasy―. Si lo miramos de esta manera todavía podemos sacar algo en claro. Aunque mucho me temo que la comedia Andrea pixelada, sencillamente, quiere mostrar, de manera un tanto alocada, la existencia de una de esas celebridades de YouTube. Hay que reconocer que los vídeos de estos individuos están grabados, muchos de ellos, bajo ese estilo tan electrizante y, diríamos, que agobiante, que cada frase es un eslogan, un lema, una directriz que se enfatiza como si te fuera la vida en ello. Más el aderezo de esas sentencias no aptas para diabéticos con las que abren y cierran su intervención. Y así lo ejecuta Roser Vilajosana, una actriz que arrastra una energía enorme y que demuestra tener grandes dotes para la actuación, pues su expresión es segura y directa y, además, asume con naturalidad la excitación de una muchacha algo endiosada y ególatra. Andrea nos canta su rap con mensajitos floridos y monos, con bailoteo incluido; y, después, nos deleitará con otras intervenciones musicales también con proclamas harto manidas en su gremio. Ya se sabe, que los profesores del instituto mandaban libros coñazo e insoportables y que eso ahuyenta a los futuros lectores. Otra chica que confunde la literatura con los libros. Podíamos por empezar a aceptar que el libro como tal está sacralizado y que el contenido de la mayoría de ellos merece perderse en el olvido. La dramaturga Cristina Clemente parece fascinada con esta moda y debe ser de esas personas que defiende la lectura en sí misma, como una actividad superior a otras, por aquello de creer que ahí se oculta la cultura. Todas esas noveluchas (lo de la poesía en Twitter va en la misma línea) de las que hablan los booktubers más famosos, no dejan de ser un mero objeto de consumo como puede ser una hamburguesa del McDonald´s o unos vaqueros del Primark. A los pocos minutos uno debe asumir que estamos ante una obra de carácter comercial y, por lo tanto, rebajada en exigencia, destinada a un público joven. La protagonista no solo ha llegado a los trescientos mil seguidores, sino que ha emprendido un taller de escritura en su propia casa. Sus dos «letraheridos» van a la búsqueda del secreto (el del éxito, claro, que es la suma de los «me gusta»). Aprendizaje no de mecanismos estrictamente literarios, sino puramente emocionales (publicitarios). Àssun Planas es una de las alumnas y acoge su papel con cierta languidez. Ha ganado un premio de novela y a partir de su análisis en la sesión de ese día se va a establecer un juego de realidad-ficción. Este procedimiento es el que debería vertebrar la función con auténtico equilibrio; pero lo que vemos es un barullo tremendo; y las mismas soluciones que se emplean en las telenovelas (los argumentos de las susodichas novelas suelen ir por este cariz); es decir, la explicación y la reexplicación para que ningún espectador se pierda y quede todo finiquitado. El otro alumno es Borja Espinosa, un hombre adulador y algo desfasado que pretende ser gracioso con los chistes más simples de toda la vida (no le falta ironía a la idea y llega a provocar buenas risas entre el respetable). La verdad es que ningún personaje ofrece suficiente contraste al terremoto de Andrea. Cierra el cuarteto Mima Riera, quien se ve postrada en una silla de ruedas en una terrible tetraplejia. Su participación es menor que la del resto y casi ocupa el lugar de un misterio por resolver, una incógnita que nos enganche hasta el final. Del montaje, seguramente, lo más destacable sea la escenografía de Paula Bosch, un cuarto de adolescente con huecos y cajones que van a deparar otros espacios y algún santuario maquiavélico. La iluminación de Guillem Gelabert procede con una pátina verdosa que nos sitúa con mucha inteligencia en esa posición intermedia de la realidad-ficción.

Los planes de fomento de la lectura son de un cinismo pasmoso. Al fin y al cabo, jamás se ha leído tanto en la historia. En todo caso se podrían promocionar aquellos libros que encierran un contenido valioso, más allá del puro y llano entretenimiento (aceptable en cierta medida). Aunque eso supondría la permanencia de una crítica, de unos criterios, de un estudio… y ya se sabe, en nuestra época, lo que manda es el gusto «libre» de cada uno (a ser posible fácil de digerir). El éxito de los booktubers es proporcional a la decadencia de los premios literarios, a la pérdida de credibilidad de los suplementos culturales en los periódicos y a la degradación posmoderna que ha traído ese mal entendido «todo vale» y del relativismo. Andrea pixelada comulga con la moda y evidencia lo que hay detrás: unos folletines infantiloides y unas buenas dosis de chismorreo en los centenares de comentarios que acompañan a estos vídeos. Creo que hay que ser más críticos con estas novedades tan prosaicas y tan dadas a una espectacularidad vacía. La tontería es la nota predominante en cada una de las redes sociales más populares. Carece de profundidad, de sentido. Y quien piense que del mero entretenimiento lector se va a pasar a textos más sesudos está absolutamente equivocado. El mercado te puede surtir hasta la eternidad de la bazofia más dulce y opiácea. A los adolescentes que hay que ilusionar con el mundo del antiaburrimiento perpetuo les encantará.

Andrea pixelada

Texto: Cristina Clemente

Dirección: Marianella Morena

Intérpretes: Borja Espinosa, Àssun Planas, Mima Riera y Roser Vilajosana

Escenografía: Paula Bosch

Iluminación: Guillem Gelabert

Vestuario: Berta Riera

Caracterización: Coral Peña

Música: Clara Aguilar

Fotografía: Kiku Piñol

Asesoría dramatúrgica de género: NUS cooperativa

Ayudante de dirección: Vicka Duran

Alumna en prácticas del MUET: Alba Cuenca

Agradecimientos: Jordi Casanovas, Sergi Belbel, Marc Angelet y Alberto Ramos

Una coproducción de la Sala Beckett, El Pavón Teatro Kamikaze y Teatre Principal de Palma

El Pavón Teatro Kamikaze (Madrid)

Hasta el 12 de mayo de 2019

Calificación: ♦♦

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