Juan Luis Iborra ofrece una adaptación vivaz de esta célebre película en el Teatro de La Latina
Después de los esperables resultados obtenidos en el Informe PISA, uno debe hacer el esfuerzo de interesarse por la educación que recibían en un colegio de élite estadounidense unos adolescentes destinados a continuar por el estrecho camino marcado por sus familias. Desde que se estrenara en 1989, El club de los poetas muertos se ha convertido en un clásico de las películas que representan la relación entre docente y pupilo. Ahora, observando la adaptación teatral, con el propio guionista, Tom Schulman, de visita en España, contemplo esta historia de un modo muy diferente. Por un lado, el discurso que desarrolla nuestro afamado maestro me resuena a las soflamas de algunos de esos coachs e influencers que aparecen por las redes. Sigue leyendo
David Serrano se ha ido asentando como director durante estos últimos años con proyectos de lo más variado. El año pasado presentó
Me pregunto si con esta producción del Teatro del Barrio, espacio tan dado al feminismo, a lo femenino, a la feminidad e, incluso, al hembrismo, no se ha perdido la oportunidad de tender puentes hacia la parte masculina de la sociedad, puesto que la obra trata de anarquismo. Esther F. Carrodeguas, quien continúa con su veta política y satírica como demostró en
Els Joglars retoma el montaje que pergeñaron en 2004 sobre El retablo de las maravillas: una multiplicación en episodios para despedazar moralmente las actitudes modernas. Los años que han transcurrido les han permitido adaptar las nuevas formas del esnobismo y de la estupidez contemporánea. Inicialmente recrean el entremés de una manera más aproximada al original de Cervantes ─como aquella propuesta de
Con varias Electras nos hemos encontrado en los últimos años a partir de propuestas variopintas, desde la recuperación de aquella 
Que cada dramaturgia de un clásico pase indefectiblemente en algunos teatros por la modernización reiterada es ya un cliché verdaderamente cansino. El empeño por captar a nuevos públicos exige adaptarse a sus preferencias y a su capacidad para entender un lenguaje nada convencional. También es cierto que algunas propuestas cuentan con un elenco que exprime sus virtudes y es capaz de brindar proyectos de gran solvencia interpretativa. Así ocurrió con
El Brujo no ha parado en todos estos años de hablarnos sobre su concepción de la espiritualidad. Se dice «rarillo», porque recoge de aquí y de allí para cuestionarse su propia existencia más allá de lo puramente material. Ya, por ejemplo, desde
La abundancia de comedias comerciales que caen en permanentes clichés y que apenas cumplen con las mínimas normas escriturales abarrotan ciertos teatros. Pero también es verdad que, a lo largo de los años, un pequeño grupo de obras sobresale por su ingenio, su viveza e, incluso, por su crítica social. Estas, además, se ganan el favor de unos espectadores tan diversos como numerosos. Por lo tanto, al menos, en una de sus acepciones, podemos certificar su éxito. Esto ha ocurrido con El secuestro, de Fran Nortes, un dramaturgo que ha triunfado con La extinción de los dinosaurios o con