La asepsia permea esta versión sobre la novela de Choderlos de Laclos en el Teatro Marquina
David Serrano se ha ido asentando como director durante estos últimos años con proyectos de lo más variado. El año pasado presentó Un tranvía llamado Deseo, aunque la obra que ahora tenemos entre manos puede vincularse mejor con La Venus de las pieles, una función de 2014 que se representó en el Matadero. Las novelas de Choderlos de Laclos y de Sacher-Masoch las separan unos cien años, sin embargo, están conectadas por la tortuosa perdición del anhelo amoroso y de la seducción como juego macabro.
Las amistades peligrosas han dejado su huella principalmente a través de la visión de Heiner Müller con Cuarteto, ya sea con aquella propuesta plúmbea de Los gatos mueren como las personas o, sobre todo, con Barroco, el espectáculo dirigido por Tomaz Pandur, creador con el que trabajó el propio Roberto Enríquez en Fausto. No es este segundo un montaje totalmente comparable al que nos compete, no obstante, en el Marquina contemplamos una estética minimalista, una apuesta por la desnudez escenográfica, pues Ricardo Sánchez-Cuerda apenas sitúa un gran mueble central rojo que sirve de asiento y de cama, y, después, un conjunto de espejos rotos en el techo. La negrura sobresale y Juan Gómez-Cornejo consigue que esos rostros maliciosos se impongan. Luego, Elisa Sanz ha apostado por unos trajes de gran elegancia, con negros y blancos, pero muy próximos a nuestra época. Esto implica un claro distanciamiento respecto del siglo XVIII. No hay posibilidad de enmascaramiento entre maquillajes excesivos y peinados apabullantes, tampoco unos vestidos que denoten efectivamente el estatus, ni para que hagan destacar ciertos atributos físicos. O sea, los intérpretes están a la intemperie y debe demostrar su buen hacer actoral a partir de la ausencia de artificio. Y eso es lo que ocurre, por ejemplo, con Enríquez, quien personifica al vizconde de Valmont, un libertino imparable, pues requiere toda una primera parte para tomarle el pulso a su carácter y deshacerse de algunas vacilaciones. Más adelante sí, por supuesto, demuestra su enorme capacidad para dominar cada encuentro con las féminas. Su ex amante, la marquesa de Merteuil, posee la inquina de la mujer madura, que aún puede conquistar a jovencitos por sus propios medios, aunque exige aniquilar a toda una serie de muchachitas a través de expertos Casanovas. Pilar Castro se aplica con una prudencia sibilina manejando los hilos de cada conversación en ese juego repleto de trampas. Resulta el argumento todo un entramado de venganzas y de mentiras que nos lanzan hacia una vida de puro entretenimiento psicopático evidenciando, una vez más, que estas moderneces del ghosting y del love bombing estaban más que inventadas. Quebrar honores y salvarse del escarnio público hasta que venza solamente uno. Si nos fijamos en el epílogo, comprobaremos que la asepsia que se emplea todavía se expresa con mayor displicencia, ya que no se vivencia el fin de los caracteres, sino que se narra desde una posición tendente al hieratismo. Esta concepción estética que atraviesa la función provoca que los papeles secundarios no terminen de redondearse y acaben por ser las marionetas que esos manipuladores ansían convertirlos. La pobre Cécile de Volanges, la doncella recién salida del convento, puritana en demasía, es encarnada por Elisa Scianca con satisfactoria credibilidad, pero atrapada por su falta de voluntad. El abuso con el que procede el noble a la hora de introducirla en las técnicas sexuales como un maestro despreciable se ejecuta visualmente con bastante cuidado. Esa carencia de excesos contrasta con la intencionalidad de estos sádicos. Otro tanto le sucede a Marta Levenfeld cuando se mete en la piel de Madame de Tourvel. La actriz se mueve con soberana finura y logra resistirse a ese enamoramiento patético que representa Valmont, quien considera que esta es una presa verdaderamente preciada. Es otro personaje sin recursos suficientes como para ofrecer algún requiebro. Por otro lado, resultan algo confusos los roles que va adoptando Ivan Lapadula, por una parte, como criado, casi un mensajero que roba misivas de aquí y de allá, y, por otra, como Danceny, el humilde amante de Cécile, quien se muestra zarandeado por esa pareja de tahúres. Muy distinta es la conducta de Carmen Balagué, quien hace de tía de nuestro ladino don Juan, a partir de una serenidad muy necesaria para hacer contrapunto a los sentimientos más desarbolados.
A pesar de que en la adaptación de Christopher Hampton (tal y como recordamos de la célebre película) se renuncie en exceso a las cartas, teniendo en cuenta que hablamos de una novela plenamente epistolar compuesta por ciento setenta y cinco, hallamos momentos ─esencialmente en el segundo acto─ que brindan diálogos cargados de astucia. Además, la música de Luis Miguel Cobo cobra gran importancia, pues esa asepsia a la que me he referido queda matizada por una banda sonora excelente e intensa, llevando el peso de las transiciones, con todos los actores sobre el escenario desplazándose de acá para allá.
Autor: Christopher Hampton a partir de la novela de Choderlos de Laclos
Versión: Curro Novallas y David Serrano
Dirección: David Serrano
Reparto: Roberto Enríquez, Pilar Castro, Ángela Cremonte o Marta Levenfeld, Carmen Balagué, Ivan Lapadula y Elisa Scianca
Diseño de iluminación: Juan Gómez-Cornejo
Diseño de escenografía: Ricardo Sánchez-Cuerda
Diseño de vestuario: Elisa Sanz
Diseño de sonido: Luis Miguel Cobo
Ayudante de dirección: Rómulo Assereto
Dirección de producción: Eva Paniagua
Jefe de producción: Juanfran García
Una producción de Producciones Come y calla
Distribución: Fran Ávila
Teatro Marquina (Madrid)
Hasta el 18 de octubre de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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