Leonora

Alberto Conejero reconstruye las vivencias de Leonora Carrington en juventud en el Teatro de La Abadía

Foto de Susana Martín

En 2024, cuando presentó Alberto Conejero su monólogo En mitad de tanto fuego, protagonizado por Rubén de Eguía, demostró nuevamente su capacidad para permear de poesía el relato imaginario del héroe. Por su parte, de Natalia Huarte, quien ya atesora una larga carrera actoral a pesar de su juventud, cabe recordar su soledad en Psicosis 4.48. O sea, se unen los dos artistas en este proyecto para circular entre la intimidad, el padecimiento y la perdición del soliloquio entreverado de metáforas. Lo que ocurre es que el dramaturgo ha partido de Memorias de abajo, ese dietario que escribió la pintora en 1943, cuando apenas contaba con veintiséis años, donde confiesa sus controversias paternofiliales y sus periplos por internados y sanatorios de toda Europa.

Para indagar en los vericuetos profundos de esta mujer, el lirismo que impregna el tapiz es idóneo; pero también es cierto que, según progresa el montaje, resulta extraño que la pintura esté tan ausente. Y no me refiero a que debieran aparecer diferentes cuadros de aquella época (ya había mostrado alguno relevante en esa etapa), pues el espectáculo apuesta por el espacio vacío, muy alejado de cualquier naturalismo. Quiero decir que parece raro que no se ahonde en lo que supuso para ella desarrollar esa vocación. Me pregunto si es una propuesta que valga para conocer a Leonora Carrington o si su ejemplo vital sirve más como señalamiento de una señorita que se siente obligada a huir de su determinado destino. De hecho, tal y como afirma, llegó a verse, inclusive, bailando en el palacio de Buckingham rodeada de aristócratas.

La visión es retrospectiva. Arrancamos en Lisboa, cuando en aquel 1941 estaba a punto de viajar a Estados Unidos y luego a México con el que iba a ser su marido de conveniencia, Renato Leduc. Desde el inicio, un tanto tenue, con una luz excesiva y la actriz ciñéndose a su personaje, mientras nosotros mismos nos acomodamos a alguien que nos interpela, la intérprete resulta fulgurante e inapelable en el dominio del cuerpo, con su delgadez aprisionando el cuadrilátero marcado. Incluso se liberará de la camisa para ofrecer su torso desnudo, en una de esas pocas ocasiones en las que avanza hacia los extremos de su angustia, cuando los fármacos intervienen sin freno. Esa «niña-centauro» nunca quiso entrar en vereda, menos aún, cuando su progenitor la envió a Florencia a una Escuela de Buenos Modales para la alta sociedad. Como atravesada por el síndrome de Stendhal, surgió en ella una fuerza imparable que la llevó a tomar los pinceles con ímpetu.  

Desde que descubre el surrealismo a través de un libro y de que se enamora de Max Ernst, un cuarentón en la cúspide de la vanguardia, convendría establecer nexo entre su fervor y la comprensión de esa estética nueva que bebía de las teorías de Freud, que se alimentaba de los mundos oníricos y que era auspiciada por seres con ínfulas sectarias. Es decir, lo biográfico nos arrastra con turbulencia sin la reflexión sobre lo que tenía entre manos.

Indudablemente esta Carrington consigue seducirnos y hacernos comprender que está en uno de los lugares más convulsos. Los nazis han llamado a la puerta de su casa, están en Francia, y han venido a buscar a Max para llevárselo. Ella encuentra la escapatoria en trasladarse a España. No falta la remisión a García Lorca un tanto traída por los pelos en aquel 1940 (entiendo que el autor no lo puede evitar). La violación que sufrió en El Retiro se convierte en una de las escenas más subyugantes. La respiración entrecortada y los detalles más escabrosos pasan en un suspiro, pero la huella permanece sobre las tablas. Aunque sea en la distancia, su padre es capaz de controlar la vida de su hija y por eso esta acaba en el sanatorio de Peña Castillo en Santander. El sanguinario doctor Morales incidirá en las heridas abiertas de esa psique maltratada. Después, un nuevo exilio se transformará en una solución factible a su entuerto. México será el hogar propicio.

Conejero, en su trabajo como director, potencia la fluidez y el aprovechamiento de ese territorio delimitado por el hilo lumínico que ha situado Leticia L. Karamazana para que la imaginación surja en cada gesto de su actriz. En este sentido, el movimiento y la palabra, los versos en la prosa, infunden atracción. Siempre los ojos de Huarte, cuando los dirige al público, destilan esa verdad de quien está transida por una vivencia genuina.

Leonora

Texto y dirección: Alberto Conejero

Elenco: Natalia Huarte

Producción ejecutiva: Kike Gómez

Música y espacio sonoro: Luis Miguel Cobo

Diseño de iluminación: Leticia L. Karamazana

Asesoría de movimiento: Luz Arcas

Fotografía y vídeos: Susana Martín

Ayudante de dirección: Laura Rozalén

Diseño de vestuario fotografías: Yaiza Pinillos

Maquillaje y peluquería fotografías: Irene López Pachón

Firma audiovisual «Leonora Carrington»: Albert Coma

Mirada externa espacio escénico: Pablo Chávez

Una producción de Teatro del Acantilado y Producciones Come y Calla

Con la colaboración de Contemporánea Condeduque

Teatro de La Abadía (Madrid)

Hasta el 13 de septiembre de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐

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