Pepa Pedroche reconvierte este clásico de Lope en una comedia musical en los Teatros del Canal
Que cada dramaturgia de un clásico pase indefectiblemente en algunos teatros por la modernización reiterada es ya un cliché verdaderamente cansino. El empeño por captar a nuevos públicos exige adaptarse a sus preferencias y a su capacidad para entender un lenguaje nada convencional. También es cierto que algunas propuestas cuentan con un elenco que exprime sus virtudes y es capaz de brindar proyectos de gran solvencia interpretativa. Así ocurrió con La dama boba que pudimos observar hace unos meses en esta misma Sala Verde. Si hacemos los paralelos correspondientes, pues la concepción estética es similar, comprobaremos que, quizás, el equipo actoral que ha organizado Pepa Pedroche no era el más adecuado para demostrar brillantez en todos los apartados puestos en juego. Primero porque decidir que esta obra derive hacia la comedia musical supone contar con unos cantantes solventes. Lo que encontramos es que Beatriz Fernández, como Euterpe, cumple perfectamente con esta labor, aunque no está integrada en el propio drama, sino como una ejecutante que, desde un teclado, entrega su gran voz. Sin embargo, Lucila Gondolfo, quien sí debería estar más expuesta en la propia trama, si bien entona con potencia, su directora Gerarda apenas está esbozada. Y es que ocurre así con la dirección en general y con la versión de José Luis Alonso de Santos. Se impone una pátina naíf que permea el montaje. El propio creador de la música, Alberto Vela, quien participa como Cupido, guitarra al frente, ha compuesto unas canciones que favorecen más la alegría ─en ocasiones, la cursilería─, que la recreación de las ideas que anidan en el texto. En segundo lugar, las coreografías de Alberto Sánchez Diezma, a pesar de su sencillez, evidencian que el plantel no está formado por bailarines (dejémoslo ahí). Por otra parte, la escenografía de Alessio Meloni ofrece una factura muy convincente, pues destila una taciturnidad romántica y misteriosa con la iluminación tan pertinente de Juan Gómez-Cornejo y Ion Anibal, quienes han delimitado excelentemente el espacio escénico. Más controvertido se puede juzgar el vestuario de Daniel Torres, quien conjuga elementos puramente actuales (gorra, zapatillas…) con la firme intención de atraer a los jóvenes, con trajes que potencian la elegancia en un sentido más pulcro de algunos personajes.
En definitiva, cada acción lleva el marchamo de la medianía, de no caer en excesos, del anhelo de claridad. Muy pocos caracteres se elaboran con entereza. Lo advertimos en el conde Valerio que interpreta Jacobo Dicenta. Alguien que quiere proteger a su amigo Beltrán (luego será Floriano) introduciéndolo en ese Hospital de los Inocentes que contemplamos. El aristócrata apenas aparece para quedarse prendado por la belleza de Elvira; pero ese enamoramiento no tiene solidez. Más consistente se declara Arturo Querejeta encarnando al doctor Cabezas. Este posee destreza en su verso y aprovecha su cordura para discurrir sobre los efectos del amor de los humanos. Es él quien plasma teóricamente el concepto del trastorno que atraviesan esos «enfermos», de esa volubilidad que implica sentir demasiado.
Los dos principales protagonistas son quienes llevan el mayor peso de la función; con todo, nuestro insigne Lope retrasa el nudo. Tampoco hallamos otros pretendientes con superior enjundia u otras subtramas que posibiliten equívocos con un recorrido más sugerente. Así que Daniel Muriel se reconvierte en Floriano, pues cree haber dado muerte al príncipe Reinero y, por ello, debe esconderse. Resulta graciosa su locura fingida, aunque no sea un actor ducho en manifestaciones estrambóticas. Se muestra más creíble en su donosura y en la seducción que emprende al toparse con Elvira (Erifila en la obra original), quien también está huyendo para evitar casorio de conveniencia. Florencia Otero inicia su alocución con poca soltura. Su acento argentino engarza con dificultad el octosílabo. Demuestra mayor brío en el canto y en el baile. Es una actriz que se desplaza por el escenario con presteza. No obstante, el flirteo entre ambos, si bien se resuelve con agilidad, no fuerza los límites esperables en dos individuos que deben simular la paranoia.
Por momentos, la representación cobra vuelo en la comicidad que despliegan cuatro de los internos, pues cargan con peculiaridades más atractivas. Primeramente, Tomás y Martín, acogidos por Xavi Caudevilla y por Guillermo Calero, respectivamente. Sus diálogos de tono filosófico permiten (entre Aristóteles y Platón) crear una atmósfera más verosímil que se acrecienta con Fedra y Laida, su criada. Aquella se imagina ser una reina (la susodicha subyugada por Hipólito) y Antonia Paso se da el gusto de soltarse en sus atrevidos requerimientos al galán recién llegado. Mientras que la otra, Ángeles Martín, gesticula e ironiza con agradable desesperación (se percibe su disfrute dentro del espectáculo).
Cuando aparece el príncipe Reinero, con la correcta actuación de Carlos Manrique Sastre, entramos en el epílogo explicativo que pretende arreglar el entuerto en un pispás, con la concreción de unos matrimonios que surgen de los emparejamientos habituales en estas comedias. La versión termina por ser demasiado complaciente y carente de complejidad. Si los temas que introduce Lope tienen interés, aquí los escuchamos como simples motivos para el juego de engaños y de padecimientos.
Autor: Lope de Vega
Dirección: Pepa Pedroche
Versión: José Luis Alonso de Santos
Reparto: Arturo Querejeta, Daniel Muriel, Jacobo Dicenta, Florencia Otero, Lucila Gandolfo, Xavi Caudevilla / Pepe Sevilla, Guillermo Calero, Antonia Paso, Ángeles Martín, Carlos Manrique Sastre, Alberto Vela y Beatriz Fernández
Ayudante de dirección: Lucía Bravo
Diseño de iluminación: Juan Gómez-Cornejo y Ion Anibal (AIV)
Diseño de sonido: Alberto Vela
Diseño de escenografía: Alessio Meloni
Diseño de vestuario: Daniel Torres
Coreografía: Alberto Sánchez Diezma
Una producción de la Comunidad de Madrid para Teatros del Canal. Coproducción con Club Media Network y el Complejo del Teatro San Martín de Buenos Aires.
Teatros del Canal (Madrid)
Hasta el 20 de septiembre de 2026
Calificación: ⭐⭐
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