Cádiz

Gabriel Olivares dirige esta entretenida comedia sobre tres hombres que ponen a prueba la entereza de su amistad

La crisis de los 40 o la llegada a esa frontera simbólica ya no es lo que era. Ahora, los hombres llegan a esa edad desde caminos bien distintos. Unos se acogen a la tradición y se asientan matrimonialmente y con descendencia, otros quieren retrotraerse a su mocedad con alguna novia más joven y otros parece que no han terminado de encaminarse en el rumbo apropiado. Existen más posibilidades, claro; pero Fran Notes ha elegido a tres tipos para crear una comedia burguesa (burguesita), de situación, de pasar el rato, de no molestar demasiado y de hacer reír amablemente. Desde el punto de vista escritural hay que reconocer que técnicamente está perfilada con sapiencia y oficio. Cada elemento está en su sitio y la estructura tripartita se divide con equidad. Otro asunto es el calibre y la transcendencia con la que se quiera navegar. Cádiz no se mete en jardines posmodernos, en teorizaciones sobre las «nuevas masculinidades», ni en posibles ofensas al feminismo dominante (con esto ya queda bien perfilado el tipo de humor. Tirando a blanco). Un variadito de roles masculinos, con sus semejanzas y sus diferencias, para que gran parte del público pueda sentirse identificado o pueda descubrir a algunos de esos especímenes en la vida real. Cada acto transcurre en la casa de un protagonista; y, entre medias, se introducen unas breves narraciones que hilan perfectamente el argumento para favorecer el dinamismo. Así avanza la historia, con unos saltos anuales que reconfiguran el contexto y que agitan los ánimos aún cadentes. Podemos afirmar que Fran Nortes se lleva al personaje más maduro y responsable, el abogado empático, el padre de una niña pequeña a la que cuida notablemente; mientras su esposa parece que se ha hecho las Américas con otro macho más enjundioso. El cuarentañero cocina y se amanera en sus reticencias morales cuando juzga las actitudes y el devenir de sus amigos; quienes se encuentran en un momento vital muy distinto. Nortes, en su doble función como dramaturgo y como intérprete, cumple con rigor y da juego escénicamente desde su presunta altivez. Inicialmente, también conocemos a Miguel, el prototipo de tío que aún no se ha emancipado, que tiene un trabajo precario y que arrastra dejes postadolescentes que nos hacen pensar en un friki. Onanista impenitente y gracioso sin malicia, que sirve de pegamento en ese trío cada vez peor avenido. Bart Santana demuestra una gran disposición para construir este papel algo simple; pero que es exprimido con sagacidad por su intérprete. La verdad es que el conflicto más serio y continuado de esta obra surge a partir de la irrupción de Adrián. Nacho López viene de subidón, le han tocado cuatro kilos en la lotería, se ha separado de su mujer y ahora está con una veinteañera. Se ha puesto pelo, cabalga en su nueva moto y regala botellas de whisky de precio prohibitivo. Un estereotipo peliculero para desbrozar las machistadas de turno con ínfulas de estilo. El actor esboza su sonrisa chulesca con soltura para batirse en duelo con Eugenio. Los tres colegas se descubren en recorridos de ida y de vuelta. Desde el éxito al fracaso profesional, desde la precariedad laboral hasta la marcha del nido paterno o desde la revitalización amorosa hasta la seudocrisis existencial resuelta con pildoritas new age. Por debajo de todos estos movimientos, se encuentra una especie de Arcadia feliz, el recuerdo de aquel viaje a Cádiz, donde la música, las drogas y la amistad se mezclaron para anquilosar un símbolo. Quizás, en la propuesta, la metáfora esté traída un poco por los pelos. No parece que se profundice excesivamente en la importancia de aquel lugar; seguramente, porque resulte anecdótico y sobredimensionado en su memoria. Aunque el espectáculo tiene claros sus objetivos: el entretenimiento, la diversión y propiciar un buen rato; es cierto, que recoge algunas ideas someras sobre el valor de la amistad y de cómo esta se desgasta cuando se pierden los puntos en común, el cariño y ese lenguaje íntimo repleto de satisfacción. Por otra parte, hay que reconocer que es un montaje con un par de puntos muy graciosos ―sobre todo, una especie de anagnórisis final, que evidencia el rechazo de algunos tíos a la procreación, y que se inserta en el instante más idóneo―. Además, sus ochenta minutos están trufados de pequeños gags y guiños que mantienen excelentemente el tono de comedia. Es una pena que estas obras que técnicamente poseen un esquema tan medido, no se atrevan a introducir una mayor hondura y una exploración más controvertida por los motivos más acuciantes de nuestro presente. Pero la pauta la pone un tipo de espectador, y el debate sobre esto ya nos lo sabemos. Finalmente, es justo valorar la magnífica dirección de Gabriel Olivares, quien ha dotado a la función de una agilidad interminable, que detectamos en el movimiento de los actores, y en el aprovechamiento permanente del espacio con las salidas y las entradas desde cualquier vía posible. Cádiz redunda en bastantes tópicos sobre los hombres contemporáneos; aunque algunos suenan un tanto anticuados. Al menos, todavía nos podemos reír de nosotros mismos sin ser tachados de nada.

Cádiz

Dramaturgia: Fran Nortes

Dirección: Gabriel Olivares

Reparto: Nacho López, Bart Santana y Fran Nortes

Teatro Lara (Madrid)

Hasta el 4 de octubre de 2020

Calificación: ♦♦♦

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