El club de los poetas muertos

Juan Luis Iborra ofrece una adaptación vivaz de esta célebre película en el Teatro de La Latina

Después de los esperables resultados obtenidos en el Informe PISA, uno debe hacer el esfuerzo de interesarse por la educación que recibían en un colegio de élite estadounidense unos adolescentes destinados a continuar por el estrecho camino marcado por sus familias. Desde que se estrenara en 1989, El club de los poetas muertos se ha convertido en un clásico de las películas que representan la relación entre docente y pupilo. Ahora, observando la adaptación teatral, con el propio guionista, Tom Schulman, de visita en España, contemplo esta historia de un modo muy diferente. Por un lado, el discurso que desarrolla nuestro afamado maestro me resuena a las soflamas de algunos de esos coachs e influencers que aparecen por las redes. Qué fácil, pienso, lograr que tus alumnos se ilusionen cuando poseen esa red de seguridad tan sólida. Lo difícil hoy es conseguir que todos esos muchachos y muchachas que lo tienen tan complicado no se vuelvan majaras con tantos cantos de sirena. Qué bien intentar cumplir con tus ambiciones; pero sin olvidarse de tener los pies en el suelo. Por otro lado, elucubro: ¿qué nos importan las vidas de esos bien avenidos tan alejados culturalmente de la inmensa mayoría? Y, si me apuran, resulta un tanto exagerado el desenlace, con Neil Perry decidiendo que, si no puede ser actor, que, si no puede interpretar Sueño de una noche de verano, su existencia no tiene sentido. Jacobo Camarera se muestra muy creíble en la energía que despliega según va avanzando la función, mientras mantiene el tipo frente a un padre tan exigente como el que encarna Tomy Álvarez con una firmeza incuestionable en sus breves intervenciones. Juan Luis Iborra solventa ese epílogo catastrófico de una manera similar a cómo resolvió una situación parecida en Oliver Twist: con rapidez. Por esa razón, el epílogo es abrupto y creo que no se prepara con el cuidado necesario. Muy distinto es cómo ha dirigido el resto del espectáculo, pues ha logrado un ritmo fenomenal a través del movimiento dispuesto por Luis Santamaría con sus coreografías. Por otra parte, las transiciones se benefician de una escenografía dividida en tres planos que ha ideado David Pizarro. Inicialmente, varios arcos de un claustro, que enmarcan al director Nolan, con un Manu Rodríguez muy seguro en su autoritarismo, en su presentación del curso, dan una sensación de vetustez, mientras que luego, cuando surge el aula, la profundidad con la gran pizarra y el espacio para que se desplacen con gustosa cadencia las mesas ofrece una perspectiva más afable. Aunque sea la cueva en la que se reúnen esos aspirantes a letraheridos, donde se manifiesta un ambiente mucho más seductor y que fomenta la imaginación, donde la iluminación de Juanjo Llorens es más persuasiva en la azulada tiniebla. En cualquier caso, la composición musical de Gerardo Gardelín es la que dispone una intensidad y una elocuencia de matices épicos para llenar una clase semivacía, apenas compuesta por seis estudiantes, pero que vibran como el doble.

Desde mi punto de vista, el tono que adopta Juanjo Artero en su interpretación de Sr. Keating es uno de los aspectos más novedosos. Lo hallamos en el rictus, en la voz y en un ímpetu, que, a diferencia de Robin Williams, resulta menos taciturno en las pausas. Sobre las tablas hay una bravuconería que engarza mejor con el arrebato y el romanticismo aventurero que trasluce Walt Whitman. El ¡Oh, mi capitán, mi capitán! se remarcará por todo lo alto. Esa visión de la vida, libertaria, casi anarquista, estimulada por la brutalidad de la naturaleza, se transmite con garra por nuestro actor, quien se exhibe imparable. Luego, creo que los muchachos, como ocurre en el presente, se reflejan inevitablemente más juveniles, no como los señoritos que aparecen en el film. Hasta Marcos Sainero, que hace de Richard Cameron, ese encorsetado discípulo que sufre por el incumplimiento de las normas, parece más pueril. Por decir que, Gabriel Flores es más ganso todavía en la espontaneidad que alcanza con Steven Mecks. A pesar de que resulta prototípico el enamoradizo de Knox Overstreet, Álvaro de Paz le pone candor. Por su parte, el autoapodado Nuwanda, nos deja a un Lennon Jon Sharp más apasionado cuando demuestra sus ansias de rebeldía y su petición imposible de que las chicas puedan ingresar en esa anquilosada institución escolar. Quedémonos también con la actuación de Sergio Aguado, quien elabora de forma muy consistente el papel de Todd Anderson. Es un personaje muy jugoso, con esa timidez de la que a duras penas se va desprendiendo junto a su amigo Perry. En él, la influencia de ese extravagante profesor se nos revela decisiva.

El montaje tiene su atractivo y se aprovecha con fundamento de la propia película; aunque siga ofreciendo un impulso romántico demasiado artificioso para ese contexto tan conservador.

El club de los poetas muertos

Autor: Tom Schulman

Dirección: Juan Luis Iborra

Reparto: Juanjo Artero, Manu Rodríguez, Tomy Álvarez, Jacobo Camarena, Gabriel Flores, Lennon Jon Sharp, Álvaro de Paz, Sergio Aguado y Marcos Saneiro

Diseño de escenografía: David Pizarro

Diseño de vestuario: Gabriela Salaverri

Diseño de iluminación: Juanjo Llorens

Música: Gerardo Gardelín

Coreografía: Luis Santamaría

Ayudante de coreografía: Carol Gómez

Una producción de Pentación Espectáculos y A&A

Teatro de La Latina (Madrid)

Hasta el 8 de noviembre de 2026

Calificación: ⭐⭐⭐

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