Albert Boadella y Ramón Fontserè reescriben su propuesta cervantina para satirizar sobre los acontecimientos del último decenio
Els Joglars retoma el montaje que pergeñaron en 2004 sobre El retablo de las maravillas: una multiplicación en episodios para despedazar moralmente las actitudes modernas. Los años que han transcurrido les han permitido adaptar las nuevas formas del esnobismo y de la estupidez contemporánea. Inicialmente recrean el entremés de una manera más aproximada al original de Cervantes ─como aquella propuesta de José Luis Gómez─. Que recurran a los caracteres de la comedia del arte los aleja de la estética garrula y eso potencia el engaño, pues el enmascaramiento actual nos puede pillar a todos con el pie cambiado. De algún modo, el primer cuadro en el palacio de los Daganzo ─en clara referencia a otro de los entremeses cervantinos─ resulta demasiado convencional, no obstante, sirve para enseñarnos a unos personajes que saltarán en el tiempo, si bien Javier Villena, haciendo de conde, consigue alcanzar el patetismo. Más nos importan las imposturas presentes que la pureza de sangre de antaño; a pesar de que, mutatis mutandis, valgan para lo mismo.
El problema es que la sátira costumbrista ha sido muy explotada en la televisión y muy digerida por el público. Principalmente se ha encargado de ello José Mota utilizando una serie de sketches en los que ha criticado abundantemente a la clase política y a las nuevas modas. Cierto es que ha perdido punch, aunque se han dado ocasiones en las que el acierto ha sido punzante. Eso mismo les ocurre a los Joglars. Creo que a veces los chistes son de trazo grueso, demasiado evidentes, en los que los aludidos son directamente nombrados (así sucede con el Ministro de Cultura) o imitados con gran verosimilitud (como pasa con Ferran Adrià). Si a ello se le añade un insistente motivo escatológico, podemos hallarnos en situaciones bastante burdas. De hecho, Ramon Fontserè, responsable de la dramaturgia junto a Albert Boadella, se enfunda el rol de cagón, de señorito con retraso mental que requiere defecar en cada uno de los actos. Poca pericia descubrimos si al final todo termina en la mierda ubuesca. Forma parte de su estilo, indudablemente, pero resulta reiterativo, siendo así que se podría dotar al espectáculo de mayor finura. Exprimen aspectos que han tratado en proyectos de estos últimos años como en ¡Que salga Aristófanes! Desde mi perspectiva, la tesela más lograda, más peculiar, es aquella en la que se genera una farsa sobre Escrivá de Balaguer. Ahora que parece que hay un revival de la religión, observar cómo aquellos que han fluido con su género se intentan recomponer a través de la devoción y del cambio de secta, es gracioso e incisivo.
Por otro lado, descuartizar una vez más el sistema del arte contemporáneo se nos impone como tópico. Hemos visto demasiadas veces el gag que representan. La serie Bellas Artes dio cuenta de las ridiculeces que acontecen en los museos. También ocurre en los escenarios. Un ejemplo muy definitorio lo encontramos en Una imagen interior, de El Conde de Torrefiel. No quiero citarme aquí, pero la reflexión es la misma: la «Mierda de artista», el churretón después de Pollock o el palé sobre la pared que se titula «Madera». Sobresale la interpretación de Rafa Blanca, quien se disfraza de chulesco crítico del periódico El País. No dudará en despreciar a las gestoras de la institución artística.
Cuando la alta gastronomía es la que se pone sobre el tapiz para filetearla, Fontserè engola aún más su dicción hasta el punto de la incomprensión para que el mejor cocinero del mundo lleve su creatividad hasta la estafa sonora. Lo curioso del caso, pues no han faltado parodias sobre nuestros más afamados chefs, es que los cándidos comensales son unos simples currantes y no burgueses aguantando el rictus. Pilar Sáenz y Dolors Tuneu acomodan sus gestos con precisión para deleitarse con la descripción de los platos a la espera de que sus estómagos queden satisfechos con las palabras. Muy distinta es la acción pertinaz de Pep Muñoz, quien no suelta su papel de arlequín más allá del vestuario. Su comicidad se desarrolla de una manera muy satisfactoria con cada una de las apostillas. Se le contrapone Bruño López-Linares mostrando su astucia como secretario de los condes para desbaratar aquella chifladura de esos Chanfallez y Chirinos.
Las nuevas piezas revitalizan esa mirada inquisitiva sobre el moralismo de la izquierda. En este sentido, los atacados están en nuestro gobierno y por eso mismo resulta conveniente que una compañía con tanto bagaje zumbe a los culpables de algunos de los desaguisados que nos circundan.
Dramaturgia: Albert Boadella y Ramón Fontserè
Dirección artística: Albert Boadella
Artistas: Ramón Fontseré, Pilar Sáenz, Dolors Tuneu, Javier Villena, Bruño López-Linares, Rafa Blanca y Pep Muñoz
Dirección técnica: Pere Llach
Espacio escénico: Joana Martí
Construcción escenografía y atrezzo: Pere Llach y Gerard Mas
Diseño de iluminación: Bernat Jansà
Diseño de vestuario: Pilar Sáenz
Vestuario época: Dolors Caminal
Ajustes musicales: Xevi Capdevila
Producción ejecutiva: Montserrat Arcarons
Comunicación corporativa: Nyam – Agencia Creativa
Comunicación prensa: María Díaz
Diseño gráfico: Darío Adanti
Fotografía: Silvia Belloc
Distribución: Els Joglars
Teatro Fernán Gómez (Madrid)
Hasta el 27 de septiembre de 2026
Calificación: ⭐⭐⭐
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