Fiesta de farsantes

José Luis Alonso de Santos adapta los pasos de Lope de Rueda para reflejarlos con nuestro presente en un espectáculo muy dinámico y divertido

Retrato por el Fotografo Pablo Lorente
Foto de Pablo Lorente

Este montaje es el claro ejemplo de lo que sí permite una adaptación al presente con desenfado, para constituir un pastiche repleto de coherencia. El teatro popular posee unos márgenes mucho más dúctiles como para que aceptemos una intervención mayor. Fiesta de farsantes es un collage extraordinariamente bien enhebrado, sin altas pretensiones artísticas; pero con una búsqueda del entretenimiento fascinante que logra rebuscar en una tradición española que tenemos absolutamente imbricada en nuestra cultura. Comprendemos a todos los personajes como estereotipos del siglo XVI, pero que son asimilables con muchos de los individuos que pululan a nuestro alrededor o que, incluso, somos nosotros mismos. Si acaso, el hambre pertinaz sea un signo inequívoco de aquellos tiempos y un motivo insoslayable para aguzar el ingenio. Además, como producto enteramente posmoderno, se entremezcla de una multitud de gestos y de puntualizaciones que resultarán imposibles de reconocer en su totalidad; porque van de lo más culto a lo más vulgar, de lo rural a lo urbano, de lo viejo a lo moderno, en extensiones muy diferentes. Sigue leyendo

El alivio o la crueldad de los muertos

Rubén Ochandiano crea unos personajes inermes para criticar la superficialidad de nuestro mundo actual

El alivio - FotoRidiculizar a gente ridícula puede convertir tu obra en ridículo y a tu planteamiento en altamente insignificante. Si degradas tanto el objeto a criticar —para posicionarte moralmente por encima, hemos de suponer—; entonces has diseñado un rival o un enemigo con el que batirte que, en su rebote polémico, te deja a ti como creador subido a un minúsculo peldaño. En resumidas cuentas, la estructura fundamental que debemos tener en cuenta para asimilar y comprender esta función es la que, en su momento, dispuso Hegel con aquello de la dialéctica del amo y del esclavo. A saber, los dueños de la casa donde nos encontramos —Rafa Lladó, responsable de la escenografía, redunda con ese espacio de aire dieciochesco, repleto de espejos y terciopelos rojos, en el romanticismo y en el decadentismo que transmite la obra— han decidido dar una fiesta de cumpleaños y, a la vez, despedir a su sirvienta (por razones difusas). Según la tesis hegeliana, el efecto de superioridad de los señores frente a su criada se ha perdido con el tiempo. Además, se han despojado de sus habilidades y se han convertido en unos inútiles. Sigue leyendo

Onán

Iñaki Miramón y Llum Barrera ven cómo se desvanece su matrimonio en esta dramedia de Nacho Faerna

Onán - FotoLos relatos sobre rupturas de matrimonios burgueses, producto de múltiples factores, pero inequívocamente motivados por el hartazgo, trufan la literatura, el cine y el teatro. Los espectadores, de alguna manera, se sienten reflejados; ya sea porque han pasado por ese trance o porque se han visto imaginariamente en tal tesitura. La última gran bronca la contemplamos en Historia de un matrimonio, de Noah Baumbach. Y si desde el punto de vista artístico, catártico y evasivo nos podía motivar, no solo era por la ruptura tan dolorosa en un ambiente romántico en el que, en cierta forma, casi todos estamos inmersos; sino porque se añadía el factor de las vidas peculiares, las de los artistas. Es decir, requerimos una peculiaridad, una diferencia, algún hecho que llame nuestra atención, una vez Bergman y Woody Allen han puesto a funcionar todas las claves básicas. En teatro, por ejemplo, nos hemos podido conmover con La clausura del amor, porque se ponía en marcha un dispositivo estético realmente asfixiante y apabullador. Pero, ¿por qué habría de interesarnos a estas alturas la vida de Laura y Jaime, padres de un adolescente experto en el arte del cinco contra uno?  Nacho Faerna, guionista de profesión, debuta con su primer texto teatral y parece que le ha temblado la mano a la hora de profundizar en cada uno de los temas que ha lanzado. Lo convencional y lo insignificante se aúnan para componer un comienzo que redunda en lo chusco. Chistes de pajas. Hacer comedia con visos de inteligencia, dejando que las primeras frases del montaje sean una ristra de mofas sobre hecho de que a su hijo lo han pillado masturbándose en el baño del instituto. Un leitmotiv (tenemos otro, como veremos) que sirve para describir sucintamente al papá y a la mamá. Digo sucintamente, ya que apenas atisbamos un tanto el carácter de uno y de la otra; pues, lo que se dice conocer algo más de su vida, pues no llegamos a nada. Por lo tanto, ¿quiénes son Laura y Jaime? Unos cualquiera. ¿Se puede hacer una obra de teatro con unos cualquiera? Si se le da un enfoque peculiar, puede. Pero no es el caso. Con la parábola de Onán —que nos narran al completo en el prólogo de la función—, aquel personaje bíblico que derramaba su semen sobre la tierra (el coitus interruptus), para no dejar preñada a su cuñada Tamar, con la que había tenido que casarse después de que falleciera el hermano de aquel; sirve para hablar levemente de sexo, de la educación sexual, del amor, de la sexualidad femenina y de alguna cosa más. El asunto es que estas insinuaciones no acaban de fraguar en una incursión mayor de carácter existencial o político. Es decir, que no sabemos cómo ha sido la relación de esta pareja —es que, insisto, sabemos muy poco de ellos—, ni de cuáles son los deseos vitales de cada uno. Iñaki Miramón aprovecha ese estilo deslavazado que muestra con frecuencia para enrarecer algunos aciertos irónicos, con una chabacanería rancia y prototípica del marido celoso e inseguro que se intenta sobreimponer ante cualquier pérdida de posición. Por eso, que el tutor los haya convocado le vale para criticar al susodicho profesor de una manera zafia. Parece que el autor quiere justificar las posiciones de este papel, haciéndole contar batallitas sobre cómo se afilaban el lapicero en plena clase cuando iba a un colegio de curas. Aunque luego se le quiera situar como un ajedrecista muy afanado y como alguien que, según sus palabras, introdujo a su esposa en el mundo de la «cultura», a saber: ver clásicos del cine, asistir a exposiciones, recomendar ciertos libros, etc. Cuesta hacerse a la idea de un tipo medianamente culto, porque sus gracietas son un tanto arevalescas. El actor, a la postre, sabe encontrar un punto de ternura que nos redime de las andanadas iniciales. Muy distinta se muestra Llum Barrera, pues no da tantos bandazos y parece tan sensata como algo conservadora en ciertas posturas sexuales. Ella arrastra el desencanto matrimonial hacia una ilusionante y, seguramente, ilusoria nueva relación. Adivinen. Quizás sea un personaje al que le falte más fuerza y consistencia en sus planteamientos amorosos; ya que da vueltas sobre ideas —se repiten en varias ocasiones—, que no terminan de definirse con más claridad. Sea como fuere, el tercero en discordia es Fernando Soto, quien realiza una interpretación medida y correcta, que no es poco para un personaje absolutamente anodino. Supongo que no se puede esperar nada más del prototipo de profesor de Educación Física. Ricardo es un simple, que ha surgido con su afabilidad y su cariño a parchear un roto. De cómo se entera Jaime de que le están poniendo los cuernos, haremos un gran esfuerzo por concederle verosimilitud al hecho técnico de que el desdichado cogiera el teléfono en el momento preciso. Sería, desde luego, un detalle a pulir. Por otra parte, los sendos monólogos que lanzan en apartes los tres intérpretes redundan en la idea de conducir en exceso al público; para, además, romper el dinamismo sin aportar demasiada información relevante que pudiera incluirse de soslayo en los diálogos. El otro leitmotiv con el que se trabaja es la película de Rossellini, Te querré siempre (1954); una especie de fetiche que el matrimonio aún atesora y que viene a representar la esperanza última para recuperar lo que parece destinado al fin definitivo. Porque Faerna, en Onán, parece querer trabajar con dos mundos, con dos ideas, que no llegan a casar de manera definitiva o, al menos, fértil para el espectador. Así descubrimos cómo, en el último tramo de la propuesta, la cuestión amorosa se aleja ya totalmente de lo masturbatorio y plantea el tema de las afinidades, de los gustos, de la forma de ver el mundo a través del otro; de que más allá del cariño, del sexo o el cuidado, está el hecho de compartir una política, una estética, una moral que den sentido interesante a la abrumadora cotidianidad. De esta manera, la función mejora al final, ya que se vuelve más sutil y la expresión se hace franca. Por otra parte, el espectáculo resulta sugerente con el apartamento que ha ideado Monica Boromello, que también sirve de despacho en el instituto, con unas puertas correderas que permiten la proyección de algunos fragmentos del film italiano. Es paradójico que este montaje, desde el punto de vista estructural y conceptual tenga al coitus interruptus como símbolo máximo.

 

Onán

Autor: Nacho Faerna

Dirección: Fernando Soto

Reparto: Iñaki Miramón, Llum Barrera y Fernando Soto

Ayudante de dirección: Alex Stanciu

Escenografía: Monica Boromello

Diseño de iluminación: Ion Aníbal

Diseño sonoro y vídeo: Fernando Soto y Bela Nagy

Vestuario: Ana Llena

Ayudante de vestuario: Tania Tajadura

Coordinación técnica: Bela Nagy

Diseño de imagen y fotografía: Geraldine Leloutre

Producción ejecutiva: Manuel Sánchez y Elena Martínez

Producción: Cayuga Ficción, Sanra Produce, LaZona y Elena Martínez

Prensa: María Díaz

Distribución: Elena Martínez Artes Escénicas

Teatro Infanta Isabel (Madrid)

Hasta el 12 de octubre de 2021

Calificación: ♦♦

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Anfitriones

Una dramedia firmada y dirigida por Inge Martín sobre las contradicciones inherentes a cierta progresía biempensante

Anfitriones - Joaquin Pérez Fuertes
Foto de Joaquín Pérez Fuertes

A priori, el planteamiento que uno atisba con este Anfitriones (creo que el título no es el más acertado, pues es entre insignificante e inconcluso) puede parecer un tópico; no solo de nuestro teatro —y cine— contemporáneo, sino también de esos modos burgueses de finales del XIX y principios del XX que buscaban, a través de la discusión matrimonial, una catarsis en el espectador bien avenido. Pero si en la forma es un lugar común, en el contenido es una interesante incursión en lo que últimamente se denomina, con tanta insistencia, la superioridad moral de la izquierda (que, además, viene ya de lejos). Y es en el tema y cómo se desgrana conceptualmente, donde radica su pertinencia. Por supuesto que los referentes cercanos nos llevan a Un dios salvaje, de Yasmina Reza o, en los últimos años, a obras como Los vecinos de arriba, de Cesc Gay o Demonios, de Lars Noren. Sigue leyendo

El muerto disimulado

Se representa por primera vez esta obra de la portuguesa Ángela de Azevedo a cargo de Teatro a bocajarro

El muerto disimulado - FotoYa se dio cuenta en 2019 en las tablas del Corral Cervantes de La Margarita del Tajo que dio nombre a Santarén, una de las tres obras que se conservan (o de las que se tienen noticia) escritas por Ángela de Acevedo. Ahora, los jóvenes de Teatro a bocajarro acometen el proyecto de adaptar El muerto disimulado. Resulta un tanto reiterativo afirmar que apenas conocemos detalles fehacientes sobre la vida de esta dramaturga portuguesa que escribía en español allá por el siglo XVII y que fue dama de honor de la reina Dª Isabel del Borbón. A tenor de lo observado y leído, no parece esta comedia de capa y espada una pieza sobresaliente, pues la autora se excede en el embrollo más de lo aceptable, y fuerza el final feliz exigiendo unas tragaderas morales a uno de sus protagonistas que cuestan mucho digerir. Lo que sí es cierto es que los adaptadores Laura Garmo y Nacho León se han permitido ciertas licencias propias del teatro contemporáneo para que la ironía, la música, las reivindicaciones feministas hoy ineludibles y el leve aligeramiento del argumento anulando algunas subtramas; y todo ello logra momentos de gran confraternización con el público. Sigue leyendo

La Política

Una alegoría insidiosa y sagaz sobre nuestra democracia y nuestro país dirigida por Patricia Benedicto en Nave 73

La Política - FotoParece lógico, en estos tiempos de supuesta crispación —diría, por ejemplo, que nuestro parlamento es una sospechosa balsa de aceite comparado con otros hemiciclos y otras épocas—, donde las trincheras de la nimiedad se cancelan y se la cogen con papel de fumar, tratar sobre la Política en su encarnación alegórica; aunque se entrevera indefectible y filosóficamente con «lo político». También es cierto que dada la tendenciosidad de gran parte del teatro tildado de «político» que trufa nuestra escena, cualquier espectador avisado acuda a ver la propuesta de la compañía La trapecista autómata, con los prejuicios afinados y a flor de piel. Y sí que encontramos varios detalles más escorados hacia un prototípico lado de nuestra historia, fundamentalmente en algunas frases de los últimos minutos, que recuerdan a proclamas de corte guerracivilista, cuando el discurso principal, como vamos a ver, se maneja desde una perspectiva teórica muy distinta. Y, además, la gansada grotesca de proceder con la «Gasolina», de Daddy Yankee, que es ya un lugar común de corte clasista, y que está muy relacionado con la visión peyorativa que se tiene del reguetón, por estar vinculado, en general, con estratos sociales bajos. Sigue leyendo

Tarántula

Un thriller escrito y dirigido por Tirso Calero, donde todo el suspense queda arruinado por la retahíla de explicaciones

Cada vez que la sacrosanta norma literaria de no dar explicaciones (nunca dar más de las estrictamente necesarias) se incumple, se anuncia el desastre; cuando se incumple hasta límites insospechados, llega la hecatombe. Ni a un niño se le desmenuza tanto un argumento. Tarántula aspira a ser un thriller teatral; no obstante, el suspense queda deshilachado en el largo epílogo verborreico. La tensión esperada en el transcurso de la función contiene claros errores de dirección. Tirso Calero es, ante todo, guionista de televisión (Amar en tiempos revueltos, Cuéntame…) y ha debido creer que el lenguaje teatral es absolutamente distinto —y en gran medida lo es, por supuesto—; pero sigue siendo un lenguaje audiovisual. Es decir, si algo queda mostrado, no debe ser contado. Las redundancias son desconsideraciones a la inteligencia del público y, de estas, se dan muchas en este montaje. Sin ir más lejos, la película de 1967, Sola en la oscuridad, dirigida por Terence Young y protagonizada por Audrey Hepburn —su imagen aparece, además, en un retrato pop dentro de la escenografía—, se nos viene en seguida como referencia. Sigue leyendo

Hamlet/21

La obra de Carlos Be regresa a las salas teatrales de la mano del Komité de Expertos con una dramaturgia asentada en los viewpoints

Hamlet-21 - Foto (2)Que una obra estrenada en 2012 en la Sala Triángulo (ahora Teatro del Barrio) y que estaba destinada al fervoroso y minoritario circuito off regrese a los escenarios, ya supone una rareza. Pero los intérpretes de aquel proyecto han decidido darle otro brío y ellos mismos, enmascarados en el Komité de Expertos, se han dirigido, con la inestimable dirección de Isabel Sánchez. De esta manera, el montaje Exhumación de Carlos Be, ahora es Hamlet/21: Informe de una exhumación. Lo más llamativo de esta nueva «intromisión» es la dramaturgia; pues han optado por las técnicas del viewpoints. Procedimiento este, que en España está explorando y explotando fértilmente Gabriel Olivares. Esta mirada es crucial para el espectáculo que nos compete, y si bien se logra en bastantes momentos una extrañeza sugerente sobre el acontecimiento dado; también creo que es justo reconocer que ciertos excesos perspectivistas acaban por adensar la función, por romper cierto dinamismo y por entorpecer una claridad que se anhela entre tanta capa. Sigue leyendo

Anfitrión

Juan Carlos Rubio versiona y dirige la plautina obra de Molière con un espectáculo de inconsecuente aire circense

Anfitrión - Foto de Jero Morales
Foto de Jero Morales

Si algún escándalo pudo provocar Molière al adaptar —mínimamente— la comedia de Plauto, por unas supuestas críticas entreveradas a los romances de Luis XIV y a los usos amorosos de la corte (bastantes líos tenía ya el dramaturgo con su Tartufo), a nosotros nos deja que ni fu ni fa. Anfitrión es insustancial, y para que suponga un entretenimiento divertido y gozoso, no queda más remedio que infundirle agilidad y chispa. Justo lo que le falta a la dirección de Juan Carlos Rubio. Y eso que la idea de reconfigurar el asunto con la estética del circo, me parece, a priori, excelente; sobre todo, porque uno se imagina a los artistas vibrando con sus habilidades a cada instante. Pero ninguno de los ingredientes que entran a formar parte del pastel, logran aunar un gran postre. Para empezar, este montaje, se nos viene directamente del Festival de Mérida y eso implica, como ya se nos tiene acostumbrados desde los últimos años, los elencos de caras conocidas priman por encima de los elencos caras adecuadas para lo que se necesita. Sigue leyendo