María Goiricelaya firma y dirige esta tragicomedia en el Teatro de La Abadía sobre las maneras de morir
Foto de Hodei Torres
El hecho es que hemos pasado de hablar de «una larga enfermedad» a tratar el tema del cáncer con gran apertura. Así que ahora mismo en la escena española, Constelaciones, La última noche con mi hermano y esta obra de María Goiricelaya abordan el estrago que este mal tan terrible implica. Bien es cierto que la autora nos entrega una propuesta repleta de comicidad. En este sentido, me parece que se introduce el humor de una manera un tanto forzada, abrupta, como sketches que se encajan de improviso. Así, a lo largo del recorrido somos sorprendidos por un Jesús redivivo en la cruz (devenido en Fito Cabrales) o, por otro lado, se recrea el célebre baile de Dirty Dancing. Sigue leyendo →
Inés Collado y Cristina Marín-Miró proponen una mezcolanza inasible sobre unas entrevistas realizadas por Carmen de Burgos
Foto de Micaela Portillo
Habitualmente el ansia formalista de algunos y de algunas dramaturgistas los evade del objetivo primordial. Su formación postdramática los aleja tanto del naturalismo que se pierde el motivo esencial de la representación. Estamos ante un ejemplo claro de tal tesitura. Apuesto a que ninguno de los espectadores que acudan saldrán de la sala con la sensación de haber descubierto a Carmen de Burgos o de haberse ilustrado acerca de alguna de las artistas que ella entrevistó. ¿Dónde están los nombres propios en esta obra? Todo un mejunje de juegos metateatrales que se resuelve en cuarenta y cinco minutos. Sigue leyendo →
Cirque La Compagnie nos montan en su Fiat Panda para ejecutar sus números acompañados de un grupo musical
Foto de Juliette Mach
Continúa el Festival Riesgo de la Comunidad de Madrid ofreciéndonos espectáculos que, a priori, pintan extraordinariamente. Eso se podía intuir con Pandax, de Cirque La Compagnie, un amplio grupo de polifacéticos artistas. Verdaderamente, la ambientación promete una cercanía magnífica, pues los asistentes nos sentamos en unos escalones para configurar una gran circunferencia. Que se adentren con un destartalado Fiat Panda a dar vueltas alocadas, ya parece un comienzo deslumbrante. Los cinco intérpretes ofrecen un número inicial repleto de agilidad y atractivo, explotando ese elemento tan angosto y complejo. Saltar por encima, introducirse por las ventanas, golpearse como genuinos clowns con esas puertas chirriantes y espachurrar el capó. La lástima es que luego ese coche no se llegue a aprovechar tan bien de esa manera. Sigue leyendo →
Israel Elejalde dirige este drama sicológico en el Teatro Español sobre un caso de suicidio infantil
Foto de Javier Naval
Estamos muy acostumbrados a degustar dramas cercanos que nos desvelan conflictos con la sibilina estructura del thriller tan mametiana. Generalmente, un par de personajes que se enfrentan en un combate dialéctico en el que van guardándose sus bazas hasta el desenlace. Si la muerte está en el fondo dolorosamente, entonces, el meollo se agrava. Hace bien poco hemos contemplado en Vincent River cómo se establece esa disputa para dirimir un asesinato. Si le añadimos el contexto educativo, la obra Violencia, que regresó a los escenarios hace unos meses, adivinaremos unas costumbres muy concretas. Creo que merecería la pena que los espectadores pudiéramos atender propuestas de similar calado sobre la realidad española. Y es que las sutilezas de los centros de enseñanza anglosajones o americanos (o diría que de cualquier otro lugar) poseen su idiosincrasia. ¿Cuáles son las reglas internas? ¿Cuáles son los protocolos? O ¿qué se considera normal y adecuado en las respuestas que puede ofrecer un muchacho de once años en sus redacciones? Sigue leyendo →
Alberto Conejero firma un drama familiar muy emotivo con ecos mitológicos en el Matadero
Foto de Geraldine Leloutre
La pasión de Alberto Conejero por el mundo clásico es una constante en su trayectoria. En mitad de tanto fuego o la versión que realizó sobre Troyanas dan cuenta de ello. Aquí viajamos a la isla donde reinó Odiseo y donde le aguardaba su célebre esposa tejiendo y destejiendo. Qué destino más propicio para que una profesora de griego abandone el instituto antes de la jubilación y se largue allí sola. Tras quince años habitando aquel remoto lugar, ha fallecido de manera un tanto sorpresiva. Allá acudirán sus hijas para hacerse cargo de la situación. Sigue leyendo →
Ángel Ruiz se inmiscuye en la corte de Felipe IV para crear un cabaret barroco en el Teatro de la Comedia
Foto de Javier Naval
Tras el éxito cosechado por Ángel Ruiz con Miguel de Molina al desnudo, inmiscuirse en la intimidad de Felipe IV parece un paso coherente. La Segismunda que ha ideado es una confidente y un agente secreto, un amante escurridizo o una artista en el papel de su vida. Sí que me parece, eso sí, que el personaje se ve aplacado y constreñido por su posición de narrador. Es indudable que nos descubre a todo un plantel de figuras históricas; pero él no tiene suficiente oportunidad de mostrar sus sentimientos, sus antecedentes y su verdadero carácter tanto como acaso debiera. En cualquier caso, el cabaret barroco que ha organizado da para mucho en el recorrido que se establece. Sigue leyendo →
La compañía Les Vélocimanes Associés desarrolla todo un dispositivo de acciones insensatas dentro del Festival Riesgo
Foto de Irving Villegas
Afirman los componentes de la compañía Les Vélocimanes Associés que su máxima influencia es el mediometraje Der Lauf der Dinge (1987), de los suizos Peter Fischli y David Weiss. Un claro ejemplo de cómo las reacciones en cadena, con la consabida teoría del caos y el efecto mariposa de fondo se ponen en marcha de una manera lúdica, en consonancia con el influjo dadaísta de Marcel Duchamp o de otros como Rube Goldberg y su máquina. Ciertamente, en los últimos tiempos quien se ha llevado la palma con estos procedimientos son los videoclips del grupo Ok Go («¿Verdad, U, que te encantan sus movidas?». «¡Sí, son geniales!»). No obstante, el contexto actual de desafíos estúpidos está a la orden del día. La estela del programa televisivo Jackass es alargada, de hecho, poco importa que Vergüenza ajena, también en la MTV, haya llegado a su fin; puesto que lo esencial es que nuestro ecosistema está ahíto de ridiculez por todos lo lados: retos virales que acaban en desastre o, incluso, en muerte, divertimentos obsesivos sobre cómo lograr una precisión imposible (se encuentran en las redes auténticas machadas sin la intervención de la IA),… El absurdo nos rodea, el entretenimiento de adultos y jóvenes se aúna en una scape room totalitaria. Convengamos en que, en este aspecto, el cerebro masculino (aceptémoslo hasta que se demuestre fehacientemente lo contrario) se obceca en logros que únicamente valen para obtener la ovación de las multitudes para caer en el posterior olvido (fijémonos en los Premios Darwin). Aunque también habilita ese espacio para la imaginación, para lo inverosímil, para que el arte indague como lo ha hecho el fluxus a través de happenings y acciones. ¿Qué hará la Inteligencia Artificial con la estupidez humana? Hace poco nos deleitábamos con las proezas de Oriol Pla en Gula. Y ahora en los Teatros del Canal, dentro del Festival Riesgo de la Comunidad de Madrid, contemplamos a un tipo en plena yincana de lo inconcebible. No desvelaré todos los números; pero, para hacernos una idea, tenemos a nuestro trajeado ─como un ejecutivo en su propia rueda de ratón─ con el susodicho cubo metálico en la cabeza intentando poner en equilibrio unos platos sobre unos alambres. No dudará el público en gritar indicaciones para que consiga su propuesta. Los propios espectadores participarán muy activamente en el montaje, ya sea lanzando pelotas para probar puntería como para descubrir unas gafas especiales en un sobre que indica: «no abrir, por favor». Sorpresa para el bonito epílogo.
Quizás dure demasiado la partida que se echan a un juego de tono ajedrecístico donde un par de contendientes (ambos con el cubo en la cabeza) deba hacer un apilamiento de copas de cristal y ladrillos sobre un tablero colgado de una cuerda. Es risible, por supuesto, cómo se comportan, sus guiños tan habituales en el slapstick; pero para un espectáculo que apenas alcanza los cincuenta minutos me parece que ocupa bastante tiempo. Habrá alguna escena más, sin embargo, una vez superada el asombro que nos causa el primer cuarto de hora, creo que podíamos esperar otros pasos más allá. Insisto en que la circunstancia en la que nos movemos actualmente nos lleva a extremos radicalmente insensatos.
Les Vélocimanes Associés nos plantean una cuestión existencial sobre nuestra vida (o muerte) a través de cartelones que avanzan y retroceden al comienzo y en el desenlace. Nuestro acontecer está repleto de momentos absurdos y debemos ver cómo los solventamos, o no. Ellos nos llevan al desparrame, al divertimento, a disfrutar como niños cuando las reglas se saltan, cuando nos convertimos en pícaros («¿Ayer, U, con tus ocho años, cometiste alguna picardía?». «Yo no, pero tú sí. Y eso me divirtió mucho»). Continuemos con la «marcha de los eventos» hasta que podamos.
Creación e interpretación: Guy Waerenburgh, Édouard Cuvelier (o Morgan Cosquer, o Stan Vangheluwe) y Julien Lanaud (o Juliette Delfosse, o Paul Roussier, o David Maillard)
Mirada externa: Éric Longequel y Bram Dobbelaere para “le bonneteau”
Diseño de iluminación: Julien Lanaud
Directora de producción: Anne-Agathe Prin
Producción: Les Vélocimanes Associés en colaboración con Le Cirque du Bout du Monde
Coproducciones y residencias: Espace Catastrophe / Centro Internacional de Creación de las Artes del Circo – La Maison des Jonglages / escena concertada, La Courneuve – Theater op de Markt / Provinciaal Domein Dommelhof – La Piste aux Espoirs / Maison de la Culture de Tournai – Circuscentrum – Latitude 50 – PERPLX / Circusfestival – Le Prato, théâtre international de Quartier – Centre Culturel d’Isbergues – Théâtre Le Majestic, Ville de Carvin – Le Grand Sud, Lille
Con el apoyo de: Wallonie-Bruxelles International (WBI), la DRAC, la Région Hauts-de-France, el Département du Pas-de-Calais, la Communauté d’Agglomération Hénin-Carvin, la Ville de Carvin y la Ville de Lille
Sergio Peris-Mencheta adapta en su nuevo proyecto la obra de Nick Payne, una dramedia que emplea los parámetros de la física cuántica
Foto de Bárbara Sánchez Palomero
Reconozco que la primera vez que observé Constelaciones, de Nick Payne, allá por 2014, cuando la protagonizaron Inma Cuevas y Fran Calvo en la Kubik Fabrik, quedé sorprendido. Sin embargo, las intervenciones inasibles de la cuántica que me deben haber transformado, me dejan estupefacto ante la insignificancia argumental de este juego teatral. Cabe señalar, nuevamente, que la factura del espectáculo está perfilada al milímetro y que la dirección de Sergio Peris-Mencheta resulta inapelable en la concreción de cada microescena, donde los intérpretes están muy afinados. Creo que la profesionalidad de este artista es extraordinaria en ese sentido. Pero me cuesta mucho verme constreñido por las falacias que se cuelan en el asunto ─me habré caído del caballo─. Porque subsumir toda una propuesta los azares de una supuesta influencia de la física cuántica nos deja con procedimientos auténticamente agotadores. Tengamos en cuenta las veces que nos vamos a negro. Si nuestra realidad pudiera cambiar a cada instante, y quien dice «cada instante», puede ser el lapso que nos apetezca (un segundo, un día, una semana); si, por otra parte, no depende tanto de nosotros, pues se ejecutan las acciones con un soberano determinismo, cualquier posibilidad es factible y, a la vez, no. Es decir, qué más da cómo se proceda, si todo puede mutar. Qué importa cómo termine la fábula, si una tragedia se puede trastocar en una comedia. O sea, esto ya no es la anagnórisis bizantina, sino la pura magia que nos ofrece el final deseado.
Pongámonos en el estreno, en ese día concreto del 6 de febrero. En esa ocasión, el maestro de ceremonias es Litus Ruiz, un tipo que se maneja con gran soltura en estas lides y que luego dirigirá al grupo musical. Él nos propondrá un juego. Cada función, de los seis integrantes del elenco (ellos mismos son los músicos. Magníficos), por azar (un espectador prestará su mano inocente), se elegirá a dos. Más adelante, también, se procederá de igual manera en la selección del contexto en el que nuestra pareja se conocerá, lo que implicará, además, un estilo musical y unas cuantas canciones que se irán repitiendo. Así que concentrémonos en Jordi Coll, un formidable intérprete, versátil, de fenomenal vocalización y que canta con elocuencia, que se encuentra con María Pascual, a quien hemos disfrutado por su eficiencia y su apostura dentro de la escena en algunos de los montajes del propio artífice como Castelvines y Monteses, Ladies Football Club o Blaubeeren. Ella expele encanto y medida timidez. Aunque realmente poco importan tampoco sus caracteres, pues se moldean al gusto cuántico. Un «no» pasa a un «sí», y una concepción moral se tergiversa para transformarse en un consentimiento sexual, por ejemplo. No sé qué opinarán los físicos teóricos de tanta fluidez para una materia (o no materia) en estudio. ¿O no hablamos de «materia»?
Concentrados en una plataforma giratoria, en una disposición a tres bandas en el Teatro Valle-Inclán, tal y como el director pergeñó para La cocina, nuestros enamorados repetirán microacciones con microvariaciones hasta la extenuación del público. Se estira un argumento endeble en demasía, que duraría apenas media hora si no se viera interrumpido por este mecanismo. No obstante, el punto no está en la duración, sino en el contenido. Los personajes son planos. Él es un apicultor y se afana en vender esa miel. ¿Algún conflicto relevante por ese lado? No. Ella es, claro, física cuántica y se dedica a investigar, y a publicar papers. ¿Algún conflicto relevante por este lado? No. Esa es el tema, que parece que el dramaturgo solamente necesita una excusa, cualquier trama, para propiciar sus constantes saltos temporales. Se conocen, se suceden los «tiros de dados» hasta que prende la llama del amor. Luego, salen (más «dados»). Después tendrán sexo (más «dados» todavía). Cuernos. Enfermedad terminal. Y todos los etcéteras que se quieran insertar por el medio y por el desenlace. Constelaciones es una obra in-humana, que ignora la conciencia, la memoria y los aspectos sutiles que se insertan en nuestras vivencias hasta la intimidad. La pervivencia material se diluye, porque estamos sometidos al caos cuántico. El observador lo cambia todo permanentemente, o eso nos dicen. Aquí la idea se manipula de forma torticera.
El concepto se ha explorado ─mutatis mutandis─ en distintas ocasiones en los últimos años. El cine lo ha hecho con gran éxito como en la Todo a la vez en todas partes (2022) o con Código fuente (2011) o con Al filo del mañana, con Tom Cruise, donde todavía se plantea una tesis peculiar sobre la conservación de algún aprendizaje. Tampoco el teatro se ha quedado atrás con If (La ligereza), de Pedro Casas, con Los universos paralelos, de David Lindsay-Abaire o, en tono de comedieta, Goteras, de Marc G. de la Varga. Diferentes modos de emplear la premisa. La cuestión más gravosa en Constelaciones es que discurre, además, por una estética cursi. No hay más que ver los globitos cayendo desde el techo o el tono con el que propenden al inicio los protagonistas. Pienso en adolescentes fanáticos de las novelas del género romantasy. Quedarían encantados. Pero también cavilo sobre algunas especulaciones de los físicos imaginan multiversos como otros lo hacen con los paraísos celestiales. Puro autoengaño.
Pilar Massa y Eduardo Gallo protagonizan esta obra de Philip Ridley que aborda un terrible caso de homofobia
Foto de Sofía Moro
Uno de las características que nos resultarían más llamativos y que debería ser necesario trasladar en algún aspecto es el acento cockney. Porque… ¿dónde estamos? No se sabe muy bien; aunque si hay un descampado podemos imaginarnos una zona no demasiado urbanizada; pero no tenemos datos suficientes. En el original la acción transcurre en el East End de Londres; sin embargo, en esta versión en español quedamos descontextualizados. Sigue leyendo →
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