Lo fingido verdadero

Una obra de Lope de Vega totalmente deslavazada, donde sobresale la interpretación juiciosa de Israel Elejalde

Lo fingido verdadero - Foto de Sergio ParraAfirmar que esta obra es un tríptico o que encierra tres piezas en una, puede ser una manera respetuosa de honrar a un gran autor; no obstante, también podríamos considerar que es un texto sin la debida cohesión y que es un pastiche incongruente. Ni drama histórico, ni de santos, ni comedia metateatral. De todo esto hay; aunque cada parte va por separado sin que se imbriquen como un conjunto orgánico. Si, además, lo que debiera ser verdaderamente humorístico, pegado a lo popular, queda un poco finolis; pues tendremos que fijarnos en otros elementos más destacables. No será tampoco la escenografía de Jose Novoa, fría como la propia dramaturgia y que, en su insignificancia, pues no quiere disuadirnos con objetos accesorios, termina por destinar a los personajes-espectadores a un lugar tan bajo como poco visible. La versión, claramente, está llevada por el estereotipo del dramaturgo intelectual, por el minimalismo del cuello alto y el fular, por esa apariencia tan afrancesada, tan neoyorquina, y tan separada de cualquier compañía de cómicos de la legua. Es un Lope urbano, según lo ha disfrazado Pier Paolo Alvaro, abundando en esta estética, tan casual y elegante, que promueve una perspectiva bastante alejada de la comedia, como se verá. Desde luego, Lo fingido verdadero es una obra desconcertante en cuanto que se alarga en su preámbulo de una forma insostenible, pues no parece que Diocleciano, que es un Arturo Querejeta disuelto, una vez se alza con el poder sanguinariamente, merezca tanto protagonismo en el primer acto; cuando uno debe confiarse al martirio de san Ginés. Que el segundo acto haga poca gracia es lógico, si no se ha buscado el ritmo propicio y los comediantes apenas fuerzan el rictus. Aisa Pérez, como Marcela, se pone en un plan ridículamente sexy; pero tampoco se va más allá, como era de esperar en un enredo amoroso en ese ejercicio metateatral. Porque resulta que el emperador quiere ser entretenido por el mejor, y por eso hace llamar a Ginés. Israel Elejalde es el gran atractivo del montaje, alguno de sus monólogos despertará a parte del público hasta el aplauso espontáneo. El actor encuentra el deleite, la comodidad escénica, la templanza genuina y un sentido del oficio ejemplar en grado sumo. Su dicción es compleja y hermosa, y su Ginés, un mártir que reconduce la obra con algo de interés en el tercer acto, cuando entre juegos de ficciones se ha bautizado en plena parodia; aunque de manera algo abrupta. Por otra parte, Elejalde crucificado —que no decapitado—, supone también una imagen de impacto y más clarificadora. Ya que el texto es enrevesado y, entre otros aspectos, se puede percibir una constante confusión de los hechos. Véase, por ejemplo, cómo el protagonista asume los piadosos valores cristianos desde la asunción de que su amor con Marcela es imposible, pues esta se ha unido a Otavio (un Ignacio Jiménez que perfila muy bien su celosa ingenuidad). Debemos preguntarnos, hasta qué punto se debería enmendar la plana al propio Lope de Vega y reconducir un texto que se barroquiza en exceso al querer introducir un juego de espejos insolvente. Es decir, esta obra no ha sido escrita, pongamos por caso, por un Calderón joven y aún bisoño; sino por alguien que estableció exitosamente una serie de reglas (Arte nuevo de hacer comedias, publicada precisamente en la misma época en que se pergeñó la obra que nos compete), donde se alienta el dinamismo con la mezcla de lo trágico y lo cómico. Por supuesto, el ensamblaje de ambos subgéneros no está adecuadamente resuelto ni el texto ni en la dramaturgia de Lluís Homar, pues este se ha volcado en el esteticismo, en propiciar imágenes impactantes y en dejar que el reparto se luzca dentro de sus posibilidades. Y así pasa con Verónica Ronda, cuando canta (pues también posee ese talento), y, en igual medida, Aina Sánchez. Sí que me parece conveniente destacar nuevamente —lo llevo haciendo desde que lo contemplé por primera vez— a Álvaro de Juan; porque es uno de los actores españoles actuales que mejor se expresa en verso, no solo por su musicalidad, sino por su expresividad en la interpretación. Aquí encarna a Carino, ese emperador de vida disoluta que escandalizaba en Roma. El papel se desarrolla desde la farsa glam con festivo desparpajo cuando juguetea con Rosarda (una Silvia Acosta predispuesta al goce). No se puede negar, tampoco, la fuerza expresiva de Eva Trancón como Apro y de María Besant haciendo de Camila en los primeros embates de la función. Luego, José Ramón Iglesias infunde su habitual soltura y bonhomía para darle viveza a distintas escenas. Convengamos en que, con el Felisardo de Jorge Merino, vestido de traje y corbata, el distanciamiento es amplio, cuando lo observamos dialogar con Apro. Finalmente, ya en el segundo acto, Montse Díaz procede con un correcto Léntulo, mientras que Paco Pozo hace de Maximiano con la sobriedad que impone verse en la intemperie. Por otro lado, parece que la comparación con Hamlet (recordemos el éxito que tuvo Elejalde con ese personaje en este mismo escenario del Teatro de la Comedia) es harto desatinada. Ante tamaña descomposición dramatúrgica, uno debe reconocer que Lope de Vega no estuvo afortunado; pero tampoco quienes no han logrado —si es que se puede— exprimir alguna de sus virtudes.

Lo fingido verdadero

Autor: Lope de Vega

Dirección: Lluís Homar

Reparto: Silvia Acosta, María Besant, Montse Díez, Israel Elejalde, Miguel Huertas, José Ramón Iglesias, Ignacio Jiménez, Álvaro de Juan, Jorge Merino, Aisa Pérez, Paco Pozo, Arturo Querejeta, Verónica Ronda, Aina Sánchez y Eva Trancón

Dirección adjunta: Oscar Valsecchi

Voz y palabra: Vicente Fuentes

Escenografía: Jose Novoa

Iluminación: Juan Gómez-Cornejo

Vestuario: Pier Paolo Alvaro

Música: Xavier Albertí

Ayudante de dirección: Beatriz Argüello

Ayudante de escenografía: Pablo Chaves Maza

Ayudante de iluminación: Pilar Valdelvira

Ayudante de vestuario: Roger Portal

Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico

Espectáculo patrocinado por Loterías y Apuestas del Estado

Teatro de la Comedia (Madrid)

Hasta el 27 de marzo de 2022

Calificación: ♦♦

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